Alberto L. Alemá[email protected]
Fuera de las razones, justas o no, que aduzcan los países que favorecen o se oponen al uso de la fuerza contra Saddam Hussein, existen criterios económicos, de seguridad y estratégicos que guían a las grandes potencias, conscientes de las consecuencias de largo alcance que su influencia sobre el Oriente Medio tiene.
Esta región del mundo cuenta con las reservas petroleras más importantes y no hay en el horizonte del futuro un producto que pueda sustituir al petróleo como fuente principal energética en la economía global.
Los gobernantes estadounidenses ven con preocupación las cifras referentes a la energía consumida por la economía más grande del mundo. El 40 por ciento de sus necesidades energéticas son cubiertas por el petróleo, y el país enfrentará una demanda supuesta a crecer en las décadas venideras, según afirma Michael T. Klare en su ensayo “La adveniente guerra con Irak: Descifrando los motivos de la administración Bush”, publicado en la revista Foreign Policy in Focus.
Del total, un 55 por ciento de los requerimientos de crudo es cubierto por las importaciones, y ese porcentaje, según las proyecciones, crecerá hasta un 65 por ciento en 2020. Posteriormente, la cifra aumentará aún más, según Klare, profesor de estudios de Seguridad y para la Paz del Hampshire College en Massachussets, EE.UU.
La actitud de Washington. hacia Saddam Hussein es una combinación de la preocupación por la diseminación de armas de destrucción masiva, la amenaza terrorista y el deseo de fomentar la democracia en Medio Oriente, escribe Klare, pero todo esto está relacionado “con la búsqueda de petróleo y la preservación del estatus de EE.UU. como un poder mundial absoluto”. Otra de las preocupaciones estratégicas sería impedir el surgimiento de otra potencia mundial rival que iguale en poder económico o militar a la nación americana.
“Las amenazas contra Irak están en gran medida impulsadas por el petróleo y (…) expander el poder económico y militar de Estados Unidos”, coincide Phyllis Bennis, experta en Medio Oriente, en su artículo titulado “Entendiendo la crisis iraquí”, para el centro de estudios independientes Institute for Policy Studies, de Washington.
“Esta dependencia (del petróleo) es el ‘talón de Aquiles’ del poder norteamericano: a menos que el petróleo del Golfo Pérsico sea mantenido bajo nuestro control, nuestra capacidad de permanecer como la potencia dominante del mundo será cuestionada”, añade Klare.
El académico ve tres motivos poderosos relacionados con el petróleo del Golfo Pérsico e Irak. Uno es la dependencia del crudo y la doctrina Carter, enunciada en 1980, que establece que Estados Unidos no permitirá a un Estado hostil amenazar su libre acceso al Golfo, pudiendo recurrir si es necesario a “cualquier medio” , lo que implica la fuerza. El segundo es el papel crucial de la región como abastecedor mundial de crudo: quien controle la región, tendrá la palabra decisiva en la economía mundial. En tercer lugar, la ansiedad por encontrar una alternativa al petróleo de Arabia Saudita, y la única buena alternativa son las reservas petroleras en Irak, estimadas en 112-115 billones de barriles.
Algunos estudios especulan que podría haber en Irak otros 200 billones de barriles sin descubrir, según un ensayo por los expertos en Medio Oriente Sarah Graham y Chris Toensing, lo que daría a Irak un potencial tan grande o mayor que el de Arabia Saudita.
Los sauditas han perdido credibilidad ante los ojos de Washington como aliados por su financiamiento de organizaciones islámicas fundamentalistas con vínculos terroristas, y por la presión que ejercen a través del cártel de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), controlando los precios a su conveniencia y condicionando aspectos de la política hacia Israel.