Izquierda en la encrucijada

Roberto Porta C.*

La izquierda está de fiesta. Si a los recientes triunfos electorales de Lula, en Brasil, y Gutiérrez, en Ecuador, agregamos las familiares presencias de Chávez y Castro, el entusiasmo no parece infundado. Sin embargo, aunque estos triunfos pueden marcar el arranque de una tendencia política heterodoxa favorable a los movimientos reformistas regionales, también pueden constituir el inicio de un cruel proceso de desengaño para sus líderes, profunda decepción para las bases y grave menoscabo para la izquierda en general.

Comenzando con el conocido caso de Venezuela, Chávez ha tenido gigantescas dificultades para cumplir la totalidad de sus promesas. Es verdad que logró reemplazar la “moribunda” Constitución; que ha puesto en la palestra las inquietudes de millones de venezolanos ignorados por los “adecos” y “copeyecos”; y que ha logrado revivir un extraviado sentimiento de soberanía. Empero, Chávez no ha sabido negociar con el sector empresarial y la clase alta, al menos no lo suficiente como para evitar que el país esté por cumplir un año de zozobra social, violencia e incertidumbre y que la economía haya caído en un 7 por ciento en el 2002. Aunque Chávez responsabiliza del caos actual a los sectores afectados por su reformismo, peligrosamente ignora que la prolongación indefinida de cualquier incertidumbre es la forma más fácil de homogenizar el descontento de sus adversarios con el de sus seguidores. Si Chávez no resuelve el desorden actual de su país, antes del plebiscito que él aceptaría para agosto, su proyecto reformista podría verse truncado.

En Brasil, Lula enfrenta una monstruosa deuda externa de más de 260 mil millones de dólares, ilustrada por una de las desigualdades sociales más pronunciadas del mundo. Entre sus presiones estará la de conciliar las demandas “fondomonetaristas” con las del ala radical del poderoso Partido de los Trabajadores (PT); reducir la corrupción enraizada en el sector público brasileño; enfrentar el crimen urbano; y aplicar programas de alivio social sin interrumpir el progreso del control inflacionario logrado por el gobierno anterior. A diferencia de otros países del área, Brasil representa un reto de 174 millones de almas, todas ávidas de respuestas… y de respuestas inmediatas.

El ecuatoriano Lucio Gutiérrez, no sólo enfrenta su propia crisis económica, atizada por la complejidad “serrano-costeño-amazónica” de su país, sino que —al contrario de Chávez y Lula— está en alarmante minoría en el Congreso. En un país donde el 43 por ciento del presupuesto nacional se destina a paliar la deuda externa de $16,000 millones, es obvio que los arreglos con el FMI continuarán siendo imprescindibles, lo que pondrá a prueba la promesa de Gutiérrez de reducir el 70 por ciento de pobreza que agobia al Ecuador. Sin el respaldo del Legislativo, el equilibrio que deberá de alcanzar Gutiérrez para ajustarse a la dieta fondomonetarista y satisfacer simultáneamente a los 2.8 millones de simpatizantes que votaron por él, será una tarea agotadora.

No se trata de aguarles la fiesta a quienes ven en Lula, Gutiérrez y Chávez la redención de los ideales reformistas. Es indudable que sus respectivos pueblos han castigado con sus votos la corrupción y desidia de la clase política tradicional, pero sería iluso olvidar que las enormes expectativas creadas entre los pueblos de esos tres países generará automáticamente una presión política sobre sus líderes, y que esa presión política aumentará en proporción directa al tamaño de esas expectativas.

La izquierda ha podido culpar siempre a los gobiernos de turno por las injusticias sociales de sus países. Hoy día, el mango de la sartén está en sus manos. Habrá lugar para aclaraciones, pero no para excusas. ¿Hasta cuándo durará el espíritu “bolivariano” de los miles que hoy apoyan a Chávez en las calles, cuando sus familias pregunten por quinta semana seguida porqué no hay pan en sus mesas? ¿Comprenderán los sindicatos brasileños cuando Lula aparezca en televisión, dándose un fuerte abrazo con los “hombres de negro” y apruebe un abono sustancial a la deuda externa, a expensas de proyectos sociales? ¿Qué estarán pensando los indígenas Parachutik del Ecuador cuando a sólo seis días de haber tomado posesión, el Presidente Gutiérrez tuvo que ignorar sus peticiones y aprobar un alza del combustible para satisfacer requisitos de la banca internacional?

Los pueblos terminarán comprendiendo. Pero quizás por primera vez, aceptarán, con un nudo en la garganta, que mientras nuestros países continúen expiando los pecados del pasado, hablar en una tarima sobre soberanía económica, seguirá siendo un espejismo, y probablemente no estarán dispuestos a dejar que se repita.

* El autor es funcionario de INATEC y catedrático universitario.
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