Luis Sánchez [email protected]
Me sorprendió leer en la columna de Arquímedes González (“Soliloquio con la Luna), en LA PRENSA del viernes 24 de enero, que la Luna es “la bella cíclope que asoma en la negra noche”.
Pregunté a Arquímedes por qué comparó a la Luna con un cíclope, y me respondió que por el ojo. Pero no quedé satisfecho.
En realidad, Píndaro (518-438 antes de Cristo), el famoso poeta griego de la antigüedad considerado como padre de la poesía lírica, llamó a la Luna “ojo de la noche”. Pero en general la Luna siempre fue caracterizada por su hermosura y como inspiración del amor, tanto en las mitologías como en la poesía y la literatura en general.
En cambio, los cíclopes (del griego “kyklos”=circulo, y “ops”=ojo), eran unos seres gigantescos, monstruosos y antropófagos que tenían un único ojo en medio de la frente. Los cíclopes eran hijos del Cielo y la Tierra, pero nacieron tan horribles que Urano los arrojó a los abismos del Tártaro (el infierno), el lugar oscuro donde los condenados residían para siempre.
Los cíclopes eran cien, más o menos, pero tres de ellos eran los principales: Brontes, que forjaba los rayos en la fragua del dios Hefesto; Esterope, que lo sostenía (al rayo en forja) sobre el yunque; y Piracmón, que lo golpeaba con un enorme martillo. Es que Zeus rescató del Tártaro a estos cíclopes, quienes en agradecimiento le regalaron al gran dios del Olimpo, el rayo, el trueno y el relámpago que este lanzaba cuando estaba enojado.
Sin embargo el más conocido de los cíclopes es Polifemo, el que según relató Homero en la Odisea tuvo prisioneros a Ulises y sus hombres en Sicilia, cuando regresaban al hogar después de la guerra de Troya.
Polifemo era hijo del dios de los mares, Poseidón, y de una ninfa llamada Toosa (las ninfas eran doncellas divinas que vivían en grupos en los bosques, cavernas, o alrededor de las fuentes, ríos y arroyos; y algunas de ellas, como Cirse y Calipso, en islas desiertas).
El caso es que según Homero una tormenta lanzó el barco de Ulises a las costas de Sicilia, donde vivían los cíclopes. Allí Polifemo los hizo prisioneros en su cueva y cada noche se comía a uno de los cautivos. Entonces Ulises comenzó a contarle intrigantes cuentos a Polifemo, le dijo que su nombre era “Nadie” y le dio a tomar el vino que llevaba de Troya. Cuando Polifemo estaba borracho, Ulises le clavó una estaca en el ojo y a los alaridos de dolor del monstruo acudieron los demás cíclopes, y le preguntaron quien lo había herido. —¡Nadie! Nadie!—, rugía Polifemo, pero sus compañeros creyeron que él mismo se había herido, y se marcharon. Y así Ulises y sus compañeros pudieron escaparse del monstruoso cíclope.
Según las leyendas otros cíclopes eran constructores, y construyeron las poderosas murallas de las ciudades de Micenas y Tirintos. Por eso es que se dice que una tarea muy difícil y grandiosa es ciclópea, o labor de cíclopes.
En ese sentido se puede decir que reconstruir Nicaragua devastada por las dictaduras, las guerras civiles y los conflictos sociales es una tarea ciclópea. Y que depurar las instituciones, erradicar la corrupción del sistema de gobierno y llevar a cambo la revolución de la honradez que propugnaba Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, es una labor de cíclopes.
¡Ah! Sobre la Luna tendré que escribir la próxima semana.