Alejandro Serrano [email protected]
La herencia que el Siglo XXI ha recibido de los siglos anteriores es múltiple en aspectos positivos y negativos; entre estos últimos habría que destacar uno quizás no tan evidente, pero que subyace a los principales dramas que la humanidad enfrentó en el Siglo XX.
Es el drama de la conciencia desgarrada, la ruptura entre el ser que piensa y el ser que siente, entre la técnica y el arte, la teoría y la práctica, el pensamiento y la acción, entre ciencia y conciencia, razón y vida, derecho y poder. Es la imposición del monólogo autoritario del poder y la supresión del diálogo que, desde Sócrates, nos llega a través de Platón, al iniciarse la deslumbrante aventura de una forma de humanidad que aún pervive desde hace dos mil cuatrocientos años.
Este camino nos ha llevado no sólo a la ruptura ya señalada, sino a una inversión de valores por la que los medios, los instrumentos técnicos, el poder, se han transformado en fines, mientras que el ser humano, verdadero sujeto y destinatario de la historia, ha devenido instrumento y medio.
La deformación de la “Razón Histórica” en “Razón Instrumental”, ha llevado a la humanidad a desconocer las diferentes identidades de los pueblos y los seres humanos en su intransferible singularidad, y a desunir, al tiempo que se pretende uniformar, mediante recetas globales que olvidan, como en “El Enfermo Imaginario” de Moliere, que no hay enfermedades sino enfermos.
Es aquí, en el esfuerzo de restablecer los valores en su sitio, donde la filosofía y la ética adquieren su mayor importancia y definen su más elevada misión. Desde Sócrates, la filosofía ha enfrentado, entre otros, dos grandes problemas: la creación del imperio de la razón, autónomo y superior a la vida y a la historia; y la angustiosa necesidad de los filósofos de encontrar una verdad primera, única e irrefutable que le sirva de base.
En cuanto al primer punto convendría decir que la filosofía, la razón pura, sin la vida es algo vacío y artificioso, “una pasión inútil”, como decía Sartre, injustamente por cierto, al referirse al ser humano. Es una doble mutilación, la del logos sin la praxis y, viceversa, la de la praxis sin el logos, sin la razón.
En lo que respecta al segundo punto, El afán de filosofar a partir de un principio único del cual deriven todos los demás, la causa última de Aristóteles, la Razón de Descartes, la Idea de Hegel, el acto de percepción directa de las cosas de Husserl, ha sido uno de los mayores esfuerzos realizados por la filosofía. Pero al mismo tiempo, este empeño, ha representado, también, una de las más grandes dificultades en el desarrollo tanto del sujeto en los caminos del pensamiento, como de la propia filosofía. La idea de la verdad primera ¿no demuestra más bien la transposición, bajo otros signos inconscientes, del principio único de la idea de Dios de la teología a la filosofía?
Es necesario hacer ver que la filosofía no es una “teología laica”. Quizás no se ha llegado a comprender lo suficiente que ni el sujeto ni el objeto existen fuera de las circunstancias y las relaciones que los determinan. Ortega y Gasset lo dijo categóricamente: “yo soy y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo”, y Martín Heidegger, en su Estudio sobre la Poesía de Horderlin, lo expresó también con gran claridad: “El ser del hombre se funda en el lenguaje, pero esto sólo acontece realmente en el diálogo, (es decir, hablándonos y oyéndonos unos a otros). Ser en diálogo y ser histórico, son igualmente antiguos, se pertenecen mutuamente y son lo mismo”.
Gadamer y Ricoeur han hecho notar que la conciencia humana nunca se conoce a sí misma inmediata e intuitivamente. No basta esa verdad primaria que surge del acto por el que el sujeto entra en contacto con las cosas; es necesario el diálogo que implica sociedad, sociabilidad, mediación, circunstancia, historia. Esto lo sostuvo mejor que nadie Wilhelm Dilthey, el creador de la filosofía de la vida, en su obra fundamental, Teoría de las Concepciones del Mundo.
“Las ideas del mundo, dice Dilthey, no son productos del pensamiento. No surgen de la mera voluntad del conocer… Brotan de la conducta vital, de la experiencia de la vida, de la estructura de nuestra totalidad psíquica”.
En mi ensayo, “La Filosofía ante los Retos del Siglo XXI”, publicado en el volumen 17 del Boletín del Instituto de Filosofía Argentina y Americana, expresaba, entre otras cosas, que la filosofía es el más alto esfuerzo de relación e integración del pensamiento con la realidad y con la historia.
En consecuencia, la filosofía es una tarea de reconstrucción, integración e incorporación entre la razón y la acción, la superación de esa doble orfandad que significa desprender la razón de la vida y la vida de la razón, pues de lo que se trata es de integrarlas para poder “actuar como seres de pensamiento y pensar como seres de acción”.
La realización de la filosofía como quehacer humano, como diálogo, como compromiso solidario con el destino del hombre sobre la tierra, exige necesariamente relacionar lo disperso, respetar las identidades y proyectarlas al horizonte universal de la razón, pero de una razón historizada, que equivale a decir de una razón humanizada.
Ante el drama contemporáneo de la fragmentación, de la ruptura entre el hombre y el mundo, en este momento de la conciencia desgarrada, para usar la palabra de Hegel, la filosofía debe ser el esfuerzo de reunificación entre logos y praxis, es decir, entre la razón y vida, la realización de la idea de la Unidad en la Diversidad.
El autor es filósofo y miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA.