Eduardo Enrí[email protected]
Mañana se cumplen 30 años del fatídico terremoto de 1972 que barrió con una ciudad llena de vida. Yo no la conocí.
Contando con seis años para entonces, no puedo hablar de recuerdos, tal vez, exagerando un poco, puedo hablar de destellos en la mente, que se reducen más que todo a la casa de mis bisabuelos, Eustaquio y Gilda Salvo, aunque para cuando yo visitaba la casa ellos ya hacía tiempo habían pasado por ahí.
Mis recuerdos, entonces, están más bien asociados a mi abuelita Julia leyendo el futuro en sus cartas españolas, en aquella casa de tres pisos en la esquina de la 3ra. calle y 4ta. avenida sureste; o a toda la actividad que había allí, donde hasta esa madrugada convivieron no una, sino tres ramificaciones de los bisabuelos Salvo.
Pero a pesar de no haber conocido la ciudad, de no haberla gozado o padecido, o tal vez por ello, siento que algo me fue robado la madrugada del 23 de diciembre. Pero no sólo a mí, sino a todos los managuas, los que estaban vivos entonces y los que han nacido desde entonces o nacerán.
Una ciudad con su centro, con su historia, con sus puntos de referencia, públicos y personales, presentes y erguidos, no “donde estuvieron”, es lo que necesita cualquier individuo para sentir que pertenece a una comunidad humana. Para sentir y saber que “es” de algún lugar.
La ciudad desparramada en la que nos ha tocado vivir desde entonces no se presta para esa sensación de pertenencia. Es una ciudad improvisada, desordenada, que se ha ido haciendo porque sí, sin partir de ninguna parte y sin saber tampoco a dónde quiere llegar o en qué se quiere convertir.
Habría que preguntarle a un psicólogo o a un sociólogo, pero a mí se me antoja que mucha de la debacle que siguió al terremoto durante los últimos 30 años tiene algo que ver con ese borrón que se hizo en la vida de los managuas y de las futuras generaciones.
Es por eso que tal vez uno de los pecados más grande del régimen de Anastasio Somoza Debayle fue no reconstruir la ciudad, y, peor aún, dejarla ahí, destruida, como una fea cicatriz de un innombrable episodio que, indudablemente, afectó el ánimo de todos. ¿Qué otro sentimiento, sino la impotencia y el yoquepierdismo, podría aflorar al ver día tras día a tu ciudad —a lo que fue tu vida— en ruinas?
La excusa de que reconstruir era imposible o no recomendable, ahora sabemos que es un absurdo. Ciudades como Tokio y Los Ángeles tienen situaciones similares y ahí están. Como dice el mismo secretario del Sistema Nacional de Prevención de Desastres, Cristóbal Sequeira, los terremotos no matan, lo que mata es lo que te cae encima, así que lo que había que hacer era construir bien.
Han pasado 30 años, y aquella Managua —que los lectores de este Diario podrán ver mañana reconstruida por excelentes periodistas y fotógrafos en el suplemento Managua en la Memoria— sólo habita en los recuerdos de quienes la vivieron; pero aunque recordar sea volver a vivir y sirva para enseñar a las nuevas generaciones, no sustituye un deber que tenemos los managuas de construirnos una ciudad, un centro, un lugar a donde podamos ir, sentirlo nuestro y poderlo compartir.
Y esa no es sólo tarea de gobiernos nacionales y municipales, sino de todos. Tenemos que imaginarnos Managua para poderla construir de nuevo.