Dédalo y el serrucho

Enrique Paguaga Ferná[email protected]

Dédalo era un herrero excelente.

Su maestra en el arte de la herrería fue Palas Atenea. El Aerópago lo desterró por haber asesinado a Talos, su sobrino y discípulo predilecto.

El móvil del crimen: un ataque de celos profesionales, cuando Talos lo superó en las artes de la herrería. Sucedió que un día Talos encontró el espinazo de un pez; lo usó para cortar una rama, lo forjó en hierro y así inventó el serrucho. Dédalo, que se atribuía a sí mismo tan ingenioso y en nuestros días tan nefasto invento cuando se usa para la intriga política, sintió tal temor de que su aventajado discípulo fuera a serrucharle el piso, que un día invitó a Talos a subir al techo del templo de Palas Atenea en la Acrópolis, desde donde lo empujó a tierra. [Cuarenta siglos después, Baltasar Gracián nos lo decía: “Nunca brilles más que el maestro”]. Desde entonces nuestros políticos bendicen la memoria de Dédalo y maldicen la de Talos, el inventor de la funesta herramienta.

Dédalo se refugió en Cnosos, donde el rey Minos le brindó hospitalidad. Algún tiempo vivió allí tranquilo, gozando de los frutos del exilio dorado bajo la sombra protectora de Minos; hasta que un día éste se enteró que su huésped había sido el proxeneta que construyó una vaca hueca de madera para propiciar el ayuntamiento de Pasífae, mujer de Minos, con el toro blanco de Poseidón. En castigo por semejante felonía —¡que con un cornudo le pusieran los cuernos al rey Minos!— lo encerró en el laberinto junto con su hijo Ícaro; pero la pérfida Pasífae —de cuyo adulterio nació el minotauro— los libertó.

Sin embargo, no era fácil fugarse de Creta. Empezó Dédalo a construir una balsa, pero la guardia militar del tirano vigilaba celosamente las costas y mares adyacentes.

¡Ya desde entonces se construían balsas para escapar de cautiverios insulares!

Construyó entonces dos pares de alas; uno para él y otro para Ícaro. Las alas las hizo con plumas de ave, las grandes atadas con hilos y las pequeñas pegadas con cera.

Al despedirse de Ícaro, Dédalo lo abrazó y le dijo: —¡Hijo mío, ten cuidado! No vueles demasiado alto para que el sol no derrita la cera; ni demasiado bajo para que el mar no humedezca las plumas; ya que ambas circunstancias te harían perder las alas en pleno vuelo. Sígueme de cerca y no vueles con rumbo propio; porque en las alturas, la autonomía de vuelo es peligrosa…

Cuando se alejaban de Creta, volando hacia el nordeste; los pescadores, campesinos y pastores creyeron que eran dioses…

Ícaro no siguió los consejos de su padre y comenzó a remontarse hacia el sol y a disfrutar cada vez más de las alturas. Cuando Dédalo miró hacia atrás no vio a su hijo; miró entonces hacia abajo y vio las plumas que flotaban en el agua. El calor del sol había derretido la cera e Ícaro cayó estrepitosamente en la profundidad del mar.

MORALEJA: Políticos de todo el mundo: ¡Nunca voléis muy alto ni muy bajo; y, menos aún, nunca con rumbo propio! Pero, sobre todo, cuidaos de vuestros colegas diestros en el uso del serrucho; ya que, como me decía un magister sapientisimus, serruchador insigne, para muchos de los adoradores de Talos el maldito serrucho resulta obsoleto… ¡Y ahora usan aserríos!

COROLARIO: Sé que algunos se preguntarán que ¿cómo hice yo para no hundirme en las incontables ocasiones que me serrucharon el piso? Pues muy sencillo… Ahora sí puedo revelar mi secreto: embadurné los serruchos de mis enemigos con una sustancia traslúcida y conglutinante (“antitalosiana”) que inventaron los gringos y que en la angliparla se llama “crazy glue”; de manera que, a medida que con mayor persistencia me serruchaban el piso, éste quedaba cada vez más sólidamente adherido. Luego usé la misma sustancia conglutinante para pegar las alas que me permitieron alzar vuelo —ni muy alto ni muy bajo— desde una bella isla del Caribe en momento oportuno; y aterricé sano y salvo. Lo de “crazy glue”, dicho sea de paso, es sólo un eufemismo: ya que, según parece, en Nicaragua los “SS” (los serruchadores sempiternos) han aprendido a serruchar el piso de arriba… ¡Ojalá se trasrosque el cigüeñal de la motosierra y decapite a todos los “SS”!  

Editorial
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