- Durante los 23 años de su mandato, el impredecible Saddam Hussein ha tomado decisiones que desafiaban cualquier lógica
Alfonso RojoEnviado especial del Diario EL MUNDO
ERBIL, IRAK.- No se evaporará como Ossama Bin Laden. A diferencia del millonario terrorista saudí, Saddam Hussein no está rodeado de un puñado de ascetas candidatos al suicidio, que se rajarían los intestinos con un vidrio antes de revelar su paradero. En el entorno del dictador iraquí, abundan personajes enamorados de los placeres de la vida, y llegado el momento, cuando sientan que todo se desploma, podrían traicionarlo. Lo que no cree nadie aquí es que cacen a Saddam con vida.
El Presidente iraquí es un personaje impredecible. A lo largo de sus 23 años de tiránico reinado, ha reaccionado a menudo como nadie esperaba, y ha tomado decisiones que desafiaban la lógica. Atacó Irán sin calcular los riesgos de la aventura o la respuesta del ayatolá Jomeini. Invadió Kuwait sin sopesar la gravedad de la jugada, y ahora, cuando Bush le ofrece la posibilidad de marchar al exilio, opta por quedarse y enfrentarse militarmente a la mayor potencia bélica de la historia.
Todo está en contra suya, pero, en su fuero interno, Saddam todavía cree que sobrevivirá y se perpetuará en el poder. En 1991 se quedó en Kuwait, y entró en guerra consciente de que perdería cientos de miles de soldados, pero convencido de que bastaría matar a unos centenares de marines para que Bush padre retirara sus batallones, como habían hecho Reagan en Líbano y Clinton en Somalia. Los norteamericanos perdieron sólo 123 hombres, la mitad en accidentes, y si detuvieron su avance fue por la presión de Turquía y Arabia Saudí, que temían una desestabilización de la región.
Aunque el martes cuando rechazó el ultimátum de 48 horas, Saddam vaticinó que Irak será la tumba de la hegemonía norteamericana y que las madres estadounidenses derramarán lágrimas de sangre, la apuesta ahora es menos ambiciosa que hace 12 años. La estrategia es alargar al máximo el asedio de Bagdad, confiando en que las patéticas imágenes que transmitan las cadenas de televisión enardezcan a la opinión pública occidental, hasta un punto de ebullición que no sea soportable para la Casa Blanca y sus contados aliados en este conflicto.
A pesar de sus 65 años y de su larga permanencia en el poder, Saddam tiene una visión simplista y distorsionada de la escena mundial. Aparte de un viaje oficial a Francia, de la visita hecha al general Franco cuando sólo era vicepresidente, y de cortas salidas a países árabes, no ha pisado el extranjero. Permanece horas frente a la pantalla del televisor viendo CNN, pero apenas entiende inglés, y la información suministrada por los canales árabes, incluido Al Yazira, pueden inducir al error.
Saddam ha visto cómo se fraccionaba el Consejo de Seguridad de la ONU, y alberga la vana ilusión de que los norteamericanos no se atreverán a ir hasta el final. En cualquier caso, se cura en salud, y está tomando extraordinarias medidas de seguridad. En ninguna de las filmaciones recientes que existen de él se ve una ventana. Los techos son bajos y las paredes están recubiertas de placas de mármol y cemento. Eso quiere decir que recibió a sus generales, pronunció su diatriba contra Bush y arengó a los suyos desde las profundidades de un refugio subterráneo. Uno distinto en cada ocasión.
El dictador ha aprendido a vivir bajo la vigilancia de los satélites norteamericanos. No usa teléfono ni ordenador ni permite coches lujosos junto a su residencia, por temporal que sea ésta. Todos sus movimientos son secretos. Nadie que no esté vinculado a él por lazos familiares o por la maldición de la sangre puede acercársele.
La campaña de propaganda diseñada por los psicólogos del Pentágono está socavando la moral del Ejército iraquí, pero no hará mella en el círculo del tirano. Hay cinco horas al día de información en árabe, en FM, onda media y onda corta, que se emiten desde un avión EC-130, y cotidianamente caen sobre territorio iraquí toneladas de panfletos. Siempre con mensajes en los que se insta a los soldados a no sacrificarse por un “régimen moribundo”.
En su dramática alocución del lunes, Bush dejó abierta la posibilidad de que Saddam y sus hijos partieran incólumes al extranjero, y, sin embargo, no hay un solo alto funcionario que haya hablado —siquiera como hipótesis— de capturar a Saddam y de someterlo a juicio por crímenes contra la Humanidad.
Estados Unidos no quiere un proceso en el que el acusado se convertiría en un héroe para las masas árabes y concitaría apoyos, solidaridades y confusas simpatías. Sigue vigente la orden firmada por el presidente Gerald Ford, en 1976, prohibiendo a la CIA el asesinato de dignatarios extranjeros, pero esta guerra incluye el plan de matar a Saddam, y, si es necesario, también a sus hijos y a sus principales secuaces.
Los encargados del trabajo son los 360 hombres de la Delta Force, una unidad tan secreta y compacta cuya existencia ni el Pentágono reconoce.
Dotados de artilugios dignos del cine de ciencia-ficción, entrenados hasta el agotamiento, armados con los instrumentos más letales que puedan imaginarse y con una misión clara, los comandos han iniciado ya su labor.
En la Primera Guerra del Golfo, los pilotos aliados y los artilleros, que lanzaban Tomahawk desde los buques, pulverizaron 260 objetivos presidenciales. Es evidente que fracasaron los bombazos y la alta tecnología, y por ello se confía ahora la tarea a individuos concretos.
Los especialistas de la Delta Force, distribuidos ya por el interior de Irak y con equipos de apoyo en Kurdistán, Jordania y Kuwait, reciben puntual información sobre lo que revelan cada minuto millones de escuchas telefónicas, intercepciones de radio, rastreos de correo electrónico y fotos aéreas.
Tienen vídeos y planos de los palacios y cuarteles del dictador. Hasta han estudiado las memorias de las compañías extranjeras que participaron, hasta 1990, en la construcción de refugios, oficinas y edificios oficiales. Aunque Jordania se opone oficialmente a la guerra, como hizo en 1991, los servicios secretos del rey Abdulá están colaborando en la localización de Saddam, y por ello serán generosamente recompensados.
Para evitar un fiasco similar al padecido con Bin Laden, quien podría estar sepultado bajo una montaña de rocas en cualquiera de las grutas de Tora Bora, pero al que muchos consideran vivo y activo, la Delta Force tiene instrucciones de intentar recuperar el cuerpo de Saddam. Antes de hacer anuncio alguno, los restos serán sometidos a pruebas de ADN.
Cuando exista la certeza de que el fallecido es efectivamente el sátrapa que ha gobernado y aterrorizado Mesopotamia durante casi tres décadas, y no cualquiera de sus dobles, se comunicará al presidente Bush. Sera él quien aparezca en televisión y dé la noticia al mundo.
MISIÓN CONCRETA
Los 360 hombres de la Delta Force sólo tienen una misión: matar a Saddam Hussein. Es un grupo secreto y compacto, y ni el Pentágono sabe quiénes son ni dónde están. Como en las películas, son los mejor entrenados y disponen de armas inimaginables. Ya están en Irak y se mueven para cumplir su misión.