Marcela Sánchezwashingtonpost.com
Pocos días antes del fracaso diplomático en las Naciones Unidas sobre Irak, Chile, como miembro del Consejo de Seguridad, hizo un último intento para alcanzar un arreglo. Pero tan pronto como el presidente chileno Ricardo Lagos ofreció su idea, la Casa Blanca la rechazó. Aunque un voto final nunca llegó a cristalizarse la propuesta de Lagos simbolizó un momento importante para América Latina.
Con la aprobación en juego del tan buscado acuerdo comercial en el Congreso estadounidense y con Washington desesperado por lograr la autorización de la ONU para invadir Irak, Chile había osado provocar la ira de Washington. Al fin de cuentas Chile no tuvo que votar a favor o en contra de la guerra aunque con sus actos dejó claro que prefería otorgarle más tiempo a la diplomacia en vez de optar por una guerra inmediata. Su decisión lo colocó exactamente en oposición con la administración Bush.
La oferta de Chile fue una expresión de su independencia, un derecho bien ganado como nación que se ha convertido en un modelo regional de estabilidad económica precisamente por haber insistido en darle mayor cabida al libre pensamiento. La pregunta ahora es si Chile violó los mandatos de la actual política exterior estadounidense de estar «con nosotros o en contra nuestra».
Es demasiado pronto para saber la respuesta. Pero desafortunadamente lo que viene luego en Washington para Chile tal vez llegue demasiado pronto. Mayo podría ser el mes en que el Congreso estadounidense tenga que ratificar el acuerdo de libre comercio entre Estados Unidos y Chile alcanzado finalmente en diciembre.
Con sus actos en la ONU, Chile pudo haber comprometido la buena voluntad de algunos miembros del Congreso que de otra forma no hubieran tenido objeción alguna sobre el acuerdo. En una carta a Lagos la semana pasada, el representante Henry J. Hyde, sugirió que con el acuerdo comercial pendiente «su apoyo contundente e inequívoco en este voto» de las Naciones Unidas sería lo indicado.
Funcionarios chilenos dicen no estar preocupados. Actuaron con convicción, como cualquier país serio en el mundo lo hubiera hecho y están seguros de que el comercio y el voto en el Consejo de Seguridad seguirán siendo asuntos separados. Además, el hecho de que sólo el 17.5 por ciento del comercio internacional de Chile es con Estados Unidos, una proporción comparativamente baja dentro de las normas latinoamericanas, les había dado algún espacio para maniobrar.
La actual prosperidad económica chilena no tiene igual en la región incluso en comparación con México. Durante los 90, cuando otros en la región seguían al pie de la letra los dictámenes de Washington de reformas de libre mercado, Chile ocasionalmente se apartó del resto.
Funcionarios chilenos se opusieron, por ejemplo, a la recomendación de abrir completamente sus mercados financieros a inversionistas extranjeros y escogieron en cambio imponer ciertos controles de capital. Así, cuando una crisis financiera internacional golpeó a la región en la segunda mitad de la década, Chile se vio menos vulnerable a la huida de capital que muchos de sus vecinos.
La lección que se puede aprender de Chile es que la independencia paga y puede representar un riesgo aceptable. Sin ella, Chile no se habría convertido en el actor global que es hoy. No hay mejor prueba de eso que la persistencia de Washington, tras más de una década de acariciar la idea, de hacer de Chile el sexto país del mundo en alcanzar un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos.
No hay que olvidar que Chile le debe mucho al modelo estadounidense de economía de mercado y democracia y, a diferencia de Francia, la posición de Chile en la ONU fue dentro de un espíritu de transigencia –no de obstrucción.
Lo que suceda ahora dependerá de Washington. Puede aprobar el acuerdo comercial y así bendecir el ejemplo que Chile representa. O puede rechazar el acuerdo y castigarlo por demostrar las mismas libertades e independencia que Washington llega a tantos extremos para defender.