Arturo Mcfields [email protected]
Antes de entrar a LA PRENSA estuve poco más de dos meses desempleado. Antes de eso, cuando escuchaba que la gente no tenía “chamba” pensaba que era por pura pereza y como dice la sagrada escritura, debían sujetarse al axioma de “el que no trabaje que tampoco coma”. Jamás pensé, lo digo en serio, que esa realidad llamada desempleo fuera a embestirme de forma casi brutal.
Asumí que era un joven brillante y aventajado, que había logrado trabajar y ser independiente desde el segundo año de la universidad, a los 18 años de edad.
El trabajo me emancipó, pero también, orgulloso, empecé a pensar que los pobres, eran gente mala y perezosa que le gustaba ganarse la vida de forma fácil y sin estudiar, “gente que no quiere pagar el precio”, como dicen los gringos.
Comencé a ganarme unos centavos en radio, también en un periódico de circulación nacional. Más que bonito, era una experiencia reconfortante. Empecé a llenar mi cuarto de cosas como mi propia grabadora con sonido dolby digital, abanico nuevo y un montón de cosas menos importantes que ahora podía comprar, como un reloj Seiko 5, que me robaron a la semana siguiente y un par de teniss Nike Air como los que usan los formidables atletas de la NBA (National Basket Asociation).
Recuerdo que con mucha prepotencia, el 26 de abril de 1996 renuncié a mi beca de 250 córdobas que me gané en la UCA. “Adios muchachos”, les dije, “ya tengo trabajo”, y puse mi beca a la orden de otro estudiante con menos suerte. Me sentí impúdico, como un superhéroe. Mi primer trabajo, eso de que el periodismo no paga, pensé, es una mentira que inventan los periodistas malos que no tienen empleo o que trabajan en radio y no pueden conseguir anunciantes.
Dios me quebrantó el orgullo. Esos dos meses que pasé desempleado, fueron una prueba de fuego. Sólo me acordé de las historias bíblicas de Job que súbitamente pasó de ser un hombre al que le sonreía la fortuna y la fama y luego mordió el polvo y se dio cuenta, que como todos, era un simple mortal y que lejos de Dios, nada podía hacer.
Me acordé de Chico, que había dejado la universidad para dedicarse a un trabajo mal pagado y de tiempo completo. El optimismo de antes, y la prepotencia también, me duró lo que dura una semana. Luego de pasear con más de diez currículos a igual cantidad de lugares, gastar el teléfono, zapatos y llenarme de deudas, mi concepto de desempleo se vio trastocado y mi desconfianza por el gobierno y sus relucientes cifras oficiales de trabajo, se vinieron al suelo.
Comprendí por que don Luis Torres, siendo ingeniero electrónico, con una cantidad de postgrados de toda nomenclatura, andaba taxeando desde hace un año, un carro rojo, ajeno, en lugar de estar en una oficina trabajando para una transnacional como hacen los ingenieros, o viviendo la buena vida entre papeles y sueños de aire acondicionado, como decía Rubén Blades en una canción.
Ayer cumplí cinco meses de trabajar en LA PRENSA, también cumplí cinco meses de comprender que sin Dios, los seres humanos estamos incompletos. Que el desempleo es una triste realidad, que nos puede golpear a todos a pesar de las estadísticas estatales.
El autor es periodista.