- Aún brilla la monumental obra de Juárez ante Cuba en 1972
Hace 10 años, Julio Juárez conversó con Edgard Tijerino sobre la construcción de su Obra Maestra de pitcheo, ese blanqueo de 2 por 0 sobre Cuba, y éstas fueron sus impresiones:
Aquella mañana del 3 de diciembre, me desperté con la absoluta seguridad de pitchearle a Cuba. Yo sabía, desde antes de trabajar contra Panamá, que tanto Pedro Ramos, como Tony Castaño y Argelio Córdova, opinaban que yo era el pitcher indicado, y cuando abordamos el bus rumbo al Estadio, pensé: “Debo sacar limpio el primer inning. Si lo logro será difícil tumbarme… Confianza Julio, tú puedes y lo vas a demostrar”, me dije.
Mientras me cambiaba, decidí: nada de curvas. Y es que con gente como Armando Capiró, Agustín Marquetti, Fermín Lafita, no se puede andar con inventos. Mi curva era buena en casa, pero yo sabía mejor que nadie de la peligrosa lentitud en su desarrollo. Contra gente de punch, ese es un riesgo mayúsculo.
Mi recta estaba caminando rápido, me sentía bien fuerte, y si el control no me fallaba, podría vencerlos. El objetivo era no regalarles bases. Si se embasaban que fueran por batazos, no por esconderles demasiado la píldora.
CLAVE, EL ARRANQUE
Mentalmente repasé el informe que el Cuerpo Técnico nos había preparado sobre las virtudes y defectos de los bateadores, y cuando salí a calentar, tenía confianza en mi brazo, confianza en Vicente, en todos los compañeros, y sobre todo en ese público que ovacionó fuertemente mi nombre al anunciarse por los altavoces.
Nunca me sentí nervioso, pero los hits de Lafita y Capiró en el primer inning me indicaron que debía ajustar mejor los disparos. El hit de Pedro Selva que impulsó a Rafael Obando fue una especie de “estimulante”. Observé que José Antonio Huelga no estaba en plan dominante, y que siendo yo un pitcher de crecimiento, a medida que avanzara el juego sería más difícil conectarme.
En el segundo inning, Félix Isasi y Urbano González dispararon hits sobre buenos lanzamientos, y eso me preocupó, porque si no podía poner el orden de esa forma, me iba a ver envuelto en serios líos.
Con dos a bordo y Lázaro Pérez al bate, decidí pitchearle bajito pero sin temor. Surgió entonces el roletazo para doble play vía Obando-Jarquín que conjuró el peligro y mantuvo el 1-0.
LO QUE NECESITABA
El jonrón de Vicente en el cuarto inning, fue un refuerzo vital. 1-0 era agradable, pero no lo suficientemente tranquilizante, y aunque un 2-0 contra Cuba no es definitivo, mi pitcheo iba creciendo, y con tranquilidad mi efectividad podía mantenerse.
En el sexto inning, con un out, Wilfredo Sánchez, el único bateador cubano a quien trabajaba a base de curvas, me conectó doblete, y detrás venían Lafita y Capiró. No era, por supuesto, un momento de tranquilidad. Me quité la gorra, tiré un vistazo al cuadro, otro a las tribunas y dije, aquí voy. A Lafita lo dominé con pitcheadas afuera, pero en la zona de strike, y a Capiró le apunté a los codos. Los dos batearon con dificultad a puntos cubiertos.
Aun en situaciones como esas, nunca busqué cómo ponchar. Me había preparado para dominar a base de localización. Es un método más seguro saber controlar bien los lanzamientos y obligar al adversario a batear con cierta mansedumbre, que picárselas de tira-balazos y buscar el ponche. Miren a Nolan Ryan en sus tiempos de gran ponchador, permitía demasiadas carreras limpias y muchos jonrones. Yo me propuse dominar no ponchar.
Bateador difícil para mí esa tarde fue Urbano González. Ellos sentaron a Blandino por ser derecho y tener problemas para descifrar mis disparos, decidiendo colocar a González. En sus primeros tres turnos, el tipo me había bateado dos hits, y ustedes se imaginan el lío del noveno inning al verlo frente al plato con el empate en segunda y un out.
ESPELUZNANTE
Cómo olvidar ese noveno inning. Fue algo espeluznante, y cada vez que lo recuerdo se me erizan los pelos. Y no es para menos, la victoria al alcance de las manos y de pronto la posibilidad de la derrota a última hora.
Para mí, el bount lento de Marquetti era hit, pero el anotador le marcó out a César. Había sí un out y vino Isasi al bate. Lancé dos bolas malas y me dije: ¿qué es esto, Julio, si no has transferido a nadie?.. rápidamente le dibujé dos strikes y con la cuenta pareja no quise ensayar la curva. Fui a lo seguro, la recta dura y bateó el doblete.
Diablos, ahora estaban hombres en segunda y tercera y con un out, y el bendito Urbano al bate. Me ajusté la faja del pantalón mientras veía venir a Argelio de la caseta.
Yo sé que muchos creyeron que iba a retirarme. Honestamente yo también lo creía, pero pensaba argumentarle y pedirle un voto de confianza. Me sentía fuerte y con posibilidades de salir a flote pese a lo embarazoso de la situación.
LA CITA
Argelio llegó a la lomita, me puso una mano en el hombro, y dijo: Julio, la gente piensa que vengo a sacarte, pero están equivocados. Vengo a decirte que te apures, porque tengo una cita con una chamaca de campeonato y estoy atrasado. De manera, que de vos dependo. Aquello como que me agradó, y le respondí: “Llegarás a tiempo a la cita, Argelio”.
Busqué las señas de Vicente, y de pronto dije: al diablo con los estudios previos. Este tipo me ha bateado los lanzamientos recomendados para dominarlo, voy a variar la estrategia.
Le indiqué a Jarquín que se corriera hacia segunda y a Obando que se cargara a primera con Calixto pegado a la raya. Voy a pitchearle duro y adentro, y si me batea de hit que sea entre primera y segunda, allí donde están los muchachos. No me va a batear un tercer hit entre tercera y short.
Le tiré duro y pegado, y cuando vi pasar la línea por el montículo, pensé: maldición, aquí se acabó todo. Pero Jarquín estaba bien colocado y realizó el doble play sin asistencia.
Fue así como dominé a Cuba aquel 3 de diciembre de 1972.