- “Se suponía que ésta sería una de las guerras más rápidas”, dijo el cabo Dennis Coats, de 20 años
Matthew GreenReuters
SUR DE IRAK.- Una semana después de invadir Irak, algunas tropas de Estados Unidos, entusiasmadas por las banderas blancas de soldados enemigos que se rindieron, se preguntan qué pasó con la esperanza de llegar a Bagdad en tres días.
“Me parece que mientras más tiempo esté aquí, mis posibilidades de permanecer vivo disminuyen’’, dijo el cabo de la Marina estadounidense, Michael Sánchez, mirando con tristeza unos arbustos marchitos al lado de la carretera.
“Aquí las condiciones están en contra nuestra, no conocemos el terreno ni a la gente, no sabemos qué nos espera’’, agregó el hombre de 21 años.
Como sus camaradas, Sánchez esperaba una “carrera a Bagdad” sin resistencia en la capital, tras una masiva campaña de bombardeos que habría quebrantado la voluntad iraquí.
En su lugar, miembros de su regimiento han resultado heridos por francotiradores, han quedado temporalmente cegados por una tormenta de arena, y se han estancado durante cuatro días en un terreno inhóspito habitado principalmente por mosquitos y jejenes.
Pero muchos de los compañeros de Sánchez mantienen un mejor humor y se lanzan puñados de tierra desde sus escondites, o comparten su preciado polvo de fresa para preparar un licuado.
Todos ellos saben de primera mano lo que altos oficiales militares de Estados Unidos apenas están comenzando a admitir en público: que la resistencia iraquí es mucho más firme de lo que esperaban.
“Se suponía que ésta sería una de las guerras más rápidas”, dijo el cabo Dennis Coats, de 20 años.
“No esperábamos ser atacados tan pronto, no anticipábamos toda esta actividad terrorista”, agregó, antes de que lo llamaran para excavar otra madriguera de protección.
La preocupación de Estados Unidos de evitar bajas, tanto suyas como de civiles iraquíes, también ha contribuido a demorar el avance hacia la capital iraquí para derrocar al presidente Saddam Hussein.
Sobre esta carretera que lleva a la sureña población de Nassiriya, no hay mujeres jóvenes agradecidas ofreciendo guirnaldas a los “libertadores”, sólo amenazas de emboscadas, minas y trampas.
“¿DÓNDE ESTÁN LAS BAILARINAS EXÓTICAS?”
“Odio este lugar!’’, gritó un infante de Marina, desde una trinchera que había excavado a un lado de la carretera.
“¿Dónde están las mujeres exóticas? Pensé que andarían por aquí bailando o algo por el estilo”, agregó, provocando carcajadas entre sus camaradas que permanecían reclinados en sus “hoyos de batalla”.
La teniente Jessica Newman, de la compañía 535 de Ingenieros, parte de la Brigada 130, comentó: “Espero que el mando superior tenga razón. Pensé que esto iba a durar unos días, ahora parece que tardará mucho más”.
Otro oficial de la misma agrupación, el teniente Mark Pietrak, afirmó: “Esto tardará más que lo esperado, sobre todo si no nos imponemos a estos focos de resistencia. Toma tiempo neutralizar la oposición guerrillera”.
Pese a la molestia por el ritmo de la avanzada, las llanuras de Irak todavía no se parecen al infierno que vivieron las tropas de Estados Unidos en Vietnam.
Los marines que integran este convoy de abastecimiento camino a la ciudad de Nassiriya, están desgastados más que exhaustos, demacrados más que sucios, y sobre todo aburridos, en lugar de asustados.
Pueden surgir peleas con respecto a quién tiene que disponer de la basura y los escombros y sobre la distancia que deben mantener los camiones en la caravana. Sin embargo, los soldados disponen de suficiente agua, comida y municiones. Sólo los cigarros parecen agotarse.
Algunos marines a cargo de manejar los camiones tienen reproductores portátiles de discos compactos atorados en algún anaquel en el techo de sus vehículos, lo que les permite alejar su atención de la guerra con piezas de música country o hip-hop.
Pese a los retrasos, muchos marines esperan que Bagdad caiga en una o dos semanas.