Ante las murallas de Bagdad

Isaac Bigio

Un viejo pensamiento militar recomienda a las fuerzas débiles que enfrentan a un enemigo poderoso, esquivar los combates frontales o emboscar desde la periferia para ir minando el centro de poder. Basándose en añejas enseñanzas bélicas chinas, Mao acuñó la estrategia: ‘guerra popular prolongada del campo a la ciudad.’ Su tesis de cercar las urbes desde el campo inspiró a una serie de movimientos, algunos victoriosos (Vietnam) y otros derrotados (Senderismo peruano).

En el caso iraquí, Hussein creó su propia variante. Sus fuerzas se replegaron de las áreas rurales para concentrarse en las urbes mayores. La mayor potencia de la historia es la que cercó a Saddam esperando una guerra que durase semanas y no años.

El Baath (partido socialista árabe) pretendía resistir a la invasión atrincherándose en Bagdad, Basora y otras ciudades. Uno de sus portavoces sostenía que Irak es un país desértico cuyas junglas son las selvas de concreto. Es en los bosques urbanos donde los iraquíes pensaron que podrían neutralizar mejor la tremenda superioridad tecnológica de los anglo-americanos.

En la segunda guerra mundial la lucha por Berlín o Stalingrado costó decenas de miles de muertos. Bagdad, con 5 millones de habitantes, no sólo es más grande que dichas ciudades en 1940, sino que es por lejos la urbe más poblada que confronta abiertamente a una intervención anglo-americana.

Hussein se inspira en otros recientes movimientos islámicos. En Mogadisciu los norteamericanos fueron obligados a huir luego de haber producido una matanza al tratar de entrar a un barrio controlado por las fuerzas de Aidid. En Beirut y el Líbano los israelíes tuvieron que retirarse debido a la hostilidad de la población. Los saddamistas sostienen que la ‘intifada’ palestina marca un ejemplo en el cual la población con piedras se enfrenta a una fuerza ocupante.

Las fuerzas ocupantes están ante un dilema. Con la ofensiva frontal e indiscriminada en Bagdad corren el riesgo de producir tantas bajas civiles que se enajenaría a gran parte de los más de mil millones de mahometanos y se crearía tal resentimiento dentro de los iraquíes que luego sería difícil contenerlos. Lo importante para ellos no es sólo ganar la guerra sino la paz. Para esto último requieren haber ganado el apoyo de amplios sectores de la población local.

La estrategia que siguieron los británicos en Basora fue la de rodear ésta, tratar de confraternizar con la población ocupada, ir haciendo algunas incursiones progresivas y buscar cómo generar un levantamiento interno anti-saddamista.

Hace 12 años los chiítas de Basora y el sur iraquí se sublevaron cuando EE.UU. les instó a ello. Mas, se sienten traicionados porque Bush padre permitió que Hussein los aplastase pensando que era mejor mantener la estabilidad iraquí con una dictadura desarmada a la cabeza antes que permitir que revoluciones desintegren al país.

La tesis de sitiar las grandes urbes también presenta inconvenientes. Prolonga la guerra, generando mayor oposición interna. Según Robin Cook, ex secretario de relaciones exteriores británico, es uno de los métodos más crueles contra los civiles, quienes deben padecer falta de alimentos y servicios.

Hussein empujó a los anglo-americanos a bombardear de tal manera a las urbes iraquíes, que generara más odio y cobijo donde resistir. Sabe que los anglo-americanos no quieren una política de tierra arrasada pues anhelan retomar la valioso infraestructura económica del país y quieren ganar a su gente. Confiados en ello, los saddamistas quisieron provocar a los aliados a una política de guerra total en la cual el régimen aparecería identificado como héroe de la causa iraquí, árabe y musulmana.

Para Saddam su ideal era producir muchas bombas humanas que paralizaran al enemigo y que le obligaran a separarse de una población civil de la cual desconfíen. Una guerra de ocupación dejaría por los suelos la estrategia de aparecer como demócratas liberadores. Inclusive, de llegar a ocupar las grandes urbes el costo sería muy alto pues a cambio perderían la paz y generarían la libanización de la cuna del panarabismo.

Scott Ritter, ex inspector de armas de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), veterano de la primera guerra del golfo y miembro del gobernante Partido Republicano, concibe que la ofensiva anglo-americana ha logrado lo opuesto a lo inicialmente deseado. Un dictador tan impopular aparece simbolizando una resistencia nacional y los EE.UU. se están ganando la antipatía de un pueblo al que hubiesen querido ganar: “Jamás podremos hablar de instalar un gobierno pro estadounidense para el pueblo de Irak. Al final nos expulsarán. Abandonaremos Irak derrotados, de la misma manera que los rusos dejaron Afganistán”.

Es esto lo que quieren los antiimperialistas árabes. Aunque al final pierdan las ciudades, quieren que ello se produzca con el mayor costo humano posible a fin de hacer casi imposible una futura reconciliación de los iraquíes o árabes con Occidente, y luego resistir desde las comarcas o con marchas con piedras en las ciudades.

Ciertamente, la mejor estrategia para echar a Hussein consistía en promover un levantamiento popular interno. Ello hubiese significado menos cotos humanos y materiales, y hubiese ayudado a que los propios iraquíes se liberasen a sí mismos y democratizaran más su sociedad.

Mas, las lecciones de 1991 son que para el Departamento de Estado dicha alternativa era más peligrosa que mantener a Hussein. El resultado es esta guerra en la cual los anglo-americanos prácticamente han tomado las urbes desde el desierto, pero donde el problema mayor será cómo estabilizar y pacificar a un país que a la larga puede tornarse en una fuente de problemas mayores que Somalia o Líbano.

Para los atacantes quedaban 3 posibilidades. Una era la guerra total rápida y violenta que conquistaría Bagdad pero a costa de mucha destrucción. La otra era cercar la ciudad y tratar de crear contingentes iraquíes anti-saddamistas leales aOccidente, pero ello podía tomar tiempo y había desconfianza en que los destacamentos locales podrían tener su propia agenda.

A los 60,000 combatientes kurdos en el norte no les empuja en masa a marchar sobre Mosul por temor a Turquía e Irán y también por no poder controlarlos luego. Con respecto a las decenas de miles de combatientes del Consejo Supremo (chiíta) de la Revolución Iraquí, los aliados se han negado a empujarlos contra Saddam, por temor a que luego ellos e Irán crearan otro contra-poder. Una tercera alternativa era la esbozada por sectores del laborismo británico quienes recomendaban un cese al fuego y una retirada para evitar que el conflicto siguiera escalando.

Los atacantes aplicaron una fórmula basada en las 2 primeras opciones, y en una combinación entre éstas. Si la guerra se complicaba era posible que creciera el sector que proponía el armisticio. A este último apuntaría la estrategia iraquí de agotar a los ocupantes con su guerra prolongada de la ciudad al campo.

El autor es analista internacional. Proviene de la London School of Economics & Political Sciences.  

Editorial
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