Marcela Sánchez
No han tenido que soportar durante décadas un régimen represivo, ni años de sanciones de Naciones Unidas, ni una guerra de liberación liderada por Estados Unidos. Aún así, estas dos naciones del Hemisferio Occidental se encuentran, como Irak, ante el desafío de una descomunal tarea de reconstrucción, y sin poder darse el lujo de cortar del todo con su problemático pasado.
Argentina y Paraguay están inmersas hoy en lo que es para Paraguay la peor recesión en décadas y para Argentina dos veces peor de lo que fue la Gran Depresión. Ambos países deben afrontar sistemas políticos totalmente desorganizados, economías destrozadas y sociedades escépticas. A diferencia del esfuerzo en Irak, los dos tendrán que reconstruir con democracias ya en funcionamiento.
No hay quizás mejor símbolo de lo poco preparadas que pueden estar ambas democracias para la tarea que les espera que las opciones que ofrecen las elecciones presidenciales de este domingo. En cada caso, encabezan las encuestas candidatos provenientes de los mismos partidos que actualmente ejercen el poder sin haber demostrado eficacia.
El candidato líder en Argentina no es más ni menos que Carlos Menem, el ex presidente peronista cuyas políticas durante los 90 muchos vinculan con el colapso económico posterior del país. Su principal logro durante la campaña ha sido no tanto ganar adeptos como perder detractores. En Paraguay, el favorito es Nicanor Duarte, del Partido Colorado, el poder hegemónico más antiguo del hemisferio desde la derrota del Partido Revolucionario Institucional en México hace tres años.
Las dos democracias no son idénticas. Paraguay ha sido mucho más lenta que Argentina en adoptar reformas estructurales y desarrollar instituciones democráticas. Su misión es más la de construir que la de reconstruir. Ante la falta de los recursos naturales y humanos de Argentina, las perspectivas de recuperación paraguayas son más escasas.
Salvo sorpresas de último minuto, parece más probable que los dos países no verán un cambio radical de régimen. Los victoriosos carecerán de un mandato fuerte para gobernar, lo que debiera obligarlos a romper con viejas costumbres de clientelismo y de alguna forma construir el tipo de alianzas con fuerzas políticas divergentes tan cruciales pero esquivas en democracias débiles.
Y luego vendrá también la cuestión del papel de Washington, una preocupación central persistente tanto en Argentina y Paraguay como en Irak. Mientras no hay duda que Estados Unidos permanecerá profundamente involucrado en la reconstrucción del país del Medio Oriente, el esfuerzo más grande de ese tipo desde la Segunda Guerra Mundial, tampoco la hay de que permanecerá desentendido del proceso en el Cono Sur.
UN AMIGO ABANDONADO
Dicha indiferencia podría ser en efecto, como muchos dirían, un mal que por bien no venga, particularmente si se tiene en cuenta el pasado reciente de Argentina. Por años, Buenos Aires se enorgulleció de su estrecha relación con Washington. Pero durante la caída en espiral del país en los últimos dos años, muchos en Argentina y la región lamentaron el enfoque de Washington que por un año pareció más interesado en enseñarle una lección a su amigo que en prestarle una mano. Ahora una significativa mayoría en la capital argentina tiene una imagen negativa de Estados Unidos, según una encuesta publicada la semana pasada.
Para los presidentes entrantes, un reto clave será manejar las relaciones con Washington en un momento de renovada desconfianza popular hacia las intenciones estadounidenses pero también de creciente reconocimiento de que el respaldo de Washington será decisivo para restablecer la solvencia de los países. Incluso Paraguay, históricamente más aislado y menos dependiente de financiación externa, ha adquirido conciencia más recientemente de que deberá acudir a Washington y a las instituciones financieras internacionales si pretende modernizar su economía.
Tanto Argentina como Paraguay requieren, por encima de todo, de gobiernos estables, capaces y dispuestos a invertir en una estrategia de desarrollo de largo alcance. Cada uno necesita, en realidad, su propia versión del New Deal (Nuevo Trato) para reactivar la economía, generar empleos y tal vez incluso algún día recuperar la confianza de inversionistas extranjeros.
LA REQUERIDA INVERSIÓN SOCIAL
La disciplina fiscal continuará siendo esencial pero no debería convertirse en un impedimento para la muy necesaria inversión social. Si de algo debió servir la incapacidad de los gobiernos salientes de realizar suficientes reformas para evitar la suspensión de millones de dólares de crédito multilateral, fue para lograr que las instituciones prestamistas respondieran mejor a la problemática de reconstruir una democracia. Una mayor flexibilidad estaría por verse.
En medio de dificultades sin precedentes, las elecciones del domingo son una buena señal de que Argentina y Paraguay están comprometidos con el proceso democrático. Quien sea que gane en cada país enfrentará una tarea monumental, tan formidable que hace que uno se pregunte si estará a la altura de las circunstancias.
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