Libertad de expresión y sucesión episcopal

En el Enfoque de LA PRENSA del recién pasado domingo 15 de diciembre (“La sucesión de Obando”), se señaló que: “El debate sobre la natural sucesión (del cardenal Miguel Obando Bravo, como arzobispo de Nicaragua)… ha sido interpretado desde algunos sectores como un intento conspirativo contra Su Eminencia”. Y se explicó que tal interpretación se debe a “la difusa división entre Estado e Iglesia de Nicaragua, y (a que) la asignación de cuotas de poder que esta confusión produce han dado pie a todo tipo de suspicacias”.

Pero ésta no es la primera vez en que la sucesión obispal provoca pugnas en el interior de la jerarquía eclesiástica, así como controversias públicas. El mismo nombramiento del ahora cardenal Miguel Obando como arzobispo de Managua, en abril de 1970, estuvo precedido de enconadas luchas intestinas y gran expectación pública, habiendo sido el gran derrotado, en aquella ocasión, monseñor Donaldo Chávez Núñez, quien era respaldado por el gobierno liberal del general Somoza Debayle. “Esto era un escándalo, como vulgarmente se dice, un pleito de perros”, dijo a LA PRENSA el antiguo obispo auxiliar de Managua, monseñor Chávez Núñez, en 1999, en una entrevista que aparece en el libro de Fabián Medina, Secretos de Confesión.

Mucho más atrás en la historia nacional, la sucesión de monseñor Francisco Ulloa y Larios por monseñor Simeón Pereira y Castellón, quien primero (en 1895) fue nombrado obispo coadjutor y después (en 1896), obispo de Nicaragua, también estuvo enmarcada en intensos debates políticos, lo mismo que de intentos de acallar a la prensa, como se puede leer en la excelente Historia Eclesiástica de Nicaragua escrita por el historiador católico, doctor Edgar Zúñiga.

En realidad, la Iglesia Católica es una institución de poder jerárquico y es lógico que la sucesión en su jefatura genere luchas internas y anime controversias públicas acerca de quiénes considera la población que son los mejores pastores y, por lo tanto, los más idóneos para ejercer los altos cargos eclesiales.

Y por lo tanto, es normal y necesario que se publiquen informaciones y opiniones acerca de quién debería ser el próximo arzobispo de Managua, lo que además es absolutamente inevitable porque monseñor Obando ya puso su renuncia a dicho cargo ante el Vaticano, el año pasado, cuando cumplió 75 años de edad, de acuerdo con la regla 401 del Código de Derecho Canónico, según la cual al obispo que haya cumplido 75 años “se le ruega que presente la renuncia de su oficio”. Corresponde al Papa aceptar la renuncia de inmediato o más tarde, de modo que en cualquier momento se podría nombrar al nuevo arzobispo de Managua, y es comprensible que en el interior de la Iglesia Católica se barajen distintos candidatos y que fuera de ella se mencionen diversos nombres.

Es absurdo que en la actualidad a los medios de comunicación se les presione para que no informen ni opinen sobre esos asuntos de la Iglesia Católica, que son de legítimo interés público. Tales presiones no fueron aceptables ni siquiera hace 107 años, cuando ocurrió la sucesión de monseñor Ulloa y Larios por monseñor Pereira y Castellón y la libertad de información y opinión en el país era relativa y limitada. En aquella oportunidad, el Vicario General de la Diócesis de Nicaragua, padre José Francisco María Villamí, le “solicitó en privado” a don Anselmo H. Rivas, director del Diario Nicaragüense, “que se guardase silencio en el periódico en relación a ese asunto ya que se daban versiones que no eran totalmente exactas”, según la mencionada Historia Eclesiástica.

La libertad de información y expresión es importante sólo si se practica y respeta. Y así como los obispos tienen derecho a opinar sobre todo lo que a juicio de ellos es opinable, los medios de comunicación tienen derecho y deber de informar y opinar sobre todo lo que es informable, inclusive asuntos y controversias de y por los obispos, lo que hacemos por supuesto con el mismo respeto con que tratamos todos los aspectos de la vida nacional.

No cabe en Nicaragua donde lo más valioso que hemos logrado es la libertad, y ante todo la de información y opinión, aceptar censuras de nadie ni autocensurarnos por ninguna razón o motivo.  

Editorial
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