Amor y plena confianza en su madre

Ruth C. de Fuentes

Era tan grande su amor a Jesús y María Auxiliadora que hablando un día el padre Botari con los padres de Sor María, les dijo: “Sor María es una religiosa inteligente, y si todavía no es santa, poco le falta para serlo. Ella es para ustedes y toda la familia, la lámpara encendida ante Jesús Sacramentado”.

Qué maravilloso y amoroso ser la luz que siempre está cerca de Jesús Sacramentado, acompañándolo y recordando que allí está Él, prisionero por amor a los pecadores. No se cansaba de hablar de su Reina. Muchas veces les decía a las hermanas: “Ustedes se imaginan lo que siento cuando pienso en lo que quiere decir que la Virgen es Madre de Dios. No hay un título mayor que éste y nadie puede tenerlo, sólo Ella, no puede haber nada superior a esto, paso ratos enteros pensando y meditando lo que esto significa”.

Sufrió mucho con la artritis que padecía en las manos y los pies, a veces los dolores se agudizaban, dándole pinchazos dolorosos y haciéndole imposible hacer la genuflexión o arrodillarse en la Capilla. Esto es lo que la apenaba. Y, debía estar sentada en un banco en la Iglesia. Para uno de los coloquios de “oh sole mío” que era su “canto vespertino”. Se queja: ¡qué pena Jesús! sólo puedo estar sentada.

Y Aquél que calló ante Pilatos, y no respondió una sola palabra a Herodes, aquí habla: “He tenido santos que han vivido siempre en una cama”.

Una de las muchas gracias que su Reina le concedió fue en el terreno donde construyó la Capilla: “Las aspirantes que venían cada año a cortar el café y a pasar allí muchas tardes en recreo, jamás encontraron ningún animal dañino. Por lo que con permiso quisimos nosotras aprovechar el terreno. Hicimos una hortaliza de la que sacamos el ciento por uno para vender, comer y dar a nuestros pobres y a todos los vecinos y visitantes. Pero, parece increíble lo que voy a referir por estar esta casa ubicada en plena capital. Sacamos doscientas cincuenta culebras; varias eran coral y terciopelo. Además sacamos trescientos setenta y cinco ciempiés y… trillones de babosas, pues a cada paso que dábamos brotaban en puños, apelmazadas… ¡Ah pero las culebras eran las que nos hacían crispar los nervios! Estábamos comiendo y entraban arrastrándose y nosotras… ligero, ligero a matarlas a fuerza de escobazos. Sospechando, al fin, que fuesen los demonios, rabiosos por el bien que estábamos haciendo y por el mayor que nos esperaba, tener la Capilla”. Soñaba construir una Capilla grande.

Sor María tomó una drástica solución: fulminarlas llevando por el cafetal, tres veces al día, la imagen de María Auxiliadora, rociando su “agua milagrosa” y, diciendo cada vez: “salgan de aquí, demonios infernales, aquí Reina la Virgen; en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. amén. Ave María…”

Escribe: “Salieron corriendo, pues nunca más, después de construida la Capilla, hemos vuelto a ver ni una sola culebra”.

Sor María tenía la fe ciega de que su Reina le concedía siempre lo que ella le pedía, cuando alguien admiraba su obra y le preguntaban cómo pudo hacer esta maravilla, ella contestaba: “Ella lo hace todo”.

La autora es miembro de la Asociación Sor María Romero.  

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí