Sergio [email protected]
Pasada la polémica y propaganda inicial sobre la película “El crimen del Padre Amaro”, comparto mi opinión aclarando que he visto la película de principio a fin, sin sorprenderme ni escandalizarme.
La película está basada en una novela del siglo pasado. Y parte sin novedad. A pesar que es ficción sabemos de otros casos, aunque no iguales, escandalosos. Pero esto también parte sin novedad, pues a tantas personas, entre ellos sacerdotes católicos, pastores evangélicos o de otras religiones, miembros de la clase política, revolucionarios, empresarios, profesionales o de cualquier sector de nuestras sociedades… la doble moral, o sencillamente problemas sicológicos, pueden alguna vez haberlos afectado. A mi entender este fenómeno no es exclusivo de algún grupo. Mucho menos de los católicos.
Así que la película no sorprende. Claro, hubiera preferido que no pretendiera tratar tantos temas a la vez, ya que no brinda el tiempo ni la posibilidad de diferentes criterios. Por eso me ha parecido una película que derrocha una intencionalidad evidente: es una propuesta más de quienes padecen una conocida obsesión anticatólica. Pero esto tampoco importa más de la cuenta, pues no creo que los que han visto la película hayan sido influenciados de manera determinante. Por las críticas o halagos que la precedieron, quienes acudieron a verla tenían ya una posición definidida.
Estoy convencido que existe un ataque, permanente y sistemático, contra el cristianismo y lo que se oponga a los “dogmas” del pos-modernismo: el relativismo, la idolatría del conocimiento, la cultura hedonista… síntomas todos de la recurrente manía histórica de “fabricar” un dios a conveniencia. Un dios que, o piensa como nos conviene, o inventamos otro.
Sin embargo, no tengo problema en admitir que los católicos hemos contribuido al descrédito del que parecemos ser objeto. Porque mayormente no hemos ofrecido un testimonio coherente, ni hemos sabido presentar y defender nuestra fe apropiadamente. Si ésta supone derivar del conocimiento de Cristo y la enseñanza de la Iglesia, estos pilares fundamentales —de manera general— no se aprecian en óptimo estado. Y de nada serviría negar nuestra propia responsabilidad. Eso no cambia nada, solamente lo prolonga. Por eso Juan Pablo II ha pedido perdón al mundo por las fallas que la Iglesia puede haber cometido, incluidos nosotros. Si el 90 por ciento de los nicaragüenses decimos profesar la fe católica, probablemente en la misma proporción cometemos las atrocidades e injusticias que refleja nuestro país.
Quizás uno de los grandes retos para los católicos modernos es fortalecer nuestra fe personal, que jamás ha supuesto depender del comportamiento de otros. Quienes usan errores ajenos para justificar los propios… evidencian falta de coraje. Les sería más saludable admitir que no les interesa ser católicos, porque prefieren su antojadizo estilo de vida. Eso es todo… No tienen por qué atormentarse tratando de cambiar a Dios.
Luego de ver “El crimen del Padre Amaro”, al salir de la sala de cine un conocido se acercó con la sonrisa de quien encuentra a alguien haciendo una travesura. “¿Viniste a ver la película?” —preguntó— “¡Sí, para que nadie me cuente el cuento!”, le respondí. Y aún con la misma expresión, insistió: “¿Y qué te pareció…?”. Sonriéndole cortésmente, contesté: “Sigo siendo católico, pero más decidido a defender mi Iglesia, gracias al Padre Amaro”. Sorprendido advertí su rostro, ahora inexplicablemente serio.
El autor es comunicólogo