El conejo y el león

Pedro Solórzano Castillo

Para mi amigo Núñez, León
cuyas fábulas despiertan admiración…

Un señor de Managua, don Cándido, persona muy analítica y observadora, fue a visitar a unos parientes en Chontales, ahí cerca de Acoyapa. Salió a dar un paseo por una montañita cercana y decidió subirse a un frondoso árbol para observar mejor el panorama.

El tiempo pasó volando… al caer la tarde vio aparecer, por un lado, al Conejo, por otro, al León (no Núñez). Al inicio, no pasó nada. Poco después ambos animales sintieron sus respectivas presencias y, cuando toparon el uno con el otro, cada cual reaccionó como lo había venido haciendo desde que Dios los creó.

El León estremeció el bosque de los alrededores de Acoyapa con sus rugidos, sacudió la melena majestuosamente, hendió el aire con sus garras enormes y mostró sus afilados dientes, por cierto sus fauces se parecían mucho a las del “pobre” león cuya alimentación cuesta 3,000 córdobas mensuales en el zoológico y que salió en la portada de LA PRENSA el día del último cuento del amigo León ( Núñez).

Por su parte, el Conejo respiró con mayor rapidez, vio un instante a los ojos del fiero León, dio media vuelta y se fue corriendo.

De regreso a Managua, don Cándido reflexionó sobre lo que había aprendido en las montañas de Acoyapa. Su conclusión fue, que el León era el animal más infantil y medroso de la selva, y el Conejo el más valiente y maduro: el León ruge, hace gestos y amenaza al universo movido por el miedo; el Conejo advierte esto, conoce su propia fuerza, y se retira antes de perder la paciencia y acabar con aquel ser extravagante y fuera de sí, al que comprende y que, después de todo, no le ha hecho nada.

Después de recordar esta historia que me contó mi padre hace muchos años, me acordé que mi amigo don León (N.) citó en su fábula “De los ministros” a don Nicolás Maquiavelo y su obra “El Príncipe”, la que según nos dice don León (N.) tiene 40 años de leer. Me llamó la atención y me fui a buscar el libro… y haciendo lo mismo que don León (N.) abrí cualquier página y me encontré con esta frase:

“A los hombres se les ha de mimar o aplastar, pues se vengan de las ofensas ligeras, ya que de las graves no pueden: la afrenta que se hace a un hombre debe ser, por tanto, tal que no haya ocasión de temer su venganza”.

Entonces comprendí mejor a don León (N.) y su fábula… por eso debe haberlo dicho, porque quien escribe estas líneas no tiene afortunadamente nada de que afrentarse. Si es por mi amistad con los carretoneros, bienvenidos los cuentos. Yo me siento orgulloso de esos hombres y mujeres a los que he pretendido llevarles un poco de ayuda, en medio de tanta miseria. ¿Será ese mi pecado?

Con relación al Ben Hur, desde ya invito a mi amigo don León (N.) a que me acompañe en el Comité Organizador para que sepa lo que es cajeta… espero me acepte la invitación… hasta podríamos hacer una edición en Acoyapa, si quiere…

Sobre la carretera de San Lorenzo a Múhan que quiere don León (N.), debe tener paciencia ¿Qué no ve cómo nos dejaron? Pero aún así, ya la licitamos y pronto él va a poder transitarla con sus amigos. ¡Cuánto más quisiera yo hacer por todos los caminos de mi querida Nicaragua! Pero nos dejaron un presupuesto miserable… la Asamblea nos entregó un zopilote en vez de un chompipe (pavo)…

Los adoquines, aunque don León (N.) lo dice en broma, es cierto. Se los robaron… hasta eso se llevó uno que pesa como un elefante. Pero don León (N.) no debe preocuparse, que ya pronto le daremos a los alcaldes los adoquines.

Finalmente como yo he aprendido de la vida las mejores enseñanzas, me le corro a don León (N.), porque como me enseñó mi padre sobre la vivencia de don Cándido, para mí es más importante ser como el Conejo que “se retira antes de perder la paciencia y acabar con aquel ser extravagante y fuera de sí, al que comprende y que después de todo, no le ha hecho nada”.

El autor es ministro de Transporte e Infraestructura.  

Editorial
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