Castro en el final del camino

Leonel A. Marin McEwan

Como reacción al excelente reportaje de Douglas Carcache, “La Cuba de hoy. La vida después de 44 años de socialismo”, publicado en LA PRENSA el 13 de marzo del año en curso, el diputado sandinista Nelson Artola escribió un artículo en este mismo Diario en el que puso a Cuba como la “potencia mundial en la defensa, protección y promoción de los derechos humanos”.

Estoy de acuerdo con el diputado Artola de que “sin derechos humanos no hay democracia ni estado de derecho”. En la isla cautiva de Cuba no hay democracia, no existe el estado de derecho y por lo tanto se violan los derechos humanos.

Por otro lado, el FSLN protestó porque LA PRENSA supuestamente lo “censuró” al no publicar íntegra la carta de respaldo que Daniel Ortega envió al terrorista Saddam Hussein. Pero el Editorial del día 24 de marzo es muy claro: LA PRENSA “no reproduce los comunicados ni las cartas que se intercambian los políticos”. Para eso existen los campos pagados.

Referente al diputado Artola, es contradictorio e irónico que esté dirigiendo la comisión de derechos humanos de la Asamblea Nacional. Digo esto porque los sandinistas, al asaltar el poder en 1979, se apropiaron de los medios de producción, pisotearon toda moral e impusieron una dictadura férrea mediante el estado policíaco, el terror y el control ideológico total a través de la censura de prensa.

En Cuba no hay colegios de abogados, ni periódicos independientes a los que pedir ayuda. En Cuba los opositores “no existen”. Sus teléfonos, cuando los tienen, dejan de funcionar; sus viviendas son rodeadas por la Seguridad del Estado, pierden los empleos, sus hijos son expulsados de los colegios, se les retiran las libretas de racionamiento. En definitiva, el lenguaje oficial castrista los define como “gusanos, traidores, vende patrias y agentes del imperialismo”, el mismo lenguaje utilizado por los totalitarios sandinistas.

Fidel Castro ordenó constituir, en 1991, organismos represivos al margen de la legalidad. Uno de éstos es el de las llamadas Brigadas de Respuesta Rápida (BRR), constituidas por núcleos de los más fieles militantes comunistas organizados en estructuras paramilitares, para atacar, golpear y reprimir a todo el que se oponga a la dictadura.

Castro es asiduo lector de Curzio Malaparte, Maquiavelo, Mussolini y Hitler, de quien copió la famosa frase pronunciada tras leer su alegato por el asalto al cuartel Moncada, en 1953, “La Historia me absolverá”. Hitler dijo lo mismo ante el tribunal de Munich.

Finalmente, la fuga del “paraíso” comunista ha sido aún mayor cuando Castro determinó que quienes desearan abandonar el país debían dirigirse al puerto Mariel. En esa ocasión se movilizaron cerca de un cuarto de millón de personas y el dictador colocó entre ellas a miles de prisioneros comunes. Castro tuvo que cerrar el puerto de Mariel para evitar que el país se le quedara vacío. Pero cada año miles de cubanos escapan de la isla en neumáticos, botes y balsas.

El aislamiento de Cuba y su aguda crisis económica le acompañarán en la lenta y larga agonía que precede a la desaparición de su régimen represivo. Castro se prepara para recorrer el final de su camino, igual que lo hicieron sus pupilos sandinistas en el 1990.

El pueblo cubano exige democracia, justicia y libertad.

El autor es administrador de empresas.  

Editorial
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