José Esteban González
En recientes editoriales, de gran coherencia conceptual y de notable factura, el diario LA PRENSA ha insistido de diversas formas en que “si el FSLN regresara al poder volvería a liquidar la libertad de prensa, restablecería los delitos de opinión y perseguiría y reprimiría a los disidentes de su gobierno”.
Los sandinistas ortodoxos no tardaron en reaccionar a estas graves aseveraciones, calificándolas de viscerales, fundamentalistas, intolerantes y otros epítetos descalificadores. Consideran los sandinistas que los directores de LA PRENSA están anclados en el pasado y que se niegan a reconocer que el Frente Sandinista y sus líderes históricos —Daniel Ortega, Tomas Borge, etc.— han cambiado. Otros ciudadanos, quizás resignados o animados por un irenismo (pacifismo) simplista expresan que la reconciliación debe primar sobre la verdad y la justicia y que hay que hacer borrón y cuenta nueva.
¿Quién tiene la razón?
Permítanme recurrir a un ejemplo. Supongamos que un nicaragüense que estuvo durante varios años implicado en tráfico de drogas y lavado de narco-dólares, como miembro de una banda internacional, decide en cierto momento que ya ha amasado suficiente dinero y que, por su imagen pública, no le conviene seguir en esas actividades a nivel nacional. En consecuencia, decide suspender sus operaciones en Nicaragua pero conservando siempre sus nexos con (y su participación activa en) bandas que realizan esas actividades en otros países.
¿Podrá pretender esa persona haber cambiado? Ciertamente, no. ¿Sigue siendo traficante y delincuente? Ciertamente, sí.
De igual manera, se sabe que el Frente Sandinista, habiendo sido expulsado del poder por el voto popular, ha decidido jugar el juego democrático y aprovecharse en beneficio propio de las libertades que negó a los demás mientras estuvo en el poder. Mientras a nivel nacional el FSLN se proclama adalid del estado de derecho, a nivel internacional mantiene y reafirma estrechos nexos con regímenes como el de Hugo Chávez, que dictan constituciones a su medida y persiguen a los dirigentes democráticos.
Mientras, en Nicaragua, el Frente Sandinista reacciona contra todo lo que puede limitar la libertad de los medios y de los periodistas, se solidariza con el régimen de Fidel Castro que encarcela a periodistas y defensores de los derechos humanos, y ejecuta a personas atropellando principios elementales del derecho universal.
¿Ha cambiado el Frente Sandinista? Ciertamente, no. ¿Sigue siendo Daniel Ortega un dictador en potencia? Ciertamente, sí.
Es obvio, por lo tanto, que las campanadas de alerta de los editorialistas y columnistas del Diario LA PRENSA no son expresiones caprichosas o viscerales, sino constataciones objetivas, cuya validez ética y socio-política es absolutamente incuestionable.
En lugar de criticarlos hay que agradecerles y apoyarlos. Más aún, es preciso que cada ciudadano responsable haga lo que corresponda para que esas campanadas de alerta no se conviertan un día, por indolencia o por una tolerancia mal entendida, en repiques mortuorios de nuestra incipiente democracia.
El autor es fundador de la CPDH y militante socialcristiano.