Ana Julia Moreno Velá[email protected]
He observado con preocupación cómo se trata de impulsar la Ley de Igualdad de Oportunidades de Mujeres, que enmascara una corriente “moderna” que atenta contra los valores y principios cristianos y morales. Se quiere introducir con términos aparentemente “inocentes” una estrategia bien montada que sigue a nivel internacional la comunidad de lesbianas, homosexuales, bisexuales o transgenéricos (travestís), transexuales y personas con tendencias sexuales de culturas aborígenes, que realizan actos sexuales con animales o niños.
Mientras quienes no están de acuerdo con eso callan, ellos impulsan eventos internacionales, convenios, y programas, como el de Acción Afirmativa para Mujeres, que les permite apertura y derechos sobre los hijos de los demás. Las “marchas del orgullo lésbico-gay” (realizadas en Nicaragua) son parte de esta estrategia. Llegan incluso a expresar que es un obstáculo para sus intereses que los jóvenes tengan autoestima y autoconfianza.
Organizadamente han efectuado cambios legislativos en otros países, como la aprobación de derechos sexuales (no se podría culpar a alguien de abuso a menores), admitir la cirugía de cambio de sexo, aprobar la unión civil entre personas del mismo sexo (con derecho a adoptar hijos), y como parte de sus derechos reproductivos, legalizar el aborto.
Ellos luchan por variantes cuando en realidad se es hombre o mujer, no existe neutralidad o combinaciones. Se pretende igualdad cuando hombre y mujer no son iguales, sino semejantes, con características morfológicas y genéticas diferentes. Aplicando el concepto de igualdad, pretenden que las mujeres sean como hombres, cuando estoy orgullosa de ser mujer, y he descubierto que compartir la vida con mi esposo me permite valorar más su carácter de hombre, reconocer, apreciar y amar nuestras diferencias, porque esa complementariedad nos integra en una unidad.
Si el asunto se limita a cuotas de poder de las diputadas en el ámbito político, deben instituir medidas para garantizarse la designación equitativa de candidatas y buscar ser electas, desarrollando estrategias de fortalecimiento de su liderazgo político para ganarse su posición.
Hay que promulgar leyes para proteger a los menores de la homosexualidad y los padres deben influir positivamente a los hijos, dedicarles tiempo y esfuerzo, ¿Cuándo fue la última vez que como padre o madre miraron a sus ojos mientras conversaban? ¿Conocen al menos los nombres de sus tres mejores amigos? ¿Qué casas frecuentan? ¿Saben qué ven en la televisión? ¿Qué intereses tienen? ¿Qué preocupaciones tienen? Si los padres no son capaces de seducir a sus hijos, el mundo allá afuera está esperándolos para conducirlos hacia drogas, alcohol, sexo desenfrenado, violencia e incluso suicidio.
No existe un nuevo modelo de familia en el mundo que dé mejores resultados que el del amor. No es asunto de estructura ni poder. Se trata de crear a lo interno de nuestros hogares una nueva cultura de familia, que incluya aceptación, comprensión y participación, más que rechazo, juicio y manipulación. La clave radica en amarse profundamente y alentarse a ser mejores.
Las corrientes del mundo moderno son impactantes y arrastran a las familias. Hay que tomar la decisión de cambiar las formas de vivir o dejar que se nos lleve adonde quieran. Es hora de poner en orden los hogares, hacer un alto en el camino, reflexionar y meditar sobre el rumbo de vida que lleva cada uno. La decisión es suya, mía, de todos.
La autora es directora de la Ciudad de Refugio Internacional.