El alcalde de todos los hoyos

Hortensia Rivas Zeledón*

El pacto que consumaron las cúpulas de los partidos liberal y sandinista en 1999, tenía entre sus finalidades restablecer el bipartidismo forzoso; repartirse como un botín los más altos cargos de la Contraloría General de la República, la Corte Suprema de Justicia y del Consejo Supremo Electoral; regalarle una diputación al cacique del Partido Liberal Constitucionalista, Arnoldo Alemán; bajar el porcentaje de la votación para presidente y vicepresidente de la República, de 45 por ciento a 35 por ciento; e impedir la participación electoral de partidos y personas que estorbaban tanto a liberales como a sandinistas, o a quienes eran desafectos a sus respectivos caciques.

Para dar visos de legalidad a ese pacto, los pactistas retorcieron la Constitución y las leyes a su gusto y antojo y de acuerdo con la voluntad de las cúpulas de sus partidos. Y así, para satisfacer el capricho y el interés politiquero de los directivos liberales, el 8 de agosto del 2000 los magistrados del Consejo Supremo Electoral rechazaron la candidatura para alcalde de Managua del señor Pedro Solórzano, con el pueril pretexto de que no tenía dos años de residir en el municipio de Managua, a sabiendas de que por causa del pacto mencionado fueron inventados dos municipios “nuevos” en el Departamento de Managua (El Crucero y Ciudad Sandino); y sabiendo además de que con la complicidad de las autoridades del Instituto Nicaragüense de Estudios Territoriales (INETER), la residencia del precandidato del Partido Conservador (Solórzano) fue ubicada en uno de los municipios recién inventados.

De esa forma insólita se impidió la participación en las elecciones del 2000 para alcalde de Managua, a un autóctono ciudadano de esta localidad y cuya familia tiene más de doscientos años de residir en la Capital. Pero en cambio se le permitió competir en dichas elecciones a un señor que nació y se crió en el Departamento de Carazo, y es por eso, o sea, por obra y gracia del pacto libero-sandinista, que los managuas tenemos ahora un alcalde caraceño.

El señor Lewites se empeña en proclamarse como “el alcalde de todos los managuas”. Así lo afirma en sus discursos, entrevistas y cualquier otra clase de propaganda. Pero él es consciente de que no es un ciudadano auténtico de Managua, y así lo demuestra por la poca o nula atención que presta a esta ciudad cuyas calles en su gran mayoría están sucias y en mal estado.

Cada vez que camino por las calles de mi Managua natal y tropiezo con los grandes y profundos hoyos que hay por todas partes, se fortalece mi certeza de que el señor Herty Lewites no es el alcalde de todos los managuas, como él pretende, sino que es el alcalde de todos los hoyos.

* La autora es managua autóctona, directiva del Partido Conservador  

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