Guillermo Rothschuh [email protected]
Cada vez que se renueva el interés por el análisis y el estudio de la realidad concreta en que vive, crece y se desarrolla la niñez nicaragüense, estamos aproximándonos a la comprensión y establecimiento de distintos caminos que permitan encontrar soluciones efectivas y permanentes a uno de los más grandes y agudos desafíos de la Nicaragua contemporánea. Sin una perspectiva realista que se traduzca en soluciones inmediatas el desencanto continuará acrecentándose entre diversos sectores de la sociedad nicaragüense.
Cuando se planteó la necesidad de establecer un postgrado en comunicación y derechos de la niñez nicaragüense lo hicimos guiados por una triple perspectiva. En primer término, llamar la atención de los comunicadores nacionales sobre la importancia de un tema que aparece como secundario en la agenda cotidiana de los distintos medios de comunicación. En segundo lugar, estamos persuadidos que mientras no se genere el suficiente convencimiento por otorgar un tratamiento prioritario a los desafíos que plantea una sociedad fundamentalmente conformada por niños y jóvenes (67 por ciento de la población), será difícil cuando no imposible, transitar hacia una nueva Nicaragua. En tercer renglón, pensamos que la única manera de visibilizar y acrecentar el interés sobre los temas de la niñez, radica en comprometer las energías y el talento de un grupo de comunicadores, para que conviertan en parte sustancial de su agenda profesional y humana, el interés que debe concitar y reclama el más amplio sector de la sociedad nicaragüense, que hasta ahora no ha encontrado como aliados estratégicos a los comunicadores nacionales.
Los primeros graduados en Derechos de la niñez y medios de comunicación, deben lograr un replanteamiento de las políticas informativas y editoriales de los diferentes medios de comunicación y asumir su compromiso con la misma premura y naturalidad con que cumplen sus tareas los periodistas parlamentarios y los periodistas ambientalistas.
No se puede pensar en el futuro de Nicaragua si no se toma en cuenta los intereses y necesidades de la niñez, jóvenes y adolescentes del país. Atascados en el siglo recién finalizado, continuamos atrapados por el pasado. Un pasado que impide ver hacia adelante. La hipoteca que pesa sobre el presente es de una magnitud conmovedora. La juventud nicaragüense no vislumbra el futuro. La demagogia y la retórica se han convertido en doctrina de gobierno. Mientras no se convenza a los funcionarios estatales acerca de la urgencia de redefinir la agenda nacional, continuaremos girando en círculos concéntricos, sin posibilidad alguna de avanzar un sólo milímetro hacia adelante.
Se requiere hoy más que nunca de una actitud vigilante, severa y crítica, que permita reencauzar por las vías más convenientes cada uno de los temas vinculados con la niñez. Nada de complacencias. Se trata de asumir un compromiso con la nación y el ser nicaragüense. Después de cumplido el ciclo del postgrado queda por demostrar en la práctica que el ejercicio académico no ha sido un simple ejercicio retórico. Están obligados a demostrar, que las buenas intenciones no bastan, como suponen los voluntaristas de siempre. Lo que el país demanda sin dilaciones son acciones reales y eficaces. Los nuevos especialistas en el tema, deben insistir en plantear una agenda nacional que considere como tema prioritario la resolución de los temas de la niñez.
Se requiere de planteamientos audaces y creativos, pero sobre todo de nuevos actores que conjuguen el discurso con una práctica cotidiana consecuente. Para que el día de mañana, cuando se interrogue a la juventud ésta no responda como lo ha hecho hasta el día de hoy dos de cada cinco ciudadanos nicaragüenses: que si pudieran irse del país, ya lo hubieran hecho, como lo ratifica la última encuesta de Cid Gallup, realizada durante el mes de noviembre del 2002. En las nuevas circunstancias políticas los medios de comunicación, por su propia naturaleza discursiva, por su alcance, penetración y plasticidad tecnológicas, están llamados a propiciar, orientar y persuadir a los más amplios sectores de nuestra sociedad, acerca de la importancia de solucionar los problemas de la niñez y juventud nicaragüense en un país desencantado, huérfano de esperanzas, con un presente incierto y un futuro que nadie avizora.
A los comunicadores nacionales y de manera muy especial, a los profesionales graduados en esta primera promoción corresponde devolver la esperanza a cada uno de los nicaragüenses, haciendo ver que es posible construir el país sobre otras bases que no sean las que prescriben los organismos financieros internacionales y las que nos recetan a diario los políticos nacionales.
El autor es decano de la Facultad de Ciencias de la Comunicación Universidad Centroamericana.