Poner más impuestos no significa la solución

Francisco Xavier Aguirre Sacasa*

De acuerdo a las condiciones en la Carta de Intención que el gobierno negoció con el Fondo Monetario en noviembre, antes de finales de marzo la Administración Bolaños tendrá que enviar un nuevo paquete de medidas tributarias a la Asamblea Nacional para su consideración. Estas medidas —la tercera ronda en menos de un año—tendrán que arrojar al menos US$25 millones adicionales en ingresos para el fisco y probablemente más. Y el “paquetazo” tendrá que ser aprobado por el parlamento antes de finales de junio para cumplir con el programa del Fondo.

En Nicaragua se conoce estos programas con el FMI como ESAF. Pero ahora el Fondo los ha rebautizado como Facilidades para Reducir la Pobreza y Promover el Crecimiento. Consistente con esta óptica más optimista, el programa con el Fondo prevé un crecimiento económico de 3 por ciento para el 2003. Sin embargo, mi preocupación es que una tercera ronda de aumento de impuestos en una economía como la nuestra, que está estancada, será contraproducente y más bien aumentará nuestra pobreza y puede frenar el despegue que todos anhelamos.

Según los Indicadores de Desarrollo del 2002 publicado por el Banco Mundial, Nicaragua se destaca en varias áreas, ningunas de ellas positivas. Es el país más pobre latinoamericano. ¡El ingreso per cápita es hasta más bajo que el de Haití! Además, es la nación que más depende de la ayuda externa del hemisferio, recibiendo cinco veces más ayuda por persona que Haití. También tiene una pésima relación de exportaciones a importaciones. Las exportaciones ni siquiera cubren la mitad de las importaciones, un desempeño que pone a Nicaragua en la misma liga que los países más pobres del África. Finalmente, el país se destaca por una alta carga tributaria. Según los Indicadores del Banco Mundial, los ingresos del Gobierno andan por el 30 por ciento del producto interno bruto (o PIB), un nivel bien por encima del de cualquier otro país centroamericano. Esta cifra anda también 50 por ciento por encima del promedio latinoamericano.

Al principio me costó creer esta última estadística, pero después de consultar con las embajadas centroamericanas en Washington, en donde escribí este artículo, me di cuenta que tanto el IGV como los impuestos de aeropuerto en Nicaragua son los más altos del istmo, dándole credibilidad a las cifras del Banco Mundial.

No hay duda que el triste estado de la economía nicaragüense ahora se debe principalmente a su mal manejo durante la década de los ochenta y a la resaca de ese período. Pero también estoy convencido que la alta carga impositiva ha contribuido a este pobre desempeño y que aumentar esta carga no es la manera de devolver el país al sendero del crecimiento y de bienestar social.

Tengo básicamente tres razones para dudar de la sagacidad de aumentar impuestos.

Primero, incrementar la carga tributaria esencialmente transferiría aún más recursos de individuos y compañías privadas —que están llamados a ser el motor de nuestra economía— al sector público con sus conocidas ineficiencias. Este era precisamente el enfoque que se intentó y fracasó en los años ochenta y que no dará resultados tampoco ahora. Para crear riquezas y escapar de la miseria en que Nicaragua se encuentra, hay que dejar el máximo posible de recursos en manos de quienes mejor los pueden utilizar —los pequeños, medianos y grandes empresarios y productores privados de Nicaragua. Todo lo demás es enredarse, sobretodo cuando el Estado ya está absorbiendo una tajada tan grande del pastel.

En segundo lugar, el progreso de un país depende en gran medida de la competitividad de su sector privado y del clima de inversión que se crea para los empresarios nacionales e internacionales. Es obvio que entre más riqueza es drenada del sector privado y transferido al público, menos competitivo será el sector privado y menos atractivo será el clima de inversión del país. Ergo, menos inversión privada se realizará en él.

Y, tercero, entre más son los impuestos, muchas veces menos se recauda porque estimulan la evasión y porque más impuestos tienen una tendencia comprobada a deprimir la actividad económica. Esto, a su vez, reduce la capacidad de generar la prosperidad que es, justamente, la que alimenta la base tributaria. Este fenómeno fue ampliamente corroborado por el connotado economista norteamericano Art Laffer, quien fue asesor del Presidente Reagan a comienzo de los ochenta y cuya tesis revolucionó al mundo entero en la década de los setenta y ochenta.

Conclusión: en este momento en que la economía nacional está golpeada y en que la desesperación de los nicaragüenses es lo único que está creciendo, lo último que necesitan el sector privado y la ciudadanía es más impuestos. Más bien, el Gobierno debería recurrir a otras medidas —como la de reducir a su mínima expresión los gastos gubernamentales improductivos, que todavía abundan, antes de tratar de exprimirle sangre a la piedra que es la destrozada economía nacional.

Más impuestos corren el altísimo riesgo de estrangular a la única gallina que puede poner el huevo de oro: la iniciativa privada.

* El autor es economista, ex Canciller de Nicaragua.  

Editorial
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