Marcela Sánchezwashingtonpost.com
Por años Roger F. Noriega se ganó una reputación por todo excepto su tacto. Ultraconservador, intolerante y hostil hacia aquellos con puntos de vista opuestos, el experto republicano para Latinoamérica en el Comité de Relaciones Exteriores del Senado de Jesse Helms, dejó heridas profundas en el cuerpo diplomático estadounidense. Fue un inolvidable “reino de terror” para quienes lo vivieron.
Ahora Noriega está a punto de convertirse en el nuevo líder de política latinoamericana de la administración Bush. Pero por fortuna para Latinoamérica y para Noriega mismo, su historia no termina con su hiriente labor en el Comité de Relaciones Exteriores. De hecho, es precisamente entre diplomáticos, esta vez latinoamericanos, donde comenzó su otra faceta –su álter ego– hace año y medio.
Como representante permanente ante la Organización de Estados Americanos (OEA), Noriega se ganó el respeto y el afecto de sus colegas. Superó la aprehensión inicial de muchos al mostrar flexibilidad, capacidad de negociación e interés en el sistema interamericano.
Así, el hombre que en una época le hizo la vida imposible a diplomáticos estadounidenses, parecía prepararse astutamente para enfrentar a un crítico de su talla. Y por ahora todo indica que, en gran medida gracias a la habilidad diplomática que ha desplegado en la OEA, probablemente será el primer candidato confirmado como Subsecretario de Estado para el Hemisferio Occidental en más de seis años.
Un presidente estadounidense tendrá finalmente, con todas las atribuciones de su cargo, a un alto diplomático que lleve a cabo su agenda para la región. Entonces, por supuesto, no debería haber disculpas para que dicha agenda no exista.
Para quienes conocieron al Noriega de antes, Bush ha cometido un grave error. Aseguran que Noriega está lejos de pertenecer a las “grandes ligas” como lo pedía el senador Richard Lugar, el nuevo presidente del Comité de Relaciones Exteriores, encargado de votar primero por las confirmaciones de diplomáticos.
Pero, para quienes lo han visto en acción en los últimos dos años, descalificarlo por esa razón sería ridículo. (Lugar pareciera estar de acuerdo). Sería ignorar que ha demostrado esa capacidad de evolución a la que le apuestan ahora muchos para pronosticar que tendrá éxito en sus nuevas funciones.
El futuro nominado no ha dicho casi nada públicamente hasta ahora, como es debido. Su nombre no ha sido presentado formalmente. Pero dos cosas no dichas seguramente influirán en el ejercicio de su cargo. Noriega es de la línea dura anticastrista tal como su predecesor transitorio, Otto J. Reich. Pero a diferencia de Reich, generalmente no se le ve como una persona obsesionada con un solo tema. Por otra parte, no hay tiempo que perder.
Noriega llegará en un momento difícil para la región y para la relación de ésta con Washington. Latinoamérica ha sufrido una dolorosa caída desde las elevadas expectativas generadas por Bush a principios de su gobierno, pero todavía insatisfechas, y desde hace rato relegadas por otras prioridades.
La relación ha padecido además los dos años de la infructuosa batalla por la nominación de Reich. Errores y tropiezos en la política estadounidense hacia Latinoamérica en estos años han sido a menudo atribuidos a un liderazgo poco sólido.
Fue comprensible entonces que varios analistas aplaudieran la selección de una figura política en vez de un diplomático –como lo habría preferido el Departamento de Estado. La importancia de un subsecretario es inversamente proporcional al interés que tienen sus superiores por la región a su cargo. Noriega probablemente tendrá más rienda suelta que sus colegas al frente de Asia o Europa, pero por lo mismo deberá estar dispuesto a hacerse oír cuando requiera atención.
A su favor estará su experiencia en el Congreso. En el Departamento de Estados las cosas podrían ser diferentes. Según un ex diplomático, la mitad de los embajadores estadounidenses en la región difícilmente aguantaron al Noriega del Comité de Relaciones Exteriores del Senado.
Otra cosa queda todavía por verse tan pronto el nuevo equipo para Latinoamérica tome forma. Noriega se quejó a menudo durante los años de Clinton de que la Casa Blanca carecía de una estrategia integral para Latinoamérica y prestaba escasa atención a la región. Dos cosas que no pueden permitirse para la región ahora mucho menos que antes. Eso significa que Noriega tendrá una oportunidad de oro para marcar la diferencia.