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Hace quizás año y medio, apareció una noticia que se publicó en los principales medios de comunicación de todo el mundo. Se trataba del caso de unos niños siameses, creo que con padres procedentes de Puerto Rico.
Para los bebés, se había llegado el momento que por la vía quirúrgica debían separarse. A los pocos días, la noticia volvió al tapete, se acercaba el momento de la cirugía. Hasta allí todo iba bien, porque ya se les iba a finalizar a los niños el vivir en extrema fragilidad de salud. Los padres de los niños siameses, fueron a hospitales famosos de los EE.UU. a consultar.
Unos días después, circuló como reguero de pólvora la otra cara, la cara dolorosa de la noticia, había que separarlos, aunque al practicar la cirugía se confirmaba que uno de los niños debía morir. El problema humano que se había planteado fue que los médicos norteamericanos no estaban autorizados a quitarle la vida a uno de ellos aunque fuera para salvarle la vida al otro, porque el Estado norteamericano no contempla abiertamente quitarle la vida a un ser humano nacido y ésta era la única forma de salvar la vida al otro.
Sin embargo, la inmensa mayoría de norteamericanos y del mundo entero opinaban que debía hacerse la cirugía. Otros gritaban que debía dejarles así, hasta que la muerte los separara, aunque el niño más fuerte, el que tenía más probabilidades de sobrevivir se le agotara su tiempo y ambos sucumbieran a la oscuridad.
Recuerdo que en ese entonces yo me preparaba para ir a la Feria Internacional del Libro, en Guadalajara.
Estando allá, me encontré con los mismos comentarios. La verdad es que el caso era espinoso pero debía ponerse en la balanza.
La gente pensante, la gente sencilla, los crueles, los humanistas y las comunes y corrientes como yo, sentíamos que queríamos opinar, y todo o casi todo, por obra y gracia de los medios de comunicación, seguía girando alrededor del drama de esas criaturas.
Por esa temporada, también me tocó volar hacia Londres y me dejé envolver por la dinámica del Congreso de Literatura. Fue cuando, a los días, volví a saber de las noticias, me enteré que los padres de los siameses habían llegado a ese país y los médicos habían hecho la cirugía con la consabida vida para uno y la muerte del otro.
El argumento para dar la oportunidad de vivir a uno de los niños fue tan sencillo como las grandes verdades; se escogió al bebé que tenía un cerebro ya desarrollado. El otro siamés, quisiéramos o no, tenia un cerebro primario, y aunque nunca les conocí, sentí un gran alivio por la acertada decisión.
Igual me pasó cuando supe la cirugía practicada con humanidad a la niña nicaragüense de 9 años, desgarrada y embarazada por un criminal. En este caso, apartando las opiniones encontradas, se escogió salvar la vida al ser humano completo y se apartó lo que llevaba a la muerte física y emocional a la pequeña “Rosa”.
El resultado a favor de la vida de “Rosita”, dio paz a nicaragüenses y de otras partes del mundo, pendientes de la tragedia de la niña, a través de los medios. Y a pesar que su ministerio debe ser de amor y compasión, en la radio y en la TV se escuchó la voz pesada, perseguidora, cargada de odio, de monseñor Obando, producto de su misoginia in extremis, contra los médicos que liberaron a la niña del dolor y la muerte.
Y aunque jamás vimos al vicario ni lo oímos vociferando como lo hace ahora, ni contra el salvaje que desgarró a la niña, ni jamás lo oímos con propiedad persiguiendo en los medios, acusando y castigando a curas pedófilos de las parroquias, que traumatizan a niños diáconos y feligreses desbaratando su cuerpo y su alma. Si el purpurado lo hubiera hecho, pienso que también lo veríamos sentando cátedra de moralidad denunciando los megarrobos de políticos reconocidos.
A Monseñor Obando y a los “religiosos” de su red más les valiera seguir a un Jesús bondadoso, y dedicarse a recoger a niños drogados y hambrientos en las gradas de la misma Catedral dándoles hogar y alimentos. Si ellos fueran, si se parecieran a Jesús no se meterían a promocionar la persecución de oficio a los galenos que practicaron un aborto terapéutico para salvar la vida de una niña.
La autora es escritora.