La mejor conquista de la historia

Bertha Silva [email protected]

Hasta hoy lo que ha conseguido el hombre es alterar la verdad, bajo el disfraz de la conveniencia. Aferrado a conductas irreflexivas y obsoletas que, imponiendo sus criterios y controlando su entorno, le proporcionan la estabilidad de la cual depende su seguridad, sin percatarse a qué nivel sus decisiones y acciones repercuten negativamente en los demás.

Válgase destacar que esta actitud obedece a un acto de sobrevivencia y no de maldad. Según Anthony de Mello, “la verdadera seguridad la alcanzas cuando lo sueltas todo”.

El hombre concentra su tiempo y afán en poseer elementos materiales: riqueza, conocimientos, poder, fama, etc., y se ha olvidado de lo más importante: poseerse a sí mismo.

Los problemas que la humanidad ha enfrentado durante el transcurso de su historia, tienen raíz en un mismo origen. El hombre es manipulado por la inconciencia y dominado por un instinto egoísta, debido precisamente a la misma inconciencia, que no le permite amar de la única manera posible.

La conquista del verdadero amor, va de la mano con la aceptación y la humildad, y el hombre lamentablemente, no ha logrado vencer el temor hacia esa sensación de “pérdida” que advierte, ante la experiencia del verdadero amor. Para amar es necesario estar en un estado de continua conciencia, atentos y en control de lo que sentimos y pensamos. Sólo de esta manera podremos evitar ser arrastrados por sentimientos que distorsionan nuestros pensamientos y acciones. El hombre lucha contra fantasmas imaginarios. Creados por él mismo, porque teme el rechazo, la indiferencia, el fracaso, y hasta el mismo triunfo, como resultado de un inmoderado y excesivo amor de sí mismo, producto del desconocimiento propio.

Pero independientemente de todo, la verdad es una, y por mucho que tratemos de ajustarla a nuestro criterio, no podremos alterarla jamás. El mal que hoy aqueja a la humanidad, peor aún que enfermedades incurables o el terrorismo, es la ignorancia o desconocimiento total de quiénes verdaderamente somos. Nuestras cadenas no son de espacio ni tiempo, es decir no son externas. Nuestra prisión es la carencia de conciencia de la propia existencia. El hombre ha vivido sometido por él mismo; esclavizado por sus pasiones; dominado por sentimientos de egoísmo, soberbia, indeferencia, vanidad, entre otros, que buscan, consciente o inconscientemente, saciar las necesidades del “Yo”.

Todo esto es resultado del letargo en el que el hombre ha vivido. Ignorancia que lo lleva a la inconciencia. Vanidad que lo ha hecho, a través del paso de los siglos, cambiar lo más valioso por sentimientos y objetos fatuos. Por este motivo urge que el hombre haga la mejor conquista de su historia, la propia. Es asombrosa la realidad a la que la humanidad se enfrenta. “Soluciones rápidas a problemas profundos”, pareciera ser el lema.

Adaptar las circunstancias a sus necesidades, cree ser la solución ante un cúmulo de temores, inseguridades y una buena dosis de indiferencia. Mientras tanto, vivirá retrasando, irónicamente, lo que tanto anhela. Ese es el castigo. Todo tiene un precio y, una vez más en pleno siglo XXI, las transacciones del hombre siguen siendo las mismas: cambiar oro por espejos, le sigue sonando a negocio, independientemente de ver cómo el reflejo de su imagen se desborona ante sí…

La autora es asistente de la gerencia
general de FINDESA   

Editorial
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