Hora cero en Consejo de Seguridad

Los dos textos presentados el lunes pasado ante el Consejo de Seguridad de la ONU para una segunda resolución de dicho organismo sobre Irak, son muy diferentes. Tanto en lo que se refiere a la estrategia como al procedimiento ambos documentos son contrapuestos, y si bien los dos coinciden en la necesidad de desarmar a Hussein, la metodología que proponen es distinta.

Estados Unidos, España y Gran Bretaña insisten en que el dictador iraquí desobedeció la Resolución 1441 del Consejo de Seguridad de la ONU que manda destruir las armas de exterminio masivo. En consecuencia, afirman, Hussein debe esperar graves consecuencias. O sea la guerra. Al respecto, el jueves de esta semana el presidente Bush dio como un hecho el derrocamiento de Hussein mediante la acción militar de Estados Unidos y sus aliados. “La reconstrucción de Irak requerirá el sostenido compromiso de muchas naciones, incluyendo la nuestra”, dijo Bush en el American Enterprise Institute, en Washington, agregó: “Permaneceremos en Irak tanto tiempo como sea necesario y ni un día más’’.

Pero Francia, Alemania y Rusia, con el apoyo tangencial de China, siguen recomendando “aumentar el número de inspectores de la ONU, y darles más tiempo, pues hasta ahora no se ha aportado ninguna prueba que Irak siga poseyendo armas prohibidas”. Además insisten en preservar la unidad del Consejo de Seguridad e incrementar la presión sobre Hussein. Por otra parte, el jefe de expertos de la ONU, Hans Blix, afirma que los iraquíes aportan significativa cooperación. Y el embajador de España en la ONU, Inocencio Arias, cree que el borrador norteamericano “no significa un inmediato ataque a Irak, porque habrá dos semanas de regateos tras bastidores, que terminará aprobando dicho proyecto”. La dificultad es que el grupo pro-invasión necesita nueve votos positivos, y además, que no haya veto.

Del lado latinoamericano, dos miembros temporales del Consejo están en la encrucijada: México y Chile. En ambos la opinión pública es contraria a la guerra. No obstante, México necesita la buena voluntad estadounidense para tratar ingentes problemas, como la migración masiva de sus ciudadanos hacia el Norte. Si bien el Presidente Fox hizo una bandera de la inminente revisión del Tratado respectivo, que empezó a negociar con Bush, esas pláticas fueron postergadas después de los sucesos terroristas del 11 de septiembre. Y ahora que EE.UU. necesita el apoyo de México comienza a hablarse de una “reactivación” de las pláticas suspendidas.

Chile, por su parte, está más definido después que el presidente Lagos recibió el apoyo unánime de todos los partidos políticos al “compartir la visión del gobierno que busca un desarme pacífico, y no descarta hasta escuchar el informe del Hans Blix cuando éste regrese de Bagdad.

Para algunos analistas esa disputa tiene trasfondo. Por una parte los EE.UU. buscan consolidar su rol unilateralista con que maneja al mundo, acosado por el terrorismo y cuyo epicentro localiza en Hussein. El gobierno estadounidense sabe por experiencia que a la hora de un ataque incontenible y masivo, sólo dependerá de sus capacidades de defensa. Y debe entonces actuar preventivamente y a cualquier costo.

Como parte del plan se propone Bush democratizar y pacificar al Medio Oriente, asegurándose que sus necesidades petrolíferas estarán a su disposición. A su vez los europeos ya unidos y expandidas sus exportaciones al Asia, donde efectuaron cuantiosas inversiones, creen llegado el momento de establecer un balance frente al hegemonismo estadounidense, y actuar conforme sus conveniencias. A pesar de ello confiesan su dependencia del mercado norteamericano y de la ayuda militar que reciben para financiar parcialmente su defensa.

De hecho, la confrontación plantea desafíos a dos organizaciones claves: ¿Sobrevivirá la ONU con prestigio si los EE.UU. atacan sin la autorización del Consejo? ¿Qué repercusión tendría sobre la Unión Europea su ruptura con EE.UU., ya que difieren en política exterior? ¿Está el mundo al borde de un nuevo orden o a más desorden?

La posición latinoamericana debe ser pragmática —apartada la legitimidad o no de una guerra en Irak—, permaneciendo fiel a la “real politik” de sus tradicionales intereses regionales. Esa pugna geopolítica en el Consejo de Seguridad de la ONU es un juego de grandes ligas para el que los países latinoamericanos no califican.  

Editorial
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