Ariel Montoya*
Mientras el sandinismo avanza hacia una política decente y cortés, en base a la educación que toda comunidad en nombre de las buenas costumbres y la moral Occidental requiere, el ala radical del liberalismo caudillista retrocede. Esto se mostró con fuerza en el Parlamento, antes de cerrar su conflictivo período de sesiones de este año, cuando los diputados Enrique Quiñónez y Maximino Rodríguez, agredieron físicamente al ministro del Transporte, Pedro Solórzano.
Fue algo indecente, y muy similar a otro escándalo parlamentario cuando otro diputado de la misma ala (a pocas semanas de diferencia), intentó agredir a un directivo de ese honorable recinto popular. Hechos vergonzosos que evidencian la resaca del resentimiento social del falso liberalismo, nada constructivo de cara a un modelo de sociedad que aspira a la cohabitación y a la tolerancia entre disidentes. Evidentemente, mientras el sandinismo se aleja de las ciénagas conspirativas y de las bravuconadas verbales (y de otras peores) que tanto le caracterizaron, este liberalismo en mención, retoma y hace alarde de algunas de esas viejas costumbres del irrespeto y la chabacanería.
¡Qué habría pensado Wálmaro con sus abotonadas y relucientes mancuernillas sobre su laptop en el plenario! ¡O Bayardo Arce con su desenvainada y elocuente disertación sobre las reformas fiscales!
Hechos como éste definitivamente que no conducen a ningún puerto seguro. Pero promueven la génesis de un nuevo comportamiento político no vista en los últimos años. Ni siquiera aún, cuando se dio la instalación de la Primera Legislatura Parlamentaria en la Nicaragua pos-revolucionaria, en 1990, cuando diputados Contras, de la desaparecida UNO y del Frente Sandinista, se juntaron en la Asamblea Nacional, para legislar durante el período de Transición, época en que muchos esperaban al menos chancletazos entre contrarios, como ha ocurrido en otros parlamentos del mundo, pues sí habían razones de mayor peso para romperse la madre, ya que estaban recientes las heridas de la guerra y los resentimientos entre bandos, gratamente superados por el espíritu fraterno de la paz envolvente. ¡Cuán lejos queda aquella elegancia entalcada y sonriente de un Alfredo César bajando las gradas del mezanine!
Lo más curioso del caso es que mientras los sandinistas juegan a la gobernabilidad, esta nueva nomenclatura “bolchevique” entre comillas y sui géneris (pues mucha es la distancia entre aquella vieja guardia imantada por un Lenin o un Trotsky y este liberalismo apostillado en la periferia dialéctica del sandinismo turbero), lucha desesperadamente por flotar entre el personalismo y la tentación autoritaria.
Independientemente de la capacidad administrativa de Pedro Solórzano, ese popular funcionario de Gobierno encaramado en una rupestre legión de carretoneros (de donde dice surgir), este tipo de comportamientos no deben darse en la clase política, ya que pone en evidencia la incapacidad de la nación —representada en sus miembros ante la Asamblea Nacional—, para alcanzar un espíritu de alternabilidad, ataque a la corrupción y respeto a la disidencia. Se trata de viabilizar dentro del engranaje de la sostenibilidad democrática, reformar y ambientar una nueva ética pública en los legisladores.
* El autor es periodista y escritor.
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