De la Iglesia y los obispos, a la luz de San Pablo

Carlos Chamorro Coronel*

“Lo que en fin de cuentas se exige de los administradores es que sean fieles”
Cor. 1, 4, 2.

Ante la inusitada tormenta que se ha suscitado en el seno de la Iglesia por el presunto sucesor del Cardenal Obando y Bravo como Arzobispo de Managua, no deja uno de asombrarse —yo, al menos— por el encono de la controversia, lo que me recuerda también aquello de la misma epístola, en el 1 cap. donde Pablo se refiere a las “divisiones” y “discordias”, entre los cristianos por si eran de Paulo o de Cefas, aquí diríamos, de Obando o de cualquier otro. Y se pregunta San Pablo, realmente irritado, “¿es que acaso está divido Xto.? ¿O Pablo fue crucificado? ¿O en nombre de Pablo somos bautizados?

Y este, ahora en Nicaragua, es el verdadero escándalo, como lo era para San Pablo de Corinto. Qué más da quien, lo importante es que sean, como dice más adelante el Apóstol, por antonomasia, buenos administradores (economistas, en griego), pero del misterio de Dios. ¿Qué tienen que ver los apellidos o el origen de las personas en la Iglesia de Dios? Es una controversia realmente sin sentido y absurda.

Por otro lado, es obvio y natural que todos tengamos nuestras preferencias, los del Opus, por alguien afín, y asimismo Obando, etc. eso es normal; pero eso de acusarse mutuamente es totalmente inaceptable para un criterio católico, que significa, ecuménico, universal. Por eso, a mí no me gusta —y hasta me parece aberración— hablar de iglesias nacionales nicaragüenses, francesas, brasileñas, etc. La Iglesia es una, santa, católica, apostólica. Ni siquiera romana por cuanto es universal, y por sí en comunión con todos los sucesores legítimos de los apóstoles, sus hermanos en el episcopado. Más aún, creo que ha hecho daño a la Iglesia Universal eso de las conferencias episcopales, porque los ha obligado a seguir forzadamente el criterio de la tendencia prevalente, lo que va contra el espíritu de libertad de la misma Iglesia y de los obispos en particular.

O sea, que paradójicamente, aunque parezca contradictorio, las conferencias episcopales han ido contra el verdadero espíritu eclesial, que es eminentemente católico, no localista territorial, nacionalista. Por ejemplo, considerar al Obispo Hombach como extranjero porque no nació en Nicaragua sino en su nativa Alemania, me parece una total aberración anticatólica. Como él mismo dice ejemplarmente, que se siente chontaleño. Esa es una verdadera actitud cristiana al servicio de los más pobres, olvidándose de su Patria y familia que dejó en Europa. No puede, pues ser argumento válido decir que es extranjero, pues en la Iglesia no hay extranjeros, aunque él tenga que arreglar su situación civil en el país donde reside. Pero estamos hablando del Reino de Dios y no de la ciudad de los hombres, según S. Agustín.

Y en cuanto a los jóvenes mencionados para sustituir a Monseñor Obando en el arzobispado de Managua que pertenecen a la “aristocracia” , como si eso fuera un baldón y un impedimento de orden jurídico, es así mismo ridículo e irrelevante, por no decir escandaloso si quiera mencionarlo, pues el mismo San Pablo nos advierte contra las vanas genealogías. Para un verdadero cristiano, como decía el santo Juan XXIII, la única genealogía que vale es la de ser “Hijos de Dios”, que adquirimos por el bautismo. Lo único que, en mi opinión, tienen en su contra esos jóvenes sacerdotes, es eso precisamente, demasiado jóvenes. Y necesitarías mucho más experiencia, porque la presión sobre ellos, política —sobre todo—, sería agobiante y nada conducente a una solución feliz. Y la mejor prueba es la misma controversia que generó mencionar apenas sus nombres. Y hay que evitar lo que nos divide y buscar lo que nos une en el Espíritu de Xto, como cristianos que somos los que son.

Es la fidelidad al evangelio, como dice S. Pablo, lo que nos exige de los administradores del misterio de Dios, no de empresa. Y si seguimos esta regla, no nos equivocaremos en escoger al obispo que nos conviene como sucesor del Cardenal Obando, que ahora puede retirarse a orar por esa misma Iglesia de Dios que él rigiera. Lo que no es menos digno y meritorio sino más, mucho más.

* El autor es analista político  

Editorial
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