Gustavo Ortega [email protected]
“¡Campesinos, obreros y estudiantes, pueblo entero que viva la unidad, Nicaragua así te lo reclama, nuestra patria exige libertad!…”
“¡La unidad es ya nuestra bandera, unidad gritamos con fervor, despojados de viejos sectarismos, unidad, unidad para vencer!…”
Estas son algunas estrofas guardadas en mi memoria del himno de la Unión Democrática de Liberación (UDEL), escritas por mi padre, allá por el año 76, si mal no recuerdo, mismos chispazos históricos me vienen al ver ir y venir a muchas personas en el ajetreo para los preparativos de las concentraciones en los departamentos del interior.
UDEL, una organización antisomocista liderada por Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, sirvió, creo yo, como el principal bastión de respaldo para el derrocamiento de la dictadura, y hoy forma una parte importante de mis múltiples recuerdos de infancia.
Recuerdos que se mezclan con las correderas por hacer sombreros de esponja “chuponeados” en el frente con pintura azul con letras caladas y las siglas de UDEL, o ver las pancartas, papeletas y cartulinas…
Todo eso visto en los pasillos del Instituto de Promoción Humana (Inprhu) en el Barrio Santa Ana, donde igual estaba el ir y venir del “Grupo de los 12” y del Frente Amplio Opositor (FAO).
Y recuerdo el 10 de enero de 1978, tenía siete años, los pasillos del enorme edificio del Inprhu (es relativo, lo veía enorme por mi edad) estaban agitados, la radio en alerta, el asesinato de Pedro Joaquín, 38 balas, eso me recuerdo, en las oficinas las mujeres sollozaban, mi madre era una de ellas… ¡todos estaban agitados… asesinaron al líder de UDEL!, al director de LA PRENSA que entre otras cosas denunció a ocho columnas por mucho tiempo el comercio de sangre de los indigentes a través de la odiosa Plasmaféresis. La foto desnuda del mártir yaciendo en la fría plancha metálica publicada al día siguiente, la hizo mi padre.
La organización de la vela y el entierro fue espontánea, una marcha que recuerdo vagamente por los diarios, no estuve ahí, ese día mi madre se encerró en casa conmigo y mis hermanos, mientras mi padre con megáfono instalado en el toldo de un vehículo circulaba con otros dirigentes en el mar de gente que acompañaba el féretro, una foto del álbum familiar me lo recuerda siempre.
Ese día Managua era un desierto, había temor por la reacción de la Guardia Nacional, en el cementerio hubo varios altercados… nuestra casa, cercana al lugar, era compartida con el Inprhu.
Más recuerdos saltan al rememorar a mi hermana que tuvo como primer empleo a los 18 años, las oficinas de UDEL, ayudaba en asuntos secretariales, todo eso está guardado en mi memoria fugazmente… también recuerdo que veía hacia “el cielo” para encontrarles el rostro a Cristiana y Carlos Fernando cuando asomaban por esas oficinas…
Igual recuerdo la cercanía lograda en mis primeros años con el doctor “Mundo” Jarquín, don Carlos García Caracas, don Rodolfo Robelo (q.e.p.d.), el licenciado Reynaldo Antonio Téfel (q.e.p.d.), el doctor Manolo Morales (q.e.p.d.), mi pariente René Gutiérrez, Jorge Roustan, el licenciado Edgard Macías y muchos más que de citarlos no habría modo que el editor general de LA PRENSA, a quien igual recuerdo de esta época, don Luis Sánchez Sancho, me publique estas remembranzas.
Y sin aún saber si es el destino, la providencia o las casualidades de la vida, hoy estoy escribiendo en el mismo lugar donde un 10 de enero hace 25 años Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, nació como el eterno director mártir: escribo desde LA PRENSA. Nunca me imaginé que estaría por acá, pero igual no quería dejar pasar la ocasión de escribir estas líneas, como un merecido tributo a todos los que acompañaron a UDEL en la dura y tensa lucha contra el somocismo, una parte de la historia que muy poco se conoce y tuve la suerte de percibirla muy de cerca.