Sergio [email protected]
“Cómo duele crecer”, fue el nombre de la serie televisiva que presentaba la historia de una familia en la que los padres participaban activamente del crecimiento físico y emocional de sus hijos, quienes debían enfrentar diversas situaciones y aprender de sus consecuencias, mismas que —a fin de cuentas y de cualquier manera— afectarían a toda la familia.
En la serie, madurar se convirtió en el reto diario. Un aprendizaje continuo, a veces doloroso, porque sencillamente crecer duele. Este era el precio por un poco de sentido común que, como ha dicho alguien, parece ser el menos común de los sentidos.
“Cómo duele crecer” puede relacionarse con acontecimientos que los nicaragüenses experimentamos actualmente, pues nos ofrecen la oportunidad de aprender a hacer bien lo que suponemos hacer, o corregir lo que hemos mal hecho. Pero, extraño como parezca, hay quienes no reconocen el privilegio de vivir los tiempos que vivimos, y optan por diluirse en la búsqueda del aprovechamiento personal y politiquero o, víctimas de la inseguridad y miedos extraños, prefieren que el rescate de la dignidad de Nicaragua sea indefinidamente postergado, negándose adquirir la dosis de valentía requerida para aprender y crecer.
Considerando tendencias históricas, no sorprende que la atrofiada percepción de la realidad en algunos intente entorpecer la batalla contra la corrupción, y prefieran manipular la transformación que, sobre honestidad y transparencia en la gestión pública, hemos iniciado y busca espacio permanente. Es por eso que regularmente los medios de comunicación comentan sobre pactos viejos y posibilidad de otros nuevos como sombra amenazante. Pero además de quienes son públicamente señalados como responsables de graves delitos y contribuir a la salvaje concepción del Estado-botín, también se puede identificar a los que sufren una suerte de paralizante temor porque ellos mismos, o sus amistades, pudieran resultar eventualmente involucrados o mencionados en actos ilícitos. Y aunque quizás solamente obedecían órdenes o derrochaban una incapacidad fenomenal, ha quedado establecido que eso no exime a nadie. Y es comprensible: este aprendizaje duele.
Sin embargo, habiendo roto el cascarón y avanzado hasta llegar a un punto decisivo, resulta fundamental destacar que la lucha contra la corrupción, por legítima e integral, desde sus inicios exigió con certeza una cuota importante que aportar. Siempre fue evidente, pues la corrupción se incrustó de tal manera que parece haber alcanzado, consciente o inconscientemente, diversos ambientes.
En mi opinión todo “detente” (por la sinrazón que sea) acarrearía resultados catastróficos, pues la batalla contra la corrupción se asemeja a una gigantesca ola que posee vida propia, ofreciendo la única posibilidad de avanzar deslizándose sobre ella en armonía con su fuerza. Actuar en su contra no puede producir otra cosa que no sea convertirse en presa de su furia, precisamente por no reconocer su autenticidad y vigor.
Hay que ser coherentes hasta la raíz de los males. De otra manera habrá que hacer fila vergonzosa en la historia, endosando a las jóvenes generaciones décadas de espera para otra oportunidad en la que quizás —y solamente quizás— se pueda tener la disposición de crecer.
Si se asume con valentía el costo de la lucha contra la corrupción, finalmente se podrá empezar a hacer las cosas bien. No parece haber tiempo para segundos pensamientos, ni espacio para indecisos. Crecer duele.
El autor es vocero de la PGR.