Jorge Eduardo Arellano*
No poca satisfacción me produjo resumir la tercera obra de Eddy Kühl Aráuz (Matagalpa, 1940) y haberla presentado, ante concurrencia tan distinguida —especialmente ante sus coterráneos y coterráneas— en el Auditorio de la Biblioteca “Roberto Incer Barquero”. Con ella, Eddy se consagra como un empeñado cultor de la matagalpanidad, de acuerdo con la acertada expresión de Luis Sánchez Sancho. Otras plumas no menos prestigiosas comentan su minucioso contenido en cinco capítulos: Emilio Álvarez Montalván, Presidente Honorario de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua, señala que gravita en el trasfondo de la obra y en su autor “un deseo compulsivo, no sólo de escudriñar sus raíces familiares y entronques, aquende y allende del Atlántico, sino de compartir con sus lectores lo que con orgullo y minuciosidad averigua”. Por su lado Jaime Incer, Presidente de la Academia, la valora como un “compendio muy informativo sobre una de las regiones de Nicaragua más pujantes”. Eddy ingresó a nuestra corporación, en su carácter de miembro de número, el año pasado.
Yo, como Secretario de la Academia —y, sobre todo, como matagalpino consorte— no puedo sino alabar y reconocer su notoria habilidad, su pasión infatigable y conciencia norteña o segoviana por rescatarnos no sólo testimonios artísticos y léxicos de la cultura prehispánica que ocupó el actual Departamento de Matagalpa, sino también documentos coloniales y fotografías antiguas; por referirnos —con información prolija— empresas constructoras como la parroquia de San Pedro, iniciada en 1874 y elevada a Catedral 50 años más tarde.
O por transcribir monografías ajenas, entre ellas el Hospital San Vicente —en cuya fundación no fue ajeno mi suegro, el médico cirujano Rodolfo Pérez Torres— escrita por el doctor Rafael Alvarado Sarria. La de la expulsión de los jesuitas en 1881, redactada por J. Ramón Gutiérrez y la de la rebelión de los indios ese mismo año, referida por el doctor Julián N. Guerrero. Al respecto, conviene establecer que se trató del acontecimiento bélico y social más importante de la segunda mitad del siglo XIV estudiado en su tesis de maestría, ¡Muera la gobierna!, por Dora María Téllez.
Asimismo, Eddy inserta el relato del norteamericano George H. Bowly, suscrito en 1854, titulado “Viaje a las minas de Matagalpa” y traducido por Orlando Cuadra Downing, al mismo tiempo que la crónica de Mauricio Wagner, datada el mismo 1854, sobre Jinotega, vertida del alemán por el mismo Eddy. Además, éste extrae otros documentos históricos y nombres de españoles que residieron en el Corregimiento de Matagalpa durante el siglo XVIII; registra apellidos matagalpinos del siglo siguiente y reproduce, en español e inglés, piezas epistolares de los inmigrantes suecos Pedro Viggh y su esposa Brita Maurin con sus amigos. La última regresó a Suecia en 1898 con su hijo Eric Leroy Viggh, nacido en Matagalpa en 1895. El primero, don Pedro, se quedó viviendo en la ciudad hasta su muerte en 1924. Descansa en el Cementerio de Extranjeros.
Otro importante texto que reproduce Eddy es el “Diario de Alejandro Miranda en Matagalpa en 1881”, en el cual este autor —luego periodista y librero, masón y hombre de carácter—da su versión de testigo y protagonista del segundo levantamiento de la casta indígena en agosto de 1881, más terrible y temible que la primera de marzo. Allí murieron —puntualiza Miranda— “muchos de aquellos infelices, que sin más ideal que la rapiña y el fanatismo religioso, fueron lanzados a la revuelta más estéril que se registra en nuestra historia”. Desde luego, no estoy de acuerdo con su interpretación, pues se trató de una resistencia al “progreso” impuesto por el régimen de los “30 años”, aliado con la pobladores ladinos de la ciudad, ya europeizados, quienes actuaban sobre una cultura que entonces se daba por cancelada. Por otra parte, el “Diario de Miranda” no es tal, sino su autobiografía. Yo conservo una de sus copias mecanografiadas.
El penúltimo capítulo de la obra de Eddy abarca 42 semblanzas de prominentes matagalpinos, la mayoría homenajeados en ocasión del final del siglo XX. No cabe enumerarlos. Basta decir que fueron caficultores y comerciantes, alcaldes y empresarios, economistas e ingenieros, médicos y abogados, profesores y maestras, artistas (músicos, compositores, pintores, dibujantes, etc.) y poetas, en fin, ciudadanos y damas ejemplares entre ellos y ellas deben figurar el autor y su esposa: una pareja que comparte sus mismo ideales, dirigidos hacia un mismo objetivo de trabajo creador.
Por su lado, el último capítulo corresponde a “Curiosidades” diversas de carácter turístico, poemas y prosas sobre Matagalpa, anécdotas de su vida social, el misterio de los rubios segovianos, el matagalpino que intrigó a Rubén, y que se llamaba Agatón Tinoco, según el escritor español Angel Ganivet, quien revela su nombre en el Idearium español. Cabe señalar que este último dato no lo aporta Eddy. Tampoco dedica la atención que merecen los obispos de la diócesis, comenzando con el primero Monseñor Isidoro Carrillo y Salazar, leonés de nacimiento, pero matagalpino por su fecunda labor pastoral y cultural. Pero ya tendrá oportunidad de hacerlo. Estoy seguro.
Finalmente, quisiera concluir esta reseña sobre la nueva obra del colega académico e investigador, señalando que el mejor poema escrito sobre nuestra “Perla del Septentrión” es el de Julio Ycaza Tigerino: “Esta ciudad en que habito”; y resumiendo que el ámbito de Eddy, en el que trabaja en general, es el de la región del norte de Nicaragua: el de las Segovias. Pablo Antonio Cuadra, en su clásico manual sobre nuestra idiosincrasia, ha deslindado cuatro tipos distintivos del nicaragüense: el “costeño”, el “norteño”, el “chontaleño” y el de la “zona del Pacífico”, en el cual podrían marcarse diferencias regionales. Por ejemplo, las que tienen de centros irradiadores la viril León y la femenina Granada. Pero aclaraba, a mediados de los años 50: “El tipo nicaragüense, hasta hoy, no se ha formado por la suma e interinfluencia de todos estos tipos, sino por la influencia y predominio de uno de ellos”, aludiendo al último. Es decir, reconoce que el surgido de la mezcla española indígena en el Pacífico (de Rivas a Chinandega, más elementos “chontaleños y norteños” se había impuesto hasta entonces).
Este tipo rector o hegemónico es el que más ha protagonizado nuestra historia y, por circunstancias diversas ha incidido más en ella imponiendo su dominio y estilo a los restantes. En realidad, PAC elevaba “el tipo del Pacífico” a rango idiosincrático del “nica”, es decir, asignándole la identidad nacional. Lo cual ahora resulta obsoleto, o al menos discutible. Y las páginas que Eddy Kühl Aráuz ha consagrado a su región —particularmente a su Matagalpa natal— incitan a reflexionar sobre el tema. Los aportes de su ciudad y de sus habitantes, como también los de las ciudades y pueblos vecinos en general, han sido muy valiosos. Y Eddy los registra con germánica curiosidad como observó Carlos Mántica en una reseña a su libro anterior Matagalpa y sus gentes.
La actitud de Kühl —anota Chale— es como la de un ingeniero de minas que escarba y desentierra muchas riquezas, pero que no se entretiene en tallar y pulir figurillas con el oro que ha extraído. Eso lo harán otros, porque la tarea primordial de Eddy es eso: “Una gran mina que seguirá siendo explotada por muchísimos años”. En efecto, nos ha “descubierto” su región montañosa, de pioneros alemanes en el cultivo del café, grano traído desde Java o Egipto, de aborígenes de origen Macro-Chibcha, provenientes de la cuenca del río Orinoco, y cuyos vestigios lingüísticos ha reunido, de cheles, pecosos y de pelo colorado, como son todavía muchos de sus campesinos, sembradores de alegres polkas y de sobaqueadas mazurcas.
Hechos claves, como el fenómeno de la resistencia anti-filibustera contra el esclavismo sureño de William Walker, tampoco se le ha escapado al ciudadano y escritor que hoy reconocemos. Eddy lo refiere en la presente obra, recordando que del Septentrión, de Matagalpa y su base pecuaria, marcharon las tropas para la famosa batalla de San Jacinto.
* El autor es escritor (presentación del libro “Matagalpa y su historia”, de Eddy Kühl, el 4 de marzo de 2003).
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