El Nobel Carter

El ex presidente estadounidense, Jimmy Carter, recibió esta semana el Premio Nobel de la Paz, que le fue concedido el 11 de octubre pasado por “sus décadas de incansable esfuerzo para encontrar soluciones pacíficas a conflictos internacionales, promover la democracia, los derechos humanos, y el desarrollo económico y social”.

Es importante este énfasis del Comité del Premio Nobel en la justificación de los méritos para concederle el galardón al señor Carter, pues deja completamente claro que no fue su ejecutoria como presidente de los Estados Unidos la que le hizo acreedor al más codiciado de los precios internacionales, sino por sus acciones posteriores en la escena internacional.

En realidad, la valoración que se hace habitualmente de la Administración Carter, de 1977 a 1981, es la de que fue mediocre en general, inclusive negativa, considerando que no pudo manejar apropiadamente situaciones cruciales como la caída del sha de Irán y el ascenso al poder del ayatola Jomeini, en 1979; la toma del poder por los sandinistas de Nicaragua, también en 1979; el secuestro en la embajada estadounidense en Teherán, en el mismo año; y la invasión soviética a Afganistán, en 1980. Las acciones destacadas del presidente Carter (los acuerdos de paz de Campo David entre Menajen Begín de Israel y Anwar Sadad de Egipto, en 1978 y la firma de los tratados del Canal de Panamá en 1977) no fueron suficientes para mantener su prestigio y político y por eso no pudo reelegirse en las elecciones de noviembre de 1980, que ganó el candidato republicano Ronald Reagan.

De modo que es sólo por sus méritos de ex presidente que al señor Carter le otorgaron el Premio Nobel de la Paz de este año, es decir, por la intensa labor que ha desarrollado en los últimos veinte años —desde que en 1982 fundó junto con su esposa Rosalyn el Centro Carter— para ayudar a la solución pacífica de conflictos, a la defensa de los derechos humanos, la asistencia material a grupos sociales vulnerables y la promoción de la democracia.

El Centro Carter ha actuado en 65 países de diversas partes del mundo, participando de manera decisiva en acciones trascendentales como la denuncia del fraude electoral en Panamá que perpetró en 1989 el dictador narcomilitar Manuel Antonio Noriega y precipitó la intervención militar estadounidense, o el histórico acercamiento pacífico entre las dos Corea, la democrática y la comunista. Pero ante todo, en lo que respecta a Nicaragua la actuación más importante del ex presidente Carter fue su intermediación en la transferencia de gobierno de manos del dictador sandinista Daniel Ortega a las de la presidenta democrática, Violeta Barrios de Chamorro.

En realidad, entre los méritos principales que se le reconocieron al ex presidente Jimmy Carter para otorgarle el Premio Nobel de la Paz de este año, se destaca sin dudas la gestión que hizo en Nicaragua durante las elecciones del 25 de febrero de 1990, cuando junto con el señor Elliot Richardson, representante personal del Secretario General de las Naciones Unidas; y Joao Baena Soares, quien era el Secretario General de la Organización de Estados Americanos (OEA), y con el respaldo de Carlos Andrés Pérez, a la sazón presidente de Venezuela, convencieron a los mandos sandinistas de que debían reconocer su derrota electoral, y a cambio de algunas concesiones fundamentales de la presidenta electa, entregarle el poder en abril de ese mismo año.

Pero precisamente por eso, y también por la acusación que se le hace de haber facilitado el triunfo sandinista en 1979 cuando él era presidente de Estados Unidos, es que algunas personas critican acerbamente al ex presidente Carter, y consideran que es inmerecido el Premio Nobel de la Paz que recibió esta semana. Sin embargo, para otros nicaragüenses lo que hizo el ex presidente Carter en Nicaragua fue lo posible y correcto, y estiman que es merecido el reconocimiento que le ha hecho el reino de Noruega.

La verdad es que una valoración ecuánime del rol que jugó el ex presidente Carter en aquellos hechos trascendentales, sólo será cuando desaparezca la generación de nicaragüenses de los años ochenta y la historia de Nicaragua se pueda evaluar sin apasionamientos ni partidismos.  

Editorial
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