Así eran los asentamientos de Tasba Pri en 1982. La geografía del lugar ha cambiado y ahora ya no quedan casas como éstas. (LA PRENSA/REPRODUCCIÓN DE GERMAN MIRANDA)

Ecos dolorosos de un éxodo indígena

Los preparativos para una demanda millonaria contra el Estado nicaragüense por desplazamientos forzosos ocurridos durante la guerra civil de los años ochenta, reabren la vieja herida que entre los indígenas de las riberas del río Coco provocó la creación de los asentamientos estratégicos bautizados como “Tasba Pri” José Adán Silva [email protected] Cuando Edna Reyes llegó […]

  • Los preparativos para una demanda millonaria contra el Estado nicaragüense por desplazamientos forzosos ocurridos durante la guerra civil de los años ochenta, reabren la vieja herida que entre los indígenas de las riberas del río Coco provocó la creación de los asentamientos estratégicos bautizados como “Tasba Pri”

José Adán Silva [email protected]

Cuando Edna Reyes llegó a aquel valle lodoso y de aspecto desolado que le serviría de hogar, no traía consigo más que un terrible dolor de sus pies heridos por los tres días de camino que emprendió desde las riberas del río Coco, a través de montañas agrestes, y un profundo deseo de regresar a su casa y mandar al diablo la guerra.

Ahora, 21 años después de aquella caminata inolvidable, la paz ha llegado y las heridas de sus pies se han cicatrizado, pero el dolor de aquellas llagas se ha trasladado a su memoria y a la nostalgia siempre presente de querer regresar a aquel pasado robusto que dejó para siempre en las riberas del río Coco.

Reyes tenía 18 años cuando abandonó junto a su familia la comunidad ancestral de Leimus, a orillas del Coco, donde había transcurrido su infancia, y la infancia de sus padres y abuelos.

Lo hizo bajo la mirada fría y oscura de los fusiles que portaban los militares sandinistas que llegaron a sacarlos de las comunidades indígenas, para trasladarlos a otro lugar donde no les dijeron que irían a vivir.

Ella fue una de las aproximadamente 8,500 personas de la etnia misquita que fueron desplazadas de las riberas del río Coco, en 1982, por el gobierno sandinista, y llevada a la fuerza y con engaño a los campamentos de desplazados que bautizaron con el nombre de “Tasba Pri” (Tierra Libre, en lengua misquita).

Otros 15 mil misquitos huyeron a Honduras, y unos 4 mil fueron trasladados a asentamientos en Jinotega, en lo que fue el mayor éxodo jamás visto en una comunidad indígena nicaragüense.

Por esas acciones, ahora un grupo de abogados de origen indígena organiza una demanda multimillonaria contra el Estado nicaragüense, para que los indemnice por los daños sufridos en esas acciones. La organización de la demanda ha abierto viejas heridas en los sobrevivientes de los campamentos de desplazados, que ahora han revivido aquellos duros años de guerra.

21 AÑOS SIN RETORNO

Uno de los recuerdos más fuertes para Edna Reyes, en aquella salida forzada, fue la enorme columna de humo que se levantaba a sus espaldas. El Ejército había quemado las casas, los templos y las bodegas de alimentos de los misquitos de Leimus, y acribillado a los animales de crianza doméstica, bajo la excusa de no dejar refugio ni alimentos a las bandas subversivas de ‘contras’ que operaban en ese sector fronterizo.

Tras una semana de marcha forzada, la mitad a pie y la mitad en camiones IFA, durmiendo a la intemperie, bajo la lluvia, acribillada por nubes de zancudos y con heridas en los pies, Reyes por fin llegó en enero de 1982 a Sahsa, uno de los campamentos de desplazados misquitos que creó el gobierno sandinista, donde ella nunca pensó que viviría el resto de sus días.

Días antes que su familia y cientos de otras familias misquitas más fueran desplazadas de Leimus, se habían registrado operaciones militares en el sector, que desembocaron en una matanza de militares y civiles, tanto de parte de la resistencia antisandinista, como del Ejército Popular Sandinista acantonado en la zona.

Según recuerda Reyes, en ese entonces los militares los reunieron a todos en la iglesia Morava y les dijeron que no sacaran nada de sus casas, que iban a trasladarlos a otro lugar más seguro por unos días, porque en la zona iban a desarrollarse batallas con la “Contra”.

A Reyes esos días se le convirtieron en años. Y ahora, con el tiempo, la nostalgia se le vino encima junto a los recuerdos tristes.

REGRESO SIN SUERTE

“En esa época vivíamos en esa zona muy bien, por la voluntad de Dios, hasta que hubo una guerra que se llamó ‘Navidad Roja’, en el mero diciembre. En esa Navidad hubo una masacre en Leimus y una matancina por todos lados. Después de esa fecha nos sacaron a todos. Sin agarrar un traste, sin agarrar nada. Así como andábamos nos sacaron y desde esa fecha hasta ahora no hemos vuelto al río”, recuerda Reyes.

Sin dar tiempo a preguntarle el por qué de su negativa a volver al río, ella misma se pregunta y responde: “Para qué? Si aquí estamos bien y allá está peor. Perdimos todo, quedó casa cerrada, mataron a los animales y le pegaron fuego a todo. Aquí nos trajeron a pija (a la fuerza), y luego no podíamos ni ir al río aquí cerca, porque ya estábamos de contras”, expresa ella, con rabia en las palabras y tristeza en la mirada.

Recuerda las órdenes de los militares y la prepotencia con que los trataban los delegados de gobierno que llegaron del Pacífico.

“No podíamos salir libremente, nos ordenaban lo que debíamos hacer, y hasta para ir a sembrar una parcela nos ponían un vigilante armado a espiarnos. Yo no podía ir a lavar si no era cuando ellos querían, no era justo, yo no les había pedido que me sacaran de Leimus”, exclama.

En 1987, cuando el gobierno sandinista levantó las restricciones en el campamento, y les dio la oportunidad a las comunidades de regresar al río Coco, Reyes quiso regresar, pero esperó con prudencia a que le llegaran las primeras noticias de los que osaron retornar a las riberas. Cuando las noticias llegaron, no eran nada alentadoras para ella.

BENDITA AGUA DEL COCO

Las comunidades estaban minadas por todas partes y muchas familias perecieron bajo el fuego cruzado entre la Contra y los sandinistas. Los miembros de la Resistencia Nicaragüense los obligaron a cruzar a Honduras, donde los reclutaban a la fuerza, y los que intentaron regresar a Tasba Pri, fueron acusados de contras y asesinados en las montañas.

Así que Edna Reyes decidió no regresar al río Coco. “La vida del río ya no es igual que antes. Aquí somos más pobres, pero ahora tengo a mi familia y ya no soy tan joven como para comenzar otra vida”, justifica.

Pero no por eso perdió la tradición de sus comunidades, y no pierde la oportunidad de mandar a traer con algunos amigos de la vieja comunidad, botellas de agua del río Coco, que usa para regar la casa en días de Navidad y Año Nuevo, así como para preparar remedios caseros, con el agua que para ella es tan sagrada como el río mismo.

Ha escuchado por ahí que viene una demanda para que el Estado les indemnice por los daños que ellos sufrieron en aquella operación de traslado, y ella no puede más que rezar, porque esto se haga realidad.

“Sí, me han dicho de la demanda, y yo la acuerpo, ya que nos hicieron tanto daño, pues es bueno que ahora nos paguen aunque sea una parte de lo que nos destruyeron, ya no para nosotros, sino nuestros hijos”, dice Reyes.  

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