- Algunos cubanos que trabajan
en pequeños hostales para
extranjeros llegan a ganar hasta 30 dólares al mes
Lázaro Raúl González/Cooperativa de Periodistas Independientes
HERRADURA, CUBA.- El creciente sector informal de la economía cubana está ofreciendo cada día más oportunidades de trabajo a las personas que no pueden o que prefieren no obtener un trabajo con el gobierno, que sigue siendo el único empleador legal en Cuba.
Hay quien, como Jacinto, de 28 años, ofrece sus servicios como jornalero. En estos días está ganando 20 pesos diarios, ayudando a un campesino a sembrar arroz. Cuando termine la siembra verá qué consigue.
Mientras tanto, trata de pasar inadvetido, ya que lo que está haciendo es ilegal por parte suya y de quien lo emplee. A los pocos “cuentapropistas” que tienen licencia para trabajar por sí mismos, sólo les es permitido emplear parientes.
Cada dos o tres meses activistas políticos de los Comités para la Defensa de la Revolución (CDR), de los cuales hay uno en cada barrio del país, le preguntan a Jacinto que “cuándo va a empezar a trabajar”. “Para ellos lo que yo hago no es trabajar”, explica Jacinto. “Yo tampoco pierdo tiempo en explicarles, porque ellos saben que yo me gano la vida trabajando por ahí con los campesinos. Les digo que si quieren que yo trabaje con el gobierno, que me busquen un puesto”.
Jacinto sabe que no podrán encontrárselo. Pese a que el oficialismo sólo reconoce un cinco por ciento de desempleo, la realidad sugiere una cifra varias veces mayor.
PAGA MÁS EL SECTOR INFORMAL
La contracción de la economía estatal y el crecimiento del sector informal no son la única motivación para que alguna gente se incline hacia este último. La mejor paga y hasta más tranquilidad son también factores.
“Cuando trabajaba con el gobierno estaba obligada a robar para vivir. Mi existencia era un eterno sobresalto y una insufrible escondedera”, dice Teresa, madre divorciada que hasta hace dos años trabajaba con un organismo estatal. “No quería hacerlo, pero sólo me pagaban 148 pesos (mensuales). Ahora trabajo para una señora que alquila su casa a extranjeros. Ella me paga 30 dólares (780 pesos) al mes. No es mucho, pero yo lo estiro para que nos alcance para comer a mi hijo y a mí.”
“Aquí yo no robo nada. En primer lugar, no me lo permite mi conciencia, y en segundo, aquí la necesidad no es igual que antes”, dice Teresa. “Además, la señora siempre está al tanto de mis problemas y a cada rato me regala algo. Todos los días le doy gracias a Dios por haber encontrado este trabajo”.
Trabajando informalmente algunos han prosperado, al punto que han dado lugar a nuevas categorías de empleo: guardaespaldas, secretarias personales, y “embajadores de buena voluntad” para terciar con inspectores y policías que a la larga se percaten de lo que esencialmente siguen siendo actividades económicas ilegales.
El ocuparse de las necesidades inmediatas no deja tiempo para pensar en el futuro; ninguno de estos trabajadores está amparado por programas de seguridad social ni acumula retiro.
Teresa, que se codea con extranjeros, expresa optimismo. “De ahora a que me retire tiene que pasar algo, tiene que haber algún cambio. Tendrá que llegar un sistema que nos ampare y que nos reconozca como ciudadanos y trabajadores con derecho a acumular retiro”.
Jacinto, que trabaja en el fango entre campesinos, es más fatalista. “Con lo mucho que trabajo y lo mal que me alimento, estoy seguro de que no voy a llegar a viejo”.
DE TODO UN POCO
Hoy en día la economía informal puede abarcar casi cualquier descripción laboral: existen vendedores ambulantes, artesanos, criadores de animales, mecánicos, carpinteros, peluqueras, camareros y cocineros, prostitutas y proxenetas, y hasta reparadores de computadoras.