Jorge [email protected]
Con inmensa alegría y gran satisfacción estoy contemplando la “guerra” entre Bellsouth y Enitel, las dos empresas que de ahora en adelante brindarán el servicio de telefonía celular en Nicaragua. Me alegro y me regocijo porque es una “guerra” en la que no habrá muertos ni heridos, sólo usuarios beneficiados. Y todo ello gracias a la magia de la incomprendida y maravillosa competencia.
Recuerdo que hace unos dos años escuché por la radio decir a alguien que ya no aguantaba los altos precios de la telefonía celular, y que no hallaba las horas de que hubiera otra compañía que brindara ese mismo servicio para poder cambiarse de proveedor. Me causó mucha gracia el comentario, ya que quien lo hacía era un diputado sandinista que, a su vez, resultaba ser el dueño de la emisora que yo estaba escuchando en ese momento. Digo que me causó gracia porque lo que ese diputado hacía era pedir a gritos que se hiciera presente el alma del capitalismo: la competencia. Recordemos que sin ella no puede haber economía de mercado.
La competencia es la que hace que el afán de lucro de los empresarios sirva a los consumidores en vez de explotarlos. Veamos. A nadie se le escapa que Bellsouth y Enitel son empresas que existen con un propósito bien definido: ganar dinero a través del servicio que brindan, ¿no es así? Pues bien, si cualquiera de esas dos empresas operara sin competencia, le resultaría muy fácil poner precios altos, casi caprichosos. Pero si entra al mercado una nueva empresa del mismo tipo es de esperarse que surja de inmediato una diferencia de precios entre ambas, y lo usual es que sea la recién llegada la que ponga el precio más bajo.
Eso hace que la que ya estaba en operación se vea forzada a bajar los precios para evitar que sus clientes se vayan a la nueva empresa. Se inicia así una “guerra” por el favor de los usuarios. La empresa que antes operaba sola debe abandonar su actitud complaciente y dedicarse a competir, si es que quiere seguir operando. Y fijémonos bien en una cosa: que no es asunto de que una de las compañías sea “buena gente” y que la otra no lo sea. Si Enitel hubiese sido la que antes operaba sola, podemos estar seguros de que se hubiese comportado igual que Bellsouth. Se trata simplemente de una realidad económica: la falta de competencia desincentiva el buen servicio y produce precios altos.
La competencia produce exactamente el resultado contrario: mejora el servicio y baja los precios. Así de sencillo. Ahora que ya hay dos compañías en el mercado de celulares, los usuarios hemos empezado a sentir la diferencia, y se trata de una diferencia que nos beneficia. Los precios están bajando y los servicios están mejorando. Uno recibe ofertas que le permiten hablar más tiempo y pagar menos. Maravilloso, ¿verdad? Las dos empresas están compitiendo por nuestro dinero. Ahora tendremos oportunidad de comparar entre lo que nos ofrece una y la otra, y seremos nosotros, los usuarios, los que decidiremos con cuál de las dos nos quedamos.
Ahora imaginémonos qué pasaría si entra al mercado una tercera compañía, o una cuarta. ¿Qué sucedería? Simplemente que los usuarios seríamos todavía más beneficiados. Y esto no es teoría. Es una realidad fácilmente comprobable. En los Estados Unidos, por ejemplo, la competencia entre los proveedores de telefonía celular es feroz… para felicidad de los usuarios.
Ahora ya puedo decir algo que de seguro hará rabiar a los socialistas y a los adoradores del Estado, pero que es una verdad incuestionable: la economía de mercado no es aquella que vela por los intereses de los capitalistas, sino la que mejor garantiza los intereses de los consumidores. Quizás a algunos les sorprenda saber que la mayor parte de los capitalistas detestan la competencia, y que por eso no es extraño verlos siempre rondando a los políticos para que los protejan de la competencia.
Y es precisamente el Estado el único que puede echar a perder la magia de la competencia e impedir su efecto benéfico sobre los consumidores. Eso sucede cuando los gobernantes —que son los que detentan el poder estatal— actúan discriminatoriamente para favorecer a los empresarios. Es un grave error que trae grandes perjuicios al país, a la economía en general y a los consumidores en particular. Lo mejor que puede hacer el Estado es mantenerse al margen de las “luchas” entre las empresas, que mientras más encarnizadas sean más nos beneficiamos los consumidores.
El autor es miembro del Consejo Editorial de La Prensa y catedrático de la Universidad Thomas More.