Michael Jordan se retiró el miércoles pasado ante los Sixers de Filadelfia, dejando atrás una gran historia que difícilmente será igualada por otro jugador de la NBA.

Otro Jordan… ¿Cuándo?

No tuvo límites como jugador estrella de la NBA Edgard Tijerino [email protected] Y el mundo del baloncesto y del deporte en general se volvió triste para siempre. El genio ha regresado a la Lámpara Mágica, pertenece ahora al archivo de las “Mil y una noches”… Ya no veremos más a Michael Jordan. Él nos sedujo […]

  • No tuvo límites como jugador
    estrella de la NBA

Edgard Tijerino [email protected]

Y el mundo del baloncesto y del deporte en general se volvió triste para siempre. El genio ha regresado a la Lámpara Mágica, pertenece ahora al archivo de las “Mil y una noches”… Ya no veremos más a Michael Jordan.

Él nos sedujo con el hechizo de su fantasía, nos atrapó con su espectacularidad sin pausas, nos impactó con su mezcla perfecta de agallas y clase, provocó escalofríos mientras convertía lo inverosímil en rutina, nos asombró burlándose de las leyes de la gravedad ignorando a Newton, y siempre nos dio la impresión de haberse escapado del Bolshoi para deslumbrarnos con su juego interplanetario.

Jordan agotó todos los adjetivos con la cegadora brillantez de sus actuaciones. Él se abrió paso a través de las leyendas tejidas por Wilt Chamberlain y Bill Russell, por Kareem Jabbar y Julius Erwing, por Larry Bird y Magic Johnson, y se catapultó hacia un estrellato inalcanzable por cualquier otro mortal.

LA GRAN INTRIGA

Es por esa sencilla y certera consideración, que en el momento de su tercero y último retiro, cuando el paso del tiempo que no perdona lo ha acorralado, cuando el divino tesoro de la juventud se ha desvanecido, nos preguntamos: ¿Cuándo veremos otro Jordan?

Por supuesto que no es fácil, como apuntaría Murphy, pero la posibilidad estará latiendo. Llegó Maradona y vimos a alguien de la dimensión de Pelé con ciertas variantes en sus características. Se acabó Ray Robinson, y tuvimos tiempo de ver a otro “Sugar” como fue Leonard. Pensamos que nunca volveríamos a ver en las pistas otro como Juan Manuel Fangio y aquí tenemos a Michael Schumacher haciendo saltar los récords como tapas de corcho en un festejo de cambio de gobierno antes de desembocar en otra frustración. En ajedrez, Kasparov fue algo así como otro Fischer, en tanto en ciclismo, Miguel Indurain y Lance Armstrong han abierto polémicas alrededor de la reputación de intocable del belga Eddy Merckx. Creímos que nunca veríamos otro Jesse Owens en unos Juegos Olímpicos, y apareció en escena Carl Lewis.

El deporte siempre espera por otro. Otro Muhammad Alí, otro Pete Sampras, otro Babe Ruth, pero lo llamativo, lo inagotable, es que las aproximaciones surgen y se establecen como amenaza, tal es el caso del fuera de serie Kobe Bryant actualmente en la siempre resplandeciente NBA.

NO TUVO LÍMITES

García Márquez diría que Michael Jordan había llorado en el vientre de su madre imaginando una cancha de baloncesto; que nació con los ojos abiertos buscando como detectar al compañero mejor colocado para entregarle un pase maestro; y que mientras le cortaban el ombligo intentaba levantarse en un salto preciso, como aquel del sexto juego de 1998 contra los Jazz de Utah, para una canasta milagrosa.

Mientras conducía a los Bulls de Chicago a la conquista de seis banderines, su desaforada imaginación fue siempre más allá del ingenio de la naturaleza y su magia, desde que salió de la Lámpara, no tuvo límites.

Durante años, Michael tuvo tantos trucos “debajo de sus mangas”, que pese a que todos parecíamos estar listos para lo imprevisible, siempre lograba sorprendernos.

LO CLAVE, SER ÚTIL

Cuando se retiró en octubre de 1993, estando en plenitud de forma, cobijado por la fama, considerado un Dios del deporte, estaba afectado por el fallecimiento de su padre. Después de fallar en su intento de convertirse en pelotero de Grandes Ligas, con sus herramientas intactas y un excedente de ansiedad, retornó a la trinchera para reactivar la superioridad de los Bulls, y en el inicio de 1999, siempre en la cima del Everest, anunció su segundo retiro dejando a la NBA sangrando otra vez y al mundo estupefacto.

En el 2001, cabalgando sobre “sólo pretendo ser útil”, decidió regresar con los Wizzards de Washington, pero estuvo deslizándose por la pista del deterioro a consecuencia de las lesiones. Tuvo tiempo y aliento para realizar un trabajo de arte y corazón y poder seguir mostrando destellos de su grandiosidad.

SILENCIO, EL GENIO DESCANSA

No necesitaba más, pero la atracción que ejercía el baloncesto sobre él, derrotó a la prudencia y se lanzó a la hoguera tomando todos los riesgos. No pudo caminar descalzo sobre las brasas, pero llenó las tribunas y con su presencia, le inyectó mayor interés al juego.

Como dice el buen amigo y colega del Miami Herald, Dan LeBatard, no hay silencio en el mundo más ensordecedor que el que surge después de toda una vida llena de ovaciones estremecedoras.

Ahora que el mundo del baloncesto se ha vuelto triste quizás para siempre, Michael Jordan lo sabe. En el tabloncillo, el era capaz de derrotar al diablo con su improvisación, inspiración e intuición. Verlo jugar era tan admirable como las puestas del sol.

Shhhhh, silencio por favor, el genio descansa.

SU METAMORFOSIS

“Cuando Gregorio Samsa despertó de su inquieto sueño, se encontró convertido en un insecto”. Así comienza Franz Kafka su novela “La Metamorfosis”, pero en el caso de Michael Jordan el proceso fue inverso… Al despertar, estaba convertido en el más grande “Monstruo” del baloncesto mundial.

Nació en Brooklyn, Nueva York, cuando los Dodgers se habían marchado. Creció y estudió en Carolina del Norte, siendo el mejor jugador universitario 83-84. Firmó con los Bulls y fue máximo anotador durante siete temporadas consecutivas entre 1987 y 1993, algo sólo logrado por Wilt Chamberlain.

Impulsó a los Bulls a la conquista de títulos en los años 91, 92, 93, 96, 97 y 98, estableciendo una superioridad de ribetes espectaculares. Integró el primero y más grande de los Dream Team de la NBA, que ganó el oro olímpico en Barcelona 92.

Después de retirarse antes de la temporada del 94, regresó en la parte final del 95, y en el 96 volvió a dominarlo todo: Más Valioso de la Liga, del Juego de Estrellas, de los Play Offs, de la Final y Campeón por tres años consecutivos.

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