Roberta [email protected]
A lo largo de la historia la mujer ha luchado por sus derechos, ha demostrado valentía y decisión y ha logrado darse su lugar “en el mundo de los hombres”. Pero a lo largo de todos estos logros, también la han ido despojando de su imagen de madre, de ama de casa, de esposa, dándole a todos estos títulos un significado devaluado, insignificante y hasta despreciable. Es triste admitirlo y me da vergüenza, pero me ha ocurrido, que al tener que llenar un formulario con espacio para anotar oficio u ocupación, poner “ama de casa” no me llena de orgullo. Más bien me he sentido devaluada, percatándome que éste es uno de los más tristes subproductos de la pretendida igualdad: El rol de madre, y el de ama de casa, han perdido su valor.
Frente a la polémica sobre la Ley de Igualdad de Oportunidades, es importante hacer conciencia sobre lo que las mujeres han ganado, y a veces perdido, al querer igualarse al hombre en todos los terrenos. Porque la realidad es que a pesar de logros indudables, como acceder a todas las profesiones e incorporarse en masa al mercado laboral, muchas mujeres han tenido que pagar un gran costo. Además de ser madre, esposa, ama de casa y velar por las mil y una cosas de un hogar, la mujer se ve ahora en la obligación adicional de proveer para la familia, saliendo de su casa y trabajando a la par del hombre. Y el hecho de que ostenten un trabajo remunerado no significa que tengan menos responsabilidades en el hogar. Si el niño va mal en el colegio, es culpa de la madre, si el niño se enferma, es responsabilidad de la madre, si el niño tiene problemas de disciplina, debe ser porque la madre no le pone suficiente atención, y además de esto, el marido también demanda lo mismo, y sus demandas no disminuyen porque uno trabaje. En resumen, la mujer hace doble papel, el de mujer y el de hombre, el de ama de casa, madre, esposa y el de proveedora del hogar.
La señora Eva Sacasa, en un artículo recientemente publicado en LA PRENSA, sugiere que para que haya desarrollo en la sociedad debe existir igualdad en el acceso de las mujeres a todas las profesiones e igual representatividad de los sexos en todas las ocupaciones. Pero, ¿no habrá contribuido esta igualdad al incremento de los divorcios? ¿No es porque la mujer ya no esta dispuesta a aguantar nada, ni por el bien de sus hijos, que hay tantas familias disfuncionales? ¿No se debe esto a que la mujer, igualándose al hombre, aún en sus defectos, ha menospreciado la unión de la familia volviéndose igual de infiel que el hombre e igualmente desapegada?
Me pregunto si las sociedades de hoy en día son mejores que las de hace 30 años, debido a los derechos que ha logrado la mujer, o si, por el contrario, estas sociedades decadentes de moral, llenas de libertinaje, de niños problemáticos y drogadictos, del Sida y otras plagas son resultado de esos principios de libertad e igualdad absolutos.
Las mujeres, aunque iguales en derechos que los hombres, no son (somos) ni serán nunca igual que el hombre. Dios los creó hombre y mujer. Si Dios hubiera querido iguales a los humanos, hubiese creado un solo sexo. Ser mujer, para mí, es en muchos aspectos superior al ser hombre. La mujer es madre, puede llevar en su vientre una vida, puede dar a luz y amamantar, es emotiva, llora, platica, comparte sus sentimientos, se rodea de amigas, protege y cuida por instinto, lee la mirada de su hijo triste y necesitado de amor. La mujer es un don de Dios para la humanidad. Ser mujer es bello, ser distinta es bello. Tener un rol propio y responsabilidades exclusivas, es bello y valioso.
No hay que precipitarse a formar opiniones sobre leyes poco transparentes. Hay que respaldar a la mujer, pero con todas sus diferencias y peculiaridades, pues solamente a través de mujeres plenas, dispuestas a sacrificarse por sus hijos y por sus familias, es que la sociedad producirá los ciudadanos sensatos y estables que tanto se necesitan.
La autora es ama de casa por escogencia propia.