Gioconda Belli
Leí con atención el artículo de don Edmundo Dávila Castellón: “Sobre la violación y la vestimenta femenina”, el domingo 30 de marzo, en este Diario.
Muy interesante la recomendación que hace de que las mujeres evitemos las violaciones vistiéndonos más recatadamente: “las mujeres carnosas, bien formadas y apetecibles, bien pueden abstenerse de usar escotes, pantalones tentadores y mini-faldas, aunque fuera por simple precaución”. Me interesó también su descripción de las “amplias caderas y muslos bien sólidos y voluptuosamente desarrollados que en forma perturbadora y desquiciante, engendran naturalmente fantasías sexuales y una dolorosa represión de la libido en los varones, la cual, según Freud produce neurosis.” Es obvio que don Edmundo ha meditado cuidadosamente sobre el tema.
Resulta —le digo a don Edmundo— que yo veo por allí gran cantidad de hombres que usan shorts y camisetas sin mangas, dejando ver sus piernas viriles, bien torneadas y sus hombros y espaldas musculosas; hombres de pelo en pecho que se dejan abierto el primer botón de la camisa para incitarnos a las mujeres. U otros con formas de estatuas mayas o griegas que usan los blue-jeans ajustados o una camisas de tela de punto pegaditas al cuerpo. Siendo como soy, mujer con mi imaginación y hormonas bien puestas, pues los admiro y hasta puedo tener mis fantasías, pero, al contrario de don Edmundo, que poco menos que aboga porque las mujeres usemos la “burka” que le impusieron los Talibanes a las mujeres afganas, a mí no me parece que los hombres debieran cambiar su manera de vestirse por las ideas que puedan provocar en las féminas como yo.
El cuerpo humano, femenino o masculino, es una maravilla de la creación. Que yo sepa, Dios en el Paraíso Terrenal, no puso una fábrica de telas. O sea que el estado más santo e inocente es la desnudez. Por otro lado, la creación nos dotó de atractivos sexuales por la necesidad que tenemos, como especie, de reproducirnos. Sin sexualidad ya nos hubiéramos extinguido en el mundo. O sea que estos impulsos son esenciales para la supervivencia y producen esos bebitos rosados y simpáticos que llamamos “hijos e hijas” y esa maternidad que tanto enaltece y dignifica a esas féminas a las que don Edmundo se refiere.
A mí me parece que la violación poco tiene que ver con la vestimenta. A las mujeres no se nos ocurre agarrar a un hombre en shorts y con los hombros y el pecho desnudos y arrinconarlos en un callejón oscuro para imponerles violentamente nuestra voluntad sexual. ¿Se ha preguntado alguna vez don Edmundo a qué se deberá el que sean los hombres y no las mujeres quienes cometen el delito de violación? Póngase a pensar: A las mujeres se nos enseña desde niñas a respetar a los hombres. Mientras a nosotros se nos predica la decencia, a los niños varones se les celebra la lascivia, sus impulsos más primitivos son premiados socialmente como comportamientos varoniles; a los muchachos gentiles, respetuosos de las mujeres, que no se unen a los demás para denigrar el cuerpo femenino, se les tacha de tontos o maricas. En fin, mientras a las mujeres se nos inculca la modestia, a los hombres se les promueve la desfachatez, la agresividad. No debería extrañarnos pues que sean los hombres y no las mujeres quienes violen a sus semejantes; ni deberíamos buscar las razones de este tipo de comportamiento en si la mujer anda o no adecuadamente vestida.
Las razones por las que se violenta a las mujeres sexualmente se encuentran en la falta de valorización adecuada del cuerpo y la dignidad de la mujer en sociedades machistas como la nuestra. Igual que lo hace don Edmundo en su artículo, la sociedad objetiviza a la mujer y la reduce a un conjunto de atributos anatómicos: pechos, piernas, trasero, negándole su intrínseca humanidad que en nada depende de lo mal o bien dotada que esté. Se promueve así una visión despersonalizada de la mujer como “objeto” de las pasiones e instintos masculinos que ella no sólo debe satisfacer, sino que, según don Edmundo, también está obligada a “controlar” tapándose y ahogándose de calor para no causarle a los hombres la inquietud de sus “malos pensamientos”.
Por favor. Si nosotras podemos soportar tanto hombre a nuestro alrededor sin sentir que nuestra sexualidad tan celebrada nos da derecho a violarlos, ya es hora de que los hombres aprendan de nosotras a ser civilizados, a respetarnos y a no vernos como pechos turgentes con “culotes” (como dice don Edmundo que se define en el diccionario Larousse). Es el machismo, la falta de respeto, la falta de educación y civilidad hacia las mujeres, la sexualidad aberrada, no las mini-faldas, ni la belleza y sensualidad femeninas lo que induce a las violaciones.
La autora es escritora.