La Semana Santa y el examen de conciencia

Migdonio Blandó[email protected]

La Semana Santa, que conforme la Liturgia por tradición se celebra en días de luna llena, correspondientes, indistintamente según el calendario, a marzo o abril, de manera especial en Latinoamérica, también tradicionalmente al aproximarse la misma, cada familia, persona o grupo hace su programa dónde y cómo va a pasarla. Y se considera casi de forma general una semana de veraneo o vacaciones a disfrutarse de acuerdo a disposición y posibilidades.

Así, cuando el crecimiento es más físico y material que espiritual se es absorbido por las pasiones del mundo secular. Aún habiendo nacido en un hogar cristiano y recibido desde la infancia el bautismo, y con este la gracia de la fe en la infusión del Espíritu Santo, al no vivirse los principios cristianos se ignora y tergiversa el sentido de la conmemoración de la Semana Santa que es: Vida, Pasión, Muerte y Resurrección del Dios-Hombre que vino a redimirnos.

La Semana Santa rememora que Jesús, dándose en holocausto al Padre Eterno para salvarnos, instituyendo su iglesia a cargo del apóstol Pedro, vicario suyo y sucesores, se ha quedado en la Eucaristía a la amorosa espera de todo el que con humildad, al aceptar su señorío, se decide a buscarle y seguirle a donde todo cambia para bien, pues la vivencia de la fe, si se aplica a la existencia como Él lo ha querido, incluso sobre las vicisitudes hay amor y paz hasta la eternidad.

Es preciso, sí, abrirle por entero mente y corazón, para así fortalecidos por Él, vencer lo más difícil que son nuestras debilidades y poder obviar los múltiples obstáculos que a diario encontramos a nuestro paso en nuestra vida peregrina. Él ha dicho bien claro que su reino no es de este mundo pero que dentro de nosotros está y aunque a diario nos busca, respeta la libertad que nos ha dado, por lo que si desde dentro no le abrimos la puerta, Él no la va a forzar.

Si la corruptible materia humana que nos sirve de recipiente temporal al alma o espíritu, con sugestivos y fatuos valores nos ha opacado la visión de eternidad que es la esencia del ser y que de cierta manera nos materializa antes que de lleno nos invadan exacerbadas pasiones haciéndonos indefensos prisioneros suyos. Por el propio bien de la familia y la comunidad, es prudente acercarse a la Iglesia y buscar en los sacramentos la apropiada cura a tan peligroso mal.

La Semana Santa es el tiempo propicio para mediante un verdadero examen de conciencia saber si nuestras actuaciones están acordes a la fe que suponemos profesar, la que no basta teóricamente conocer, aunque si actuamos con sinceridad, por sus luminosos destellos logramos apreciar con claridad las fallas que en nuestro caminar nos hacen trastabillar o caer. Pero si con humildad nos acercamos al Sagrario, unidos a Él podremos cumplir a cabalidad nuestro destino.

Dentro del orden, no precisamos renunciar a comodidades, placeres y necesarias vacaciones. Dios ha puesto todo a nuestra disposición para que nada nos falte, mas no lo aprovechamos por incumplir sus mandatos. Sobre todo el de “Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo”. Si lo aplicáramos a vivir, a nadie más le faltaría. Si hay tanta necesidad y violencia en el mundo es porque, ególatras, le fallamos, y a Él que todo se le debe, a veces lo ignoramos.

El autor es miembro de Eduquemos.  

Editorial
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