El terrible dolor de Jesús

Daniel Aragón S.

En estos días no puedo evitar evocar en mi mente los duros momentos que vivió nuestro Señor Jesucristo. Me parece ver en el manto de mi imaginación, como una película a colores proyectada en mi mente, todos los sufrimientos de nuestro Señor. Veo su rostro compungido por el dolor de las grandes, puntiagudas y negras espinas que posee la corona puesta por los soldados romanos, lacerando todos los lados de su frente y cabeza. Gotas de dulce sangre carmesí perlean su frente al moverse hacia adentro y hacia afuera de su testa las dañinas agujas espinosas.

¡Los ayes de mi Señor!.. conmueven el aire, y la atmósfera se carga de un sentimiento de dolor y angustia, tristeza e impotencia, enojo y rabia, desesperación y frustración. Sólo masticar y respirar este ambiente duele, ¿cómo le dolerá a Él que lleva bajo este ardiente y quemante sol de verano la pesada cruz a cuestas? ¿Cuánto pesará realmente esa cruz que lleva el pecado de todos? El dolor de ser traspasado por enormes clavos, posiblemente sarrosos y sin puntas, a fuerza de martillazos en el centro de las manos y de los empeines de los pies; es atroz, inhumano, espantoso, cruel, indescriptible. Se escuchan aún, mil novecientos setenta años después, los ecos de los gritos desgarradores de mi Redentor cuando son traspasados sus músculos y pequeños huesos de sus manos y pies.

El cuadro que revela mi alma se asemeja a lo siguiente: Sus gritos hondos y profundos son peores que los gritos como de parto de las mujeres del Cua (Nicaragua); más dolorosos que los gritos de los torturados por Somoza en las ergástulas de la Seguridad; más espantosos y crueles que los gritos de las víctimas de los campamentos nazis; Cristo muriendo en la cruz, lacerado, humillado, escarnecido, golpeado, escupido, acusado injustamente, condenado a muerte, calumniado, desnudado, flagelado; es más desalentador que el llanto de un niño que ha perdido a su madre víctima de la represión militar en cualquier parte del mundo; más desamparador que un bosque talado por la alianza criminal de compañías nacionales y extranjeras; más espeluznante que el cuadro desgarrador de las madres con sus niñitos de brazos con enormes charneles en sus cabecitas que pude ver en Nicaragua o en Irak con sus miembritos destruidos y arrancados por el efecto criminal de los morteros, los roquets y las bombas de 500 libras que la Guardia de Somoza lanzó sobre las ciudades de Managua, León, Estelí, Matagalpa y Masaya en la insurrección de 1979; más desolador que un desierto, que un campo minado, que una playa bañada por el derrame petrolero de un buque con bandera de países desarrollados. Más triste que una mujer que se ha vendido como prostituta engañada por los proxenetas y trata de blancas, o que tuvo que prostituirse por necesidad; más desgarrador que el cuadro presentado por un alcohólico crónico tirado en medio de la calle ardiente con los perros lamiéndole el cuerpo; más doloroso que la traición del Frente Sandinista al piñatear (robar) las empresas que pertenecían al pueblo y al pactar con los liberales por sus intereses personales dejando a un Alemán que le ha costado al pueblo millones que nunca goza en hospitales o educación; más desesperante que el temblor persistente de un drogadicto que desea una dosis con urgencia; más brutal que los rostros de miedo y desolación de los hombres mujeres y niños que perdieron a sus familiares después del deslave del Casita (volcán nicaragüense) producto de las lluvias provocadas por el Huracán Mitch; más impactante que los rostros de los niños curtidos por el sol que a diario piden en los semáforos de mi ciudad; más humillante que las manos y bocas de los seres que escarbando en el basurero de la “Chureca” en Managua, en Acahualinca, se disputan con los zopilotes (animales de carroña) las frutas podridas y quizás el pedazo de carne en mal estado, que quitaron del pico del negro animal para llevárselo con desesperación a sus bocas hambrientas de esperanzas; más vergonzoso que el actuar de algunos de nuestros jueces, más triste que los plazos de Bush a la ONU, más penoso que los bailes y fiestas que dejaron de ser folclóricos, y el engaño en que sumen a mi pueblo querido la gran mayoría de aquellos que dicen luchar por él. Todo lo dramático y espeluznante que he tenido la oportunidad de ver y vivir no es comparable al sacrificio de mi Dios y Salvador: ¡A Él sea la gloria, el honor y la alabanza!

Y ya no sigo exponiéndo el cuadro de mi visión, me duele tanto el recuerdo de su dolor y del dolor de mi pueblo, pero sé que es más grande el dolor y sacrificio de Jesucristo. Se que Él vive, y ahora hay que poner la vista y la mirada en Jesús. Gracias doy a mi Señor que me ha liberado el día de hoy de todo mi pasado, incluyendo el pasado de lucha por mi pueblo. Hoy tengo otra guerra en mis manos, no es mía, es de Dios; y sé que tengo que ser disciplinado, valeroso y esforzado; deleitarme en su manual de guerra y de amor (la Biblia)y esperar en Él, porque traerá y trae paz, justicia y gozo; y su reino ya está aquí en la tierra. Los sacerdotes de Dios en Nicaragua han comenzado ya a tocar las bocinas, el vocerío no se hará esperar y los Josué y Caleb de mi pueblo, al frente, de la mano de los niños iremos derribando muros que se alzan y se alzaron contra todo conocimiento de Dios, contra el pueblo de Dios; y así juntos todos, nos encaminaremos con la mirada puesta en Jesucristo hacia “la Tierra Prometida, buscando un futuro mejor…”

El autor es pastor, director de la Escuela Monte Hermón.  

Editorial
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