Ruth Cuadra de Fuentes
Sor María decía que la Cuaresma especialmente la Semana Santa, es tiempo de penitencia y de renovación interior para prepararnos a la celebración de la Pascua del Señor. Ella nos habla que el Señor quiere que nos despeguemos de las cosas de la tierra para volvernos a él y que dejemos el pecado que envejece y mata; no olvidéis que estar con Jesús es, seguramente con su Cruz. Cuando nos abandonamos en las manos de Dios es frecuente que Él permita que saboreemos el dolor, la soledad, las contradicciones, las calumnias. Es la hora de amar la mortificación, el Señor nos dará las fuerzas necesarias para llevar esa cruz y nos llenará de gracias y frutos inimaginables. La Cruz del Señor con la que hemos de cargar cada día es el camino de nuestra santificación, me gusta repetir con el alma traspasada de alegría, “ningún día sin la Cruz”. Jesús muere en la Cruz, la que antes de su muerte había sido un instrumento infame y deshonroso se convierte en árbol de vida y escalera de gloria.
Todos los sacrificios y mortificaciones que hacemos el Señor nos lo devuelve el cien por ciento: cuentan dos catequistas a quienes Sor María mandó a pasar las vacaciones a Quirimán de Liberia para misionar y estuvieron allí casi un mes, pero, siendo aquel pueblo muy pobre, no sabían adónde ir a pasar la noche. Finalmente una joven de su misma edad obtuvo de su padre que les cediera una barraca donde tenía la paja y un poco de todo. Las chicas se acomodaron como pudieron, durmiendo encima de un banco. Entre sueños oían, a veces, un chip, chip, más bien raro, sibilante, pero, pensaban que había allí una gallina clueca con sus pollitos.
La misión salió a las mil maravillas. Las dos volvieron a San José, y, como de costumbre, en el primer encuentro con las otras catequistas explicaron… pero, chicas —dijo una de las oyentes—aquel chip, chip, no es de los pollitos, es, ¡de las serpientes!.
– ¡Fíjate!
– ¡Qué susto!…
– ¡No digas tonterías!
Sor María callaba.
Algunos días después una de las catequistas recibió una carta de la muchacha de Quirimán, ya amiga suya. Le decía que su padre, la mañana de su partida, fue a la barraca a barrer la paja y encontró las serpientes. Fue corriendo a contarlo a todas. Sor María concluyó: “La Virgen las libró si no de una muerte cierta, al menos de un susto fenomenal”. Están ante nuestros ojos las palabras de Jesús: “Las señales que acompañarán a los creyentes serán… cogerán con las manos las serpientes y si bebieren algo ponzoñoso no les dañará. Y, también: “Ved que os he dado poder caminar sobre serpientes y escorpiones y fuerza contra todo el poder del enemigo, y nada os podrá dañar”.
Sor María escribió: “¡Cuánto agradezco al Señor que sólo me haya hecho encontrar amarguras en la tierra! En uno de sus coloquios con Dios y después de oír la lectura del Evangelio de los pájaros (“No se venden dos pajaritos por un as”) Mt. 10.29) lanzó un grito desde el corazón “¿Qué valgo yo mi Rey? ¡de un pajarillo!” Vino inmediatamente la respuesta: ¡tú vales mi sangre!
Imitemos a Sor María aceptando todos los sacrificios y mortificaciones para seguir a Cristo en su calvario y ayudarle a llevar su cruz con el amor que él la llevó.
La autora es miembro de la Asociación Sor María Romero.