Emilio Álvarez M.*
Eliminar cualquier foco de tensión regional es uno de los objetivos prioritarios del Consejo de la Unión Europa. Por ello espera que Grecia y Turquía cumplan con un plan que lleve a la pacificación y unificación de Chipre, cuyos habitantes sufren desde hace 25 años una sangrienta confrontación étnico-cultural. Esta vez la rivalidad es entre comunidades de origen griego y turco. Hasta ahora su fusión ha sido estorbada por Turquía cuyas tropas invadieron la parte septentrional de la isla en 1974, imponiendo “la República turca del norte de Chipre”, que ningún país reconoce, pero que atrasa el desarrollo de todo el territorio. La verdad es que aquel enclave estratégico en el Mediterráneo ha sufrido la codicia de las potencias colonialistas, cuando dominaron la cuenca del “mare nostrum”, por ahí pasaron hititas, persas, egipcios, sirios, romanos, griegos, turcos y británicos que dejaron huellas, ahora atracción turística.
Lo cierto es que esa unificación precisa la colaboración de Turquía, que por otra parte aspira afanosamente a pertenecer a la Unión Europea, anhelo imposible de realizar mientras no retire su ejército de la isla, continúe rigiéndose por un sistema antidemocrático y no arregle el problema migratorio con Alemania, por lo cual no señalarán fecha para comenzar pláticas con Turquía. Sin embargo, la reciente victoria del Partido AKO bajo el líder prooccidental Abdullah Gul, ahora Primer Ministro con una mayoría parlamentaria unipartidista, facilita los cambios exigidos. Me refiero al respeto a los derechos humanos, sobre todo de los kurdos, legalizar la enseñanza de ese idioma, controlar al islamismo radical y permutar (ya lograda) por cadena perpetua la sentencia de muerte al líder kurdo Ocalan.
Si se efectúan esos cambios modernizadores, iniciados en otros aspectos dictatorialmente por Kemal Ataturk en 1926, se completaría la “occidentalización” de Turquía y se lograría un Chipre unificado, dentro de una Europa estable.
Para conseguir la unificación de Chipre, Kofi Annan (Secretario General de la ONU), propuso el mes pasado un plan de diez puntos, conminando a las partes a convenir los detalles de la creación de un solo Estado soberano. Ello implica una federación tipo suizo, con dos Cámaras. Además, ambas comunidades étnicas, aunque funcionarían autónomamente, estarían coordinadas por un Consejo, cuya presidencia sería alternada y anualmente renovada. Finalmente la frontera respetaría la ubicación de las respectivas etnias. En realidad europeos y chipriotas ganarían con la unión. Los primeros porque asegurarían la paz regional (terminada ya la guerra en la ex Yugoslavia) y los segundos, porque aprovecharían un gran mercado común.
La lección para Nicaragua del drama chipriota es que el desarrollo de un país sólo se logra, con la plena integración de sus etnias en un plano de igualdad. Dentro de ese concepto, nuestro país tiene pendiente con la región Atlántica esa tarea, antes que sea demasiado tarde.
* El autor es analista político y miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA.
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