Máscaras

Luis Sánchez [email protected]

En las “protestas populares” siempre aparecen los enmascarados (supuestamente estudiantes y trabajadores) armados de morteros que disparan irresponsablemente contra edificios públicos y a cualquier persona que se les ponga enfrente.

Quienes justifican la violencia social dicen que el enmascaramiento en las “protestas” es una tradición que se originó en las insurrecciones de Monimbó, cuando los monimboseños combatieron contra la Guardia Nacional con los rostros cubiertos con las máscaras del Torovenado, para ocultar su identidad.

Pero los enmascarados de ahora no se ponen máscaras folclóricas, del Macho Ratón o de El Viejo y la Vieja, sino pasamontañas, medias o pañuelos, igual que los terroristas o asaltantes de cualquier parte del mundo.

Máscara, según Joan Corominas, viene de “careta”, del vocablo árabe “máshara” (bufón, payaso) que a su vez derivó del también árabe “sahir” (burlarse de alguien). Y agrega Corominas que “en Europa el vocablo árabe sufrió el influjo del italiano ‘masca’ (bruja)”, cuyo origen es germánico o céltico. De allí se derivó también el francés “mascotte” (mascota, amuleto), que significa embrujo.

De acuerdo con J.A. Pérez Rioja, la máscara representa “una fisonomía fingida que se superpone a la verdadera y surge ya en épocas y pueblos remotos, junto con el totemismo”. La máscara simbolizaba la metamorfosis mágica de lo que cambia en apariencia pero en el fondo es lo mismo.

En el siglo VI antes de Cristo los griegos —Tespis, propiamente— introdujeron la máscara a las representaciones teatrales (hasta entonces los actores se pintaban la cara), para impresionar al público y darle fuerza al personaje que querían representar.

En Nicaragua, las máscaras al parecer fueron traídas por los españoles, y adoptadas por los bailarines indígenas que antes se pintaban los cuerpos y rostros para sus ritos bailables. Según Pablo Antonio Cuadra (El Nicaragüense) “el baile del Macho Ratón era anterior a la obra de teatro (El Güegüense). En Granada, Masaya y Diriamba el hombre con máscara de mulo salía con una vieja que lo llevaba atado a una cadena y eran una pareja infaltable en los carteles y fiestas populares”.

Actualmente, en casi todo el mundo es prohibido usar máscaras en público, inclusive en carnaval, porque los maleantes se enmascaran para cometer fechorías e impedir que los reconozcan.

En Europa, ya desde la Edad Media las máscaras sólo se usaban en las presentaciones teatrales —igual que en la antigua Grecia—, y a quien andaba en la calle enmascarado lo castigaban con cien azotes, si era de baja condición social; y si era rico o noble lo desterraban por seis meses. Y durante los carnavales, al plebeyo que usaba máscara lo castigaban con cuatro años de galeras (remando en los barcos impulsados por fuerza humana); y si el enmascarado pertenecía a la nobleza, iba a presidio por cuatro años.

Legalmente enmascararse se entiende como un ocultamiento malicioso de la cara con propósitos de delinquir, y es un agravante para el criminal. Al respecto, el artículo 30, inciso 7, del Código Penal de Nicaragua señala que “Emplear astucia, fraude o disfraz” (sinónimo de máscara) es circunstancia agravante de la responsabilidad criminal”.

En realidad, quien oculta su rostro tras una máscara para participar en una demostración política o en una protesta social posiblemente tenga alma de delincuente. Pues, la persona honrada que lucha por una causa justa da la cara y asume honrosamente su responsabilidad. Al menos eso es lo que yo creo.  

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