Mario Alfaro Alvarado
Eduardo Enríquez, en su columna en Blanco y Negro, publicada el 1 de marzo, puso en perspectiva lo que debe ser un periodista que se precie de su oficio.
El periodista, además de ser informador y orientador es un educador; porque sus audiencias y lectores repiten lo que oyen y leen en los medios de comunicación. De aquí que el periodista como educador tiene gran responsabilidad en que la gente aprenda a hablar bien o a hablar mal.
Es deprimente el lenguaje desaprensivo que se lee en los periódicos y se escucha diariamente por la radio y la televisión. El lenguaje de las multitudes no tiene necesariamente que ser de baja estofa para que se le llame lenguaje popular; y menos todavía las personas que se suponen cultas por haber estudiado en las universidades, deben hablar un lenguaje degradado por la incultura. El buen lenguaje que estas personas utilicen será imitado por las personas que no tuvieron el privilegio de educarse adecuadamente. La cultura popular entra, un poco cada día, por lo que se lee y oye.
Deprime escuchar a ministros, magistrados, profesores universitarios y personas con títulos académicos, repetir sin ningún reparo los despropósitos que se escriben en los periódicos y se dicen en las radios y la televisión: expresiones viciosas como “desde ya”, “treceavo mes”, “mandata”, “accesar”, “recepcionar”, “indexar”, “posicionarse” y una larguísima etcétera de términos igualmente contaminadores y devaluadores del idioma.
La materia prima del escritor, del periodista, del locutor, del comentarista, es el idioma. De manera que para ofrecer un producto de calidad a los lectores y oyentes, hay que seleccionar bien la materia prima y saberla utilizar.
Ninguna escuela enseña si el estudiante no quiere aprender. El cultivo del idioma es una vocación noble que todo el mundo puede hacer suya, porque la cultura nacional entra por contagio si se hace buen uso del idioma que hablamos.
Así como se planean campañas para limpiar el medio ambiente, se debían emprender campañas para depurar el idioma, infectado de toda clase de barbarismos y términos contaminantes. La tarea de mejorar el lenguaje es fácil y satisfactoria; sólo hay que sustituir los términos viciosos y degradantes por expresiones correctas.