El explicador

Ramón Barreda A veces ocurre que cuando alguien cuenta un chiste muy bueno o una anécdota especial y graciosa, surge alguien que, no pudiendo producir algo igual, se dedica a explicar lo que el otro relató suficientemente. Y eso pasa generalmente cuando el relator original está ausente y no puede defender su cuento. Recientemente en […]

Ramón Barreda

A veces ocurre que cuando alguien cuenta un chiste muy bueno o una anécdota especial y graciosa, surge alguien que, no pudiendo producir algo igual, se dedica a explicar lo que el otro relató suficientemente. Y eso pasa generalmente cuando el relator original está ausente y no puede defender su cuento.

Recientemente en un suplemento cultural de un diario local alguien tuvo la genial ocurrencia de estirar a su antojo el cuento más breve de la historia, antes de que el cadáver de su autor, Augusto Monterroso, se enfriara totalmente. Nuestro explicador, precedido de una nota que aclaraba la explicación, poseído por la idea de que siete palabras son muy pocas para un cuento, se dedicó a estirarlo y a llenarlo de detalles sobranceros, empeñado en destruir una obra maestra de la síntesis literaria.

Pero hay algo más: Monterroso, hombre culto a fin, no ignoraba que entre la desaparición de los dinosaurios y la aparición del hombre median más de sesenta millones de años, y en ninguna parte dice que el sujeto del relato fuera un ser humano. Podría tratarse de una tortuga, una lagartija o un grillo. ¡Pero el explicador hasta nos describe minuciosamente al asustado cazador de dinosaurios!  

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