Luis Sánchez [email protected]
Doña Anita Chamorro de Holmann me sugirió escribir sobre el significado del “lavado de manos” de Poncio Pilato en el juicio a Jesús de Nazaret.
Por cierto que desde la remota antigüedad, la mano tiene una rica simbología. Para los egipcios representaba el trabajo, la acción y la donación. Entre los romanos simbolizaba la autoridad del emperador y del padre de familia. Y las dos manos entrelazadas significaban Buena Fe.
Andando el tiempo, las manos entrelazadas; las de dos personas, estrechadas; palmeadas sobre las espaldas de otro, etc., significaban unión ante el peligro, concordia, contrato y fraternidad universal. Asimismo, la mano sobre el pecho indicaba reflexión, y puesta en el cuello indicaba sacrificio.
En las antiguas creencias la mano derecha correspondía a lo viril, lo lógico y lo consciente, y la izquierda a lo contrario. Los cristianos primitivos, que no tenían una imagen de Dios, lo representaban como una mano saliendo de una nube.
La “imposición de manos” es un rito esencial en la Iglesia Católica. Su origen es judaico y se funda en el simbolismo de la mano como representación de la actividad y del poder humano, así como de la omnipotencia divina.
Jesús sanaba a los enfermos y bendecía a los niños mediante la imposición de manos. Y en los Evangelios se estableció que en nombre de Jesucristo sus apóstoles harían lo mismo.
En la Edad Media se inició la costumbre (tomada de los antiguos germanos) de extender y levantar las manos al orar. Ese gesto simbolizaba los sentimientos del alma en busca y esperanza de auxilio desde lo Alto. Juntar las manos y elevarlas durante la oración era el símbolo externo de la elevación jubilosa del alma, de su entrega fervorosa y la súplica a Dios.
Para la Iglesia Católica la imposición de las manos es uno de los signos de la Nueva Alianza. Según la tradición católica, en la imposición de las manos de los apóstoles se originó el sacramento de la confirmación. La imposición de manos sobre la cabeza del ordenando es uno de los signos visibles de la consagración de diáconos, sacerdotes y obispos.
Y en cuanto al lavado de manos de Poncio Pilato, este hecho quedó para la posteridad con el significado de abstenerse alguien en un asunto complicado o turbio y descargar la responsabilidad en otros. Al respecto en el libro de Vittorio Messori “¿Padeció bajo Poncio Pilato?” —que me trajo de obsequio desde Costa Rica mi buen amigo y colaborador de LA PRENSA, padre René Grimaldi—, se dice que Pilato fue el quinto gobernador romano de la provincia de Judea y tuvo que actuar como juez “en aquella fatídica víspera de la Pascua del año 784 de la fundación de Roma”.
El lavatorio de manos era una costumbre judía que no practicaban los romanos. Sin embargo, según Messori, como Pilato llevaba ya cuatro años en Jerusalén, y como el proceso a Jesús debió desarrollarse en una lengua desconocida para la mayoría de la multitud, “para hacerse entender por ella el juez hizo que le llevaran el fatídico jarro de agua. Por el Deuteronomio (21.6) y por los Salmos (por ejemplo el 25,6: ‘Yo lavaré mis manos en la inocencia’) todos los judíos conocían perfectamente qué se quería dar a entender derramando agua sobre las manos”.
Desde entonces siempre hay quienes se lavan las manos ante las dificultades para evadir el cumplimiento de sus responsabilidades.