Justo Pastor Ramos
A las 3:30 de la tarde, en el atrio de la Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, en Masaya, una pequeña banda de filarmónicos ejecuta el tradicional redoble “La Llamada”, para congregar a los fieles que recordarán una vez más el suceso oprobioso acaecido el viernes 14 de Nisan, en la antigua Jerusalén, hace 1970 años según la cronología cristiana.
Media hora después la imagen de Jesús sale cargando su cruz en el tradicional Vía Crucis que va de la parroquia al Calvario, donde se rezan los poemas de las estaciones penitenciales meditando en el doloroso proceso del Cordero Divino. Encabeza el cortejo procesional el cura párroco de la ciudad acompañado de jóvenes acólitos y de la Cruz Alta; la participación del pueblo creyente no se hace esperar y la oración se deja escuchar de las gargantas de mujeres y hombres: “Adorámoste Cristo y te bendecimos porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo, amén”.
Las marchas fúnebres características de la ocasión armonizan conmovedoramente el sentimiento de la piedad; “El centurión”; “La Sangre de Cristo”; “Él ha muerto”, y otras, traen a la memoria la Pasión del Salvador del hombre con su angustia y su dolor, su paso agonizante falto de capacidad física, cayendo y levantándose del empedrado de aquella Vía Dolorosa.
Adheridas a las paredes de las casas, pequeñas cruces de madera adornadas con flores de los jardines de Monimbó identifican el sitio para la estación del Vía Crucis: Jesús cae por primera vez; la Verónica enjuga el rostro de Jesús; Jesús es clavado en la cruz y continúa hasta llegar a la puerta principal de la Iglesia de El Calvario donde se reza la última de las 14 estaciones y en donde penden de sus cruces los dos malhechores que hicieron compañía al Señor, los cuales son objeto de admiración por sus líneas esculturales.
Masaya la indígena princesa evangelizada bajo el signo de la cruz con la trascendencia que viene de la oración es como dijera Dante: “Bienaventurada corte ardiendo en amor divino y girando en torno de la luz inconcebiblemente brillante que emana de Dios”. Ama y tiene fe; sabe captar en la imagen preciosa de Jesús el drama inmortal de su Pasión y Muerte y viene a decirle con inmenso amor: “Por tus sangrantes pasos seguirte quiero, y si contigo muero, dichoso moriré. Señor: pequé, pequé”.
La Cuaresma es el tiempo de la fecundidad, cuando reaparece la primavera con su espejo de esmeralda inundando la campiña, y hay renuevos y floraciones pero también es tiempo para la reflexión, la indulgencia y el perdón, para el desagravio y el amor; eso es lo que enseña Cristo desde la belleza de su imagen que camina serena como el ciprés que se yergue llevando en su copo el perfume de los sueños incógnitos del amor, ese Jesús que Masaya ha vestido con túnica carmesí entretejida con un ligero filamento dorado y un manto color de cielo sobre
su espalda, que de sus manos pálidas cuelga una glandífera guirnalda de aromado sacuanjoche, de siempre vivas olorosas a eternidad, y a sus pies, corozos, magnolias, girasoles y albahacas y cuatro ánforas pequeñas con racimos de flores amarillas que cual ángeles enamorados se mecen al vuelo del viento como mitigando el paroxismo profuso y la fuerza de la sangre que se desliza de entre la cabellera de trigos florecidos hacia unos labios púrpuras sedientos y peregrinos de dulzura.
Los fieles rezan el Rosario durante el trayecto con ansiosa devoción como enalteciendo la devota tradición que data del siglo XVI cuando los evangelizadores españoles nos enseñaron a glorificar a nuestro Salvador. El Vía Crucis se inicia en Europa, en el transcurso del Siglo XIII, y la Semana Santa a principios del siglo IV cuando Constantino adoptó el cristianismo, aunque ya para este tiempo los cristianos de Jerusalén (ciudad de la paz) conmemoraban el Viernes Santo con una procesión que salía del Monte de los Olivos dividiéndose en tres estaciones las que se efectuaban antes de llegar al Santo Sepulcro, dedicándose la primera a la “Agonía”, la segunda a la “Traición de Judas”, y la tercera a la “Aprehensión”.
La procesión terminaba en las afueras de Jerusalén, en una antigua pedrera que por entonces se había convertido en cementerio. Se dice que en ese lugar había una gran piedra que medía 5 metros de alto y tenía grabada una cabeza humana, razón por la que al lugar se le llamaba “Gólgota” que en arameo significa cabeza y en griego calavera. Sobre este lugar hoy se levanta la Basílica del Santo Sepulcro, que fue construida por órdenes de Santa Elena, madre de Constantino.
De esta manera el Vía Crucis constituye una larga tradición que para los masayas representa con su variada diversidad religiosa y costumbrista el antecedente histórico socio-cultural que sustenta en el espíritu la fe donde se exilia la esperanza de alcanzar la plenitud de la infinita eternidad morando con Cristo santificador del proceso total de la vida humana.
Masaya profundamente cristiana pone de manifiesto en cada Vía Crucis su amor por Jesucristo y le canta con fervorosa devoción: “Un amado tengo yo, tan fino y enamorado que por el amor que me tiene se quedó crucificado”, y le pedirá con el corazón:
“Déjame vivir, en lo íntimo de tu alma
¡Oh! amor de mis amores, anhelo de mis anhelos; deja que florezca mi cantar enamorado en la luz eterna de tus brazos florecidos para retenerte con amor entre mi pecho sintiendo el milagro de tu ser divinizado”.
El autor es historiador.