No desgarremos más a la inocente criatura

Gerardo Rodríguez Olivas

Utilizo la palabra “criatura”, pretendiendo con sólo el título del presente artículo, prevenir al lector, de que me voy a referir a un ser infantil, lleno de angelical ingenuidad, que apenas esboza sus primeros balbuceos de racionalidad, que aún tiene la noción de que Santa Claus la visita todas las navidades en trineo, según la tradición que se ha ido imponiendo en diferentes países, y es quien le entrega su juguete merecido, y que quizás todavía duerme arrullada en los brazos de su madre, soñando con los cuentos de la Bella Durmiente, Blanca Nieves, Caperucita o la Cenicienta.

Esa aún tierna niña, víctima del sistema que aqueja a nuestras sociedades de cultura machista, de violencia y agresión familiar, de “machos” que sacian sus instintos primitivos en pequeños seres indefensos y los someten a sus despreciables deseos carnales, sin noción clara aún de lo ocurrido, ha sido objeto en las últimas semanas, de los más enconados debates, de los más conspicuos estudios científicos, de las más afamadas tesis médicas en materia de embarazo y ha dado lugar a que eminentes galenos, grandes juristas, notables sociólogos, egregios filósofos y dechados de virtudes teológicas y religiosas opinen sobre su drama: el resultado final de tan enjundiosos estudios ha consistido en que la infausta criatura debe “asumir” sus responsabilidades maternales, pues “la vida” está por encima de todo entorno social, económico, de toda consideración biológica o de toda circunstancia originaria de tal acontecimiento vital.

Poco importa que a sus nueve añitos, la infeliz víctima de la saña de un troglodita, moje aún con sus orines la lona de su cama, que vaya vestida con trenzas infantiles, se raspe las rodillas aprendiendo andar en bicicleta, o asista a casamientos de adultos, llevando en sus manos las arras o los anillos de los casamenteros. De lo que se trata, para estos afortunados “neoinquisidores”, es de respetar la “voluntad de Dios”, y que la infanta tenga, al final de su embarazo, una “muñeca de verdad”, con la que sí pueda jugar “jacks”, el “bendito escondido”, le dé el biberón, la duerma junto con ella y la acompañe, como dama de compañía, el día de sus felices quince años, con el mismo traje rosado de tal ocasión.

Poco importa, que el bebé o la bebé que nazca, haya sido producto de los bajos instintos de su violador, pues si ya la ingenua criatura aceptó tener al bebé, con el sentido de responsabilidad que tiene, no hay más que respetar su voluntad.

No interesan tampoco, los recursos económicos con que la neonata sea criada, pues no hay que olvidar que “Dios siempre provee” y que la niña de los nueve años, tendrá la fuerza suficiente para trabajar, aunque el Código del Trabajo y las Convenciones internacionales prohíban el trabajo infantil.

Sólo en Nicaragua, país de Ripley, se producen “informes médicos” en el que, a la interrogante de si se debe o no interrumpir el embarazo, se responde que, interrumpirlo es malo y no hacerlo también lo es, o sea, que no lo interrumpa, para que la niña quede bien, pero también que lo haga para que esté muy bien.

Si una persona tiene una hija de tal edad, debe saber que si le ocurriese alguna desgracia, Dios no lo quiera, y algún bandido, mafioso, vándalo, cafre, desahoga en ella sus primarios instintos, disfrutará de un lindo o linda nietecito (a), y los juguetes del uno servirán para el otro, los cuentos de uno serán también para el otro y lo único que le hará falta comprar será un catre de dos pisos, para cuidar maternalmente a la madrecita con su tierno hijo.

Si este drama no tuviera actores que viven momentos de angustia, de dolor, de aflicción, incertidumbre o desesperación, yo recomendaría a los padres con hijos impúberes, leer a sus hijos el cuento de la niñita que, traumáticamente violada, se irguió sobre su dolor y con coraje y valentía inusitada, tuvo a su bebé, con el “colorín colorado”, de que los dos seres vivieron eternamente felices. Si despiertan aterrorizados, soñando con el violador, bastará acariciarles el cabello y decirles: tranquila hija mía, no es más que un cuento de ogros nicaragüense.

El autor es padre de familia.  

Editorial
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