Rosa María Vivas [email protected]
Deseo dar inicio a este breve ensayo manifestando mi reflexión ante una situación que no solamente ha evolucionado desde su crisálida en la imaginación de grandes novelistas que han materializado los ribetes de una aventura científica en las páginas satinadas de una exitosa edición. También se puede constar cómo los guionistas del celuloide han abordado de manera osada y, en ocasiones, demasiado dramática para mi complacencia, las consecuencias de la ya inminente clonación de los seres humanos. No puedo obviar que el planteamiento de tal proyecto es propio de personas dueñas de un privilegiado coeficiente intelectual, disciplina y constancia, talentos que no todas las personas tienen la apetencia de desarrollar. Menciono lo anterior con la fiel intención de enfatizar mi objetividad ante mi percepción del proyecto de la clonación al no descalificar el esfuerzo de los científicos. Basándome en un reportaje de LA PRENSA afirmo que el proyecto ya ha sido ejecutado y existe una tierna evidencia de que así es. Mis argumentos no están basados en anticlericalismos ni en debates existenciales, solamente en la posición que a partir de ahora pueda ubicarse una persona que ha formado parte del número de lo mortales a través de la clonación y no por la vía natural que es concebida nuestra generación, sí, generación es la palabra que compensa mi exigencia para definir esta revolución científica. No dudo que los propósitos de los investigadores sea el de dar un giro vanguardista a la ciencia para poder beneficiarse en distintas esferas como la salud —descubrimiento de nuevos tratamientos para enfermedades como el cáncer, sida, etc.— y el área afectiva para las parejas que no pueden concebir hijos la “oportunidad” de tener el niño deseado con las características que a toda persona egocéntrica fascinaría como es una copia de todo su ser. No me parece justo que habiendo tantos niños (as) desamparados esperanzados en encontrar una familia a quien amar y que los ame se preocupen más en crear copias humanas que tratar de resolver un problema mundial como es la miseria y la decadencia del grupo primario por excelencia como es la familia. Hay dos factores que han quedado bajo el tapete, si el ser clonado tiene el estatus de ciudadano o si será sólo un autómata del cual los investigadores tienen licencia para experimentar en él, que permite que experimenten en él. Si fuera clasificado como ciudadano, desde luego es porque puede movilizarse, proceder y pensar como cualquiera de nosotros (as) y si es así tiene la capacidad de procesar emociones y sentimientos. Hay que reflexionar ahora qué podría sentir una persona clonada cuando se vea a sí misma como un ser concebido en una probeta y no del encuentro previo de un hombre y una mujer, cuando cada uno de sus genes ha sido calculado con un par de pinzas y no formado por orden y ley natural, cuando no defina quién de todos los científicos pueda llamar padre o madre. Aún cuando se emprenda en una campaña universal de aceptación e integración de los seres humanos clonados, aún cuando se haya convencido a una mayoría siempre existirán escépticos y menos prudentes que manifestarán su oposición ante estas personas, y si creemos que tienen sentimientos ¿no se sentirán discriminados?, ¿no sufrirán al verse a sí mismos como una generación de probeta y tubos de ensayo?. No estoy visualizando un futuro inmediato sino una apreciación realista.
Por otra parte, si al fin son considerados autómatas siempre habrá personas que aspirarán a la vanguardia y harán todo lo posible para crear esa controversial generación de seres pensantes y afectivos. Oposición o reflexión es un honor compartir con ustedes mi humilde opinión, como dice Samuel Butler: “La vida es el arte de sacar conclusiones suficientes a partir de datos insuficientes”. Por ahora el abanico está abierto cuando sea el momento veremos a quién se le cierra.
La autora es estudiante de psicología.